Yalta, la niña bonita de Antón Chéjov

El alma sensible de Antón Chéjov no pudo resistir la tentación de ubicar su obra literaria en la costa de Yalta, la joya de Crimea. Con el mar como principal protagonista, es inseparable de todos los elementos socio políticos y culturales que la rodean.

Yalta, la niña bonita de Ánton Chéjov
Imagen de Yalta

El paseo que da al mar tiene más de ilusión que de Negro. En alguna de sus zonas, la superficie de la arena que realza su belleza se estrecha hasta desaparecer y, en otras, se abre como una lengua copada de bañistas que disfrutan de su temperatura, tan calentita como las aguas que acarician los pueblos alicantinos.

Esta región, con su mar como principal protagonista, es inseparable de todos los elementos socio políticos y culturales que la rodean. Como describe Luis Pancorbo en su libro Del Mar Negro al Báltico, caminos y letras (Sotavento, 2014) la ciudad de Yalta, en concreto, comprende el núcleo urbano que lleva su nombre y unos alrededores plagados de reliquias zaristas que constituyen un baño para los ojos.

Entre la actual capital de Crimea, Simferópol, y la ciudad que posee uno de los nombres más irresistibles para el viajero, Sebastopol, Yalta se corona como la joya de Crimea. En su zona marítima resuenan los finales de una época perdida, abundan las sombrillas en forma de quimera que esconden el pasado bélico de la región e incluso existen carritos de algodón para que los niños descubran el pegajoso mundo del azúcar mientras los padres se hurgan en los bolsillos de la nostalgia.

Foto de Yalta desde uno de los lujosos apartamentos del hotel Doctor Wiskhy

Si afilo la vista puedo ver, entre parasoles cargadas de puntillas y hombres con sombreros de copa, a una mujer estilizada, pelirroja y misteriosamente bella que pasea entre la gente de alta alcurnia. No se aloja en el Hotel Doctor Wiskhy, pero su refinería sí que le permitiría comer las deliciosas ostras en el Restaurante gourmet del mismo propietario. En su brazo derecho cuelga un diminuto bolso de pedrería. En la mano izquierda sostiene la correa de un perrito. Gúrov la ha visto de lejos y, después de sorber la copa de champán que está degustando despacio, sabe que pasará la noche con ella.

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El alma sensible de AntÓn Chéjov (1860 – 1904) no pudo resistir la tentación de ubicar su obra literaria en la costa de Yalta. Nacido en una ciudad al borde del Mar de Azov llamada Taganrog, estudió medicina en una época turbulenta marcada por el asesinato del zar Alejandro II (1881) y compaginó la pasión de su trabajo con que el efecto que ejercían sobre él las letras. Si en algún momento lamentó la poca pasión con la que se entregaba a la literatura fue porque reconoció su escasa utilidad para consolar a la humanidad. “Si no tuviera la medicina, es poco probable que dedicara mi tiempo libre y mis abundantes pensamientos a la literatura” le confesó a su amigo A. S. Suvorin en el año 1888.

Foto de Antón Chéjov con Leon Tolsoi en el penal de Sajalínjosos

Uno de los monumentos más atractivos de la ciudad de Yalta es la casa-museo de Chéjov. La estructura exterior, que bien podría haber salido del cuento El jardín de los cerezos (1903), envuelve los encantos de su interior con tremendo cuidado. En el cuarto de estudio donde se atesora el escritorio verde duermen miles de volúmenes bajo la atenta vigilancia de las gafas redondas y volubles con las que el maestro escribió decenas de obras famosas entre ellas Las tres hermanas (1901) o La novia (1903).

La concepción progresista que Chéjov se formó del mundo y de la condición humana representa un epilogo, el final de una época y de una sociedad localizada en una geografía política y social, como bien se interpreta leyendo el relato de Ionich (1898). Chéjov no entendía a quienes, como el escritor Leon Tostoi, recelaban del progreso. Pero, claro, Tolstoi era un aristócrata de nacimiento, un vecino privilegiado que no sufrió la esclavitud, ni el hambre, ni el abandono como el resto del pueblo ruso.

Estudio de Antón Chéjov en

A Antón Pávlovich Chéjov le gustaba caminar por las tierras llenas de hierbas olorosas, cargadas de ruda, ajenjo y vendaval. Disfrutaba descansando en los trigales, contemplando las praderas y navegando por las aguas perdidas del Azov. Era un hombre paciente que evidenciaba la miseria en sus textos y proclamaba como el zarismo había hundido a millones de personas.

Pero el escritor de cuentos rusos sólo vivió cuarenta y cuatro años. Una tuberculosis mal curada lo llevó a la tumba. Menuda paradoja para un hombre que se desplazó hasta el penal de Sajalín desafiando la estepa siberiana para curar a los cinco mil novecientos presos que en ella mal habitaban. En su libro La isla de Sajalín (1893)describió los penales, las celdas de los condenados y las chozas de los colonos, comprobó las torturas que se le infligían a los presos y vio la desesperada situación que vivían las mujeres. La visita a Sajalín fue devastadora y acentuó su mal estado de salud. Después de leer sus escritos, el escritor Máximo Gorki dijo: “Chéjov te sumerge en un día triste de finales de otoño

Antón Chéjov con Máximo Gorki

La suerte se acabó de esfumar en un oasis soleado de la Selva Negra, en el balneario de Badenweiler. Minutos antes de que el final se llevara para siempre a uno de los emblemáticos escritores rusos, Antón Chéjov se tomó una copa de champán y le exhortó al médico que le atendía: “Ich sterbe” “Me muero”.

Como una de sus mejores obras teatrales, lo hizo sin rechistar, abriendo el silencio con sus palabras tímidas y exactas, y abandonándose a la vida que se lo había dado casi todo.

Me imagino a Chéjov como lo hace el escritor Luis Pancorbo, con una fruta al atardecer en su jardín de su preciosa casa de Yalta pensando que no hay remedio para evitar que a uno le llegue su virus, su microbio, su proceso degenerativo, su hora y su momento. Antón Chéjov. El artesano de los sentimientos. Genio y figura hasta la sepultura.

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