Y todo esto, gracias a Villarejo

Ha tenido que ser Villarejo el que sacase a relucir la mierda que entre todos hemos obviado y a todos, unos por sucios y otros por tontos (es el grado superlativo de esa enfermedad llamada ingenuidad), nos ha embadurnado.

Y todo esto, gracias a Villarejo
Fotomontaje con imágenes de Villarejo (izquierda) y Juan Carlos I

Su Majestad el rey emérito, Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, es ya, definitivamente, un personaje histórico, apartado como un leproso y moribundo como lo es un toro mancillado, banderilleado y con la estaca clavada hasta del corvejón. Lo es desde el momento en que su hijo, públicamente y sin ninguna otra opción, anunció la retirada de la asignación económica a su padre y hacía pública la renuncia a la herencia que, eventualmente, pudiera recibir de su progenitor.

Don Felipe dio la espalda al emérito dejando a éste petrificado como una estatua de sal, con la mano extendida hacia su vástago buscando un saludo o, simplemente, misericordia. Ese fue el principio del fin.

Villarejo y nadie más

Ahora, lo sabemos con certeza. Unos lo han sabido antes y otros, los más ingenuos, lo hemos sabido después. Pero ni unos ni otros habríamos acabado accediendo a esta información de no haber sido gracias al papel proactivo, efectivo, indecente, tendencioso, delictivo y criminal del excomisario, José Manuel Villarejo.

Vayamos por partes. Sí, lo más grave está por venir, efectivamente. ¿Habrá o no imputación del Monarca? ¿Reconoceremos o no que nuestro sistema de controles y garantías no sirve para un carajo?

El Estado, nunca contra el Estado

Un buen amigo, al que idolatro por lo que es y por lo que representa en mi vida, me dijo hace poco que los aparatos del Estado nunca van a perjudicar al Estado. Y jueces, fiscales y policías son, efectivamente, aparatos del Estado.

Mi amigo no es especialmente «independentista» ni tampoco especialmente ‘dependentista’. Está por encima de esas nimiedades o clichés. Pero su argumento, por certero y apropiado, se me antoja que podría emplearse perfectamente en relación con los presos del procés. Los aparatos del Estado, cuando se cuestiona al Estado, no son equidistantes.

Dejo para el final de este artículo una reflexión al respecto. Ya verán que sufro de esa enfermedad que llaman ingenuidad, entre cuyas manifestaciones se encuentra el desiderátum de que los inocentes no paguen y sí lo hagan los culpables.

Primero, lo de Pujol

Pero, volviendo a lo que nos ocupa, si no es por el excomisario, Villarejo, este país no se hubiera enterado del caso Pujol que, en mi opinión, es el caso más icónico de la putrefacción política. Ésta es la historia de un poder público que invadió el corazón y el ADN de una sociedad a la que, por otro lado y quizá por ello y para ello, expolió, y de la que, en consecuencia, se burló.

Sí, no lo duden: la información contra el clan Pujol obtenida por Villarejo (¿de dónde se creen que salió el famoso pantallazo con las cuentas en Andorra del President que adelantó el diario El Mundo?), como el grueso de los datos que manejaba el excomisario, fueron a parar a su morral por la vía del delito (extorsiones, amenazas, estafas y ¡vaya usted a saber qué mas!). Por lo tanto, debería ser una información inaprovechable por los aparatos pulcros de una justicia ciega (como debería de ser la nuestra) dentro de un estado social y democrático de derecho (como debería de ser el nuestro). Inaprovechable e inaceptable. Pero del cerdo, cuando llega la matanza, se aprovecha todo.

Justicia de postal

Lo que evidencia el presunto delincuente (aún no ha sido condenado), Villarejo, es que los no delincuentes y, a la sazón, reputados jueces, fiscales, policías y gurús mediáticos, no tuvieron las agallas ni el talento (probablemente adolecieron más de lo primero que de lo segundo), para desentrañar toda la putrefacción que supuraba alrededor de la familia Pujol cuando el President, como un virrey, gobernaba Catalunya. Todo el mundo lo sabía (¡hay que joderse!). Incluso hay quienes, a día de hoy, se jactan de ver a un viejo como Pujol, decrepito, abochornado y hundido desde el punto de vista histórico. Éstos, en los 80 y en los 90, hubieran podido acabar con su virreinato y no lo hicieron porque no supieron, no pudieron o no quisieron hacerlo.

