Voluntaria para AstraZeneca

Nuria González

En esta última semana he visto lo poco que me quedaba por ver en esta pesadilla de pandemia que nos ha caído encima. Gente que sabe leer y escribir diciendo que no se quiere vacunar.

Como si estuviéramos en el siglo XVIII, y en lugar de vacunas estuviéramos hablando de que alguien nos quiere trepanar el cerebro. En ese caso, al menos, tendría lógica la negativa al tratamiento. Pero con las vacunas, no. En el S.XXI, no, y da igual quien lea esto.

Escucho personas entre 60 y 80 años (ya que a los de más de 80 los han vacunado a todos sin rechistar), que son las que más riesgo tienen ahora de ingresar en un hospital, caer en la UCI y morir, y que para evitar que eso pase, todos nos estamos arruinando la vida, ponerse exquisitos y decir “yo con la vacuna esa mala no me vacuno”. Como si existiera una “vacuna mala”.

Todo esto lo dicen, con esa chulería de la gente ignorante, mientras quedan miles de personas que pertenecen a los colectivos de trabajadores esenciales sin vacunar, que llevan un año saliendo a trabajar a la calle sin protección alguna eficaz.

También hay un montón de personas de colectivos de riesgo por enfermedades previas, que siguen sin estar