Yihadismo: la metamorfosis del futuro terrorista

Investigadores y docentes advierten de que el uso de estos indicadores, carentes de base científica, en ámbitos no securitarios puede generar un clima de sospecha y exclusión

Yihadismo: la metamorfosis del futuro terrorista
Imagen del momento de la detención de un individuo, presuntamente, vinculado al Estado Islámico

No contestar demasiados whatsapps o emails, no ir a fiestas o mostrar un interés repentino por temas de actualidad. Puede que usted, lector, se haya identificado en esta descripción. Encajarían, de hecho, miles de personas. Incluida la que escribe estas líneas. Estas afirmaciones son solo algunos de los polémicos indicadores que se recogen en un cuestionario elaborado por la universidad francesa de Cergy-Pontoise con el objetivo de detectar entre su alumnado a individuos radicalizados. Aunque tras el revuelo causado por el controvertido panfleto la universidad pidió disculpas, esta práctica responde a un peligroso discurso político que ha tomado fuerza en los últimos años. Como en la novela de 1984 de Orwell, con el pretexto de mantener la seguridad nacional, se anima a los ciudadanos a actuar como el Big Brother que todo lo ve. Así lo solicitó Emmanuel Macron tras los ataques en la prefectura de París el pasado año. El presidente de la República francesa pedía a los ciudadanos construir una “sociedad de vigilancia” para hacer frente a la “hidra islamista”. 

Para la detección del extremismo violento, desde determinados estados como Francia, aunque también en algunos programas implantados en España o Reino Unido como el PRODERAE o el PREVENT, respectivamente, se ha recurrido al uso de indicadores de radicalización. Moussa Bourekba, investigador del CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), explica que los indicadores tienen que ver con la apariencia física y la práctica religiosa. Sin embargo, una persona puede perfectamente cambiar de apariencia o de práctica religiosa y en absoluto estar sufriendo un proceso de radicalización. Para Bourekba, que no cree que podamos afirmar que entre estos hechos exista una relación directa, la eficacia de los indicadores es muy dudosa si se toman de forma aislada. Si, por el contrario, se observan varios en un mismo caso, podrían revelar que algo está sucediendo, pero en cualquier caso, los indicadores no pueden garantizarnos que los que estamos observando es una forma de radicalización violenta, que es para lo que han sido concebidos. 

El Doctor Mario Toboso, profesor de la UB y del Instituto de Seguretat Pública de Catalunya, plantea la dificultad del uso de indicadores para señalar la transgresión de conductas normales o estándar “¿Quién establece la normalidad de nuestra conducta sin exámenes o dictámenes periciales?” Para Toboso, el proceso de radicalización se define por su complejidad y no se puede reducir a un simple catálogo de indicadores. Sin embargo, añade que todos los cuerpos de seguridad que abordan la prevención y detección se basan en variables específicas, científicas y descriptivas como los factores de predisposición, los factores de atracción, la pruebas, los indicadores y las señales débiles.

El problema de la utilización de estos indicadores, como bien explica Moussa Bourekba, reside en la difusión por parte de las agencias policiales y de los servicios de inteligencia. La descentralización de esta tarea que se traslada a otras esferas, cuya función no es la de vigilar, como la educativa, la sanitaria, y en definitiva, al conjunto de la sociedad, puede derivar en una sociedad de vigilancia. Es entonces cuando el control y la vigilancia dejan de ser monopolio de las fuerzas de seguridad para ser delegada en otros ámbitos. 

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El segundo problema según Bourekba es que, aunque los criterios se hayan formulado de forma general, en la práctica la gente se fijará más en aquellos cuya apariencia física o sus hábitos indiquen que son musulmanes. “El maestro tiene ahora una lista de indicadores que explican que una persona que empieza a aislarse, que habla poco en clase o que desafía la autoridad del profesor, podría denotar que está sufriendo un proceso de radicalización.  En la práctica, el profesor se fijará más en si esta persona que está cambiando se llama Moussa que si se llama Jordi.” Delegar las tareas de vigilancia puede terminar por generar un clima de sospecha generalizado que tendrá como foco solo a algunos colectivos y no a toda la población. Se corre el riesgo de que la comunidad musulmana sea objeto sistemáticamente de estas sospechas. La consecuencia más inmediata será que se termine alejando a aquellos ciudadanos que ya estaban excluidos por otros motivos, y que ahora están todavía más marginados de la sociedad. 

Bourekba explica que al compartir estos indicadores con funcionarios, personal médico o profesores de escuela, se les está proporcionando una lista de cosas que en realidad han ido viendo muchas veces a lo largo de toda su vida y que hasta la fecha no suponían nada alarmante. A partir de la identificación de esos indicadores, tienen que considerarlos como algo problemático. “El hecho de que un chico se deje barba o una chica empiece a llevar el pañuelo antes podía ser símbolo de que esta persona estaba intentando ser más piadosa. Ahora tenemos una alarma social que nos dice que aquí hay un signo de radicalización. Y este mensaje es muy peligroso”. Toboso coincide en que el conocimiento o difusión de estos catálogos puede poner el foco en colectivos concretos y, sin pretenderlo, puede estimular episodios de discriminación o exclusión.

“Debemos diferenciar la radicalización cognitiva de la radicalización violenta. La devoción religiosa, el fervor vegetariano, la adicción por la telebasura o el fanatismo por un equipo de futbol son intrascendentes desde el punto de vista securitario. Tener convicciones firmes sobre determinados aspectos de la vida, además de ser recomendable, es absolutamente irrelevante en términos securitarios, insisto, si no trasciende hacia una voluntad explícita y observable de articular una acción violenta” añade Toboso. 