Villarejo, entre ‘negociete’ y ‘negociete’, sí supo cómo hacerlo (de forma criminal, cierto) y, sobre todo, supo cómo blanquearlo. Hoy un reputado juez califica al clan Pujol como «organización criminal».

Campechano ma non troppo

A más ahondamiento, sin el presunto delincuente, Villarejo, no hubiéramos sabido que el Rey emérito era un gánster (como así lo ha bautizado la prensa francesa) que cobraba comisiones como un burdo testaferro o arribista de cualquiera de los casos de corrupción que nos puedan venir a la cabeza y que, en los últimos años, han sobresaltado a la sociedad española. Su Majestad el Rey emérito era ‘el Bigotes’ de la aristocracia mundial.

Su bajeza ética y su perfil criminal van de la mano de lo que algunos medios sitúan como «ligereza sexual» que, según parece, el Emérito mostraba para con las mujeres, rubias y especialmente adineradas o por adinerar, siendo éste un problema suyo y de su consorte. Se da la circunstancia de que un personaje enfangado y perverso como Villarejo ha logrado que ese problema conyugal sea la comidilla para todos nosotros (incluida la Justicia). El excomisario reo ha descorchado esa botella lacrada por la inteligencia del Estado y olvidada (o escondida) en la bodega más recóndita por parte de aquellos que sí saben lo que se cocía y cuece en las cloacas o en las trastiendas de los lugares donde se fabrican las cosas importantes.

Sí, amigos, ha tenido que ser Villarejo el que sacase a relucir la mierda que entre todos hemos obviado y a todos, unos por sucios y otros por tontos (es el grado superlativo de esa enfermedad llamada ingenuidad), nos ha embadurnado.  

Tontos, tontos y tontos

Siendo esto terrible, con todo, resulta aun más vergonzoso el regusto amargo de boca que nos queda a los ingenuos, al constatar que, efectivamente, los otros, los buenos, esto es, los togados, los uniformados y los que disponían de pluma mediática suficiente como para arrancar los tumores tan pronto fueran atisbados, no lo hicieron. ¿No se enteraron? ¿Era mucho más inteligente y cómodo ser «integrado» que «apocalíptico»? No, no quisieron ser capaces. Y, a todo esto, el campechano zumbando de aquí para allá con la moto (esquivando a la escolta —eso creía—) o en Botsuana, cazando elefantes.

Este país, amigos, no funciona. Si somos capaces de albergar esto («la Justicia» putrefacta y criminal haciendo las veces de Justicia decente), quiere decir que este país no funciona.

Siempre nos quedará París…

Por todo ello, creo (curioso, a medida que escribo este articulo mengua en mi la ingenuidad) que, si los aparatos del Estado jamás van a ir contra el Estado, tendrá que ser la Justicia internacional, como en el caso del magnicida, Pinochet, quien acabe poniendo en su lugar al Emérito, porque mucho me temo que la equidistante, timorata y acomplejada Justicia española no lo va a hacer.

No olvidemos que, además de que al statu quo no le gustan los «apocalípticos» y sí los «integrados», se da la circunstancia de que la Fiscal General del Estado y el Rey emérito comparten un enemigo común, que es… Villarejo (dos desconocidos se hacen amigos cuando comparten enemigo).

Me voy ‘pal’ pueblo

De la misma forma, y como quiera que lo dicho por mi amigo va a acabar siendo una aplastante evidencia (el Estado no investiga al Estado), inexorablemente será la Justicia internacional el reducto que sentencie qué de verdad o qué de mentira hay en lo que han perpetrado, vivido o sufrido los responsables del procés.

Sí, yo también tengo ganas de mandarlo todo a la mierda y largarme lejos, muy lejos. ¡Seré ingenuo!

1 Comentario

  1. Sobre la (supuesta) renuncia a la posible herencia del sin mérito, no sería mejor que la desviara íntegramente (impuestos aparte) a las maltrechas arcas de las pensiones?. Y como también soy ingenuo se le podría pedir la declaración de renta y patrimonio, que eso no tiene que ver con la inviolabilidad.

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