Aunque el término se popularizó durante los años 80 por la obra Vigilar y castigar de Michel Foucault, fue J. Benthan quien ideó el concepto panóptico. Al igual que en este modelo carcelario, uno tiene la sensación de que el uso de indicadores y sobre todo, la extensión de su uso a ámbitos no securitarios, encaja en el surgimiento de autocontrol derivado de la sensación de vigilancia continua que desarrolla Foucault en su obra. El filósofo francés explica el modelo panóptico como la capacidad de imponer conductas al conjunto de la sociedad partiendo de la idea de que estamos siendo continuamente vigilados. La finalidad es la de estandarizar el comportamiento de la ciudadanía dentro de unos rangos considerados “normales”. Como el poder y el control ya no viene ejercido por una persona o una institución reconocible, sino que cualquier persona puede ejercer la vigilancia, son los propios individuos los que terminan por autogestionar su comportamiento mediante la autocensura y el autocontrol por miedo a ser delatados por un “vigilante”. En la obra de Foucault, este fenómeno afectaba a la gran mayoría de la sociedad. Sin embargo, en nuestro caso nos encontramos con que es una parte minoritaria de la sociedad, la comunidad musulmana, la que se siente observada por el amplio conjunto de la sociedad. De las palabras de Manuel Macron se puede extraer que la detección de “las desviaciones” de las que habla, no van dirigidas al conjunto de la ciudadanía, sino a una minoría social muy determinada de la población francesa. Aunque el discurso político se esfuerce por diferenciar entre los términos de vigilancia y sospecha, en el imaginario colectivo, la frontera entre los dos conceptos termina por diluirse. 

Aunque el doctor Mario Toboso considera que determinadas corrientes religiosas pueden generar problemas de convivencia por su ortodoxia, cierre comunitario o literalidad, no se puede afirmar que tengan un nexo directo con el extremismo violento. “La estigmatización surge de la ignorancia, el temor a la alteridad y el reduccionismo de la complejidad social. Nos resulta más fácil estigmatizar que esforzamos por conocer. Los enfoques dicotómicos se vuelven útiles para simplificar las respuestas, pero la radicalización violenta no es, precisamente, un fenómeno de respuestas simples.”

Si el uso de los polémicos indicadores de radicalización violenta presentan numerosos problemas debido a la carencia de una base científica que los avale y, sobre todo, al riesgo de poner en el foco de la sospecha a una comunidad religiosa entera simplemente por encajar en algunos rasgos físicos o prácticas religiosas consideradas por algunos “alarmantes”, ¿cómo se puede combatir este fenómeno”? 

Mario Toboso incide en la necesidad de diferenciar claramente los protocolos de prevención del extremismo violento de los encaminados hacia la detección, ya que se trata de dos estadios diferentes del proceso. Si nos ceñimos a la detección, lo que las fuerzas de seguridad analizan son las acciones y comportamientos observables que pueden comportar una infracción penal o una situación de riesgo para las personas. La prevención, en cambio, se circunscribe a las etapas iniciales del proceso de radicalización violenta que, en muchos casos, puede revertirse o contenerse. Moussa Bourekba coincide en que la detección debe ser labor de los servicios de inteligencia y cuerpos de seguridad mientras que la prevención, además de no ser represiva, debe ser una tarea de la sociedad en su conjunto: los servicios sociales, las escuelas, los hospitales, el entorno próximo y, por supuesto, las familias. 

La mejor manera de prevenir el fenómeno de la radicalización, para Bourekba, es la existencia de un tejido social fuerte. “Se necesita mucha comunicación y confianza social en familias, el entorno, las escuelas… debería haber suficiente confianza para comentar estos casos con la comunidad. Si esperamos que las familias acudan a las fuerzas de seguridad debemos tener en cuenta que, en muchos contextos marginalizados o socioeconómicamente muy pobres, la confianza en la policía es muy baja o nula.” Incide en que la sociedad debe volcar los esfuerzos fundamentalmente en la prevención y no tanto en la detección. Moussa Bourekba cree que “Se necesitan campañas de concienciación que sensibilicen a la población sobre este fenómeno. Necesitan herramientas que les permitan entender que quizás están presenciando este fenómeno y cuando esto suceda, el resto de la sociedad debe acompañar a estas familias”. 

El enfoque académico de Toboso se orienta hacia la complicidad, la implicación y la cooperación mediante buenos interlocutores con estas comunidades en aras de la prevención y erosión de la narrativa violenta. Prohibir determinadas corrientes, exceptuando aquellas que transgredan la ley, podrían fomentar su clandestinidad, que no su desaparición, lo que comportaría, a corto plazo, una pérdida de control sobre su actividad y evolución. 

Aunque no se puede establecer una correlación directa entre la sensación de exclusión de la comunidad musulmana derivada del uso de estas herramientas y la radicalización violenta de un individuo, dado que además nos estamos enfrentando al análisis de un fenómeno multifactorial de una altísima complejidad, sí deberíamos cuestionarnos qué parte de responsabilidad tenemos como sociedad en todo esto. La responsabilidad social no pasa por entonar el mea culpa. Responsabilidad social es abrir un diálogo intercomunitario, tolerante, abierto, que incluya a la comunidad musulmana para analizar por qué algunos jóvenes, nacidos o crecidos en Europa, empapados desde niños de los valores democráticos, sufren una falta de identidad tan fuerte que inician un viaje sin retorno. Nuestra responsabilidad pasa por dejar de considerarlo un problema individual ligado a la inmigración y asumir que se trata de un nuevo fenómeno social endógeno. Rescatando las palabras del doctor Mario Toboso ante un fenómeno tan complejo: no todo está escrito, no solo hay una perspectiva y no solo hay una voz.

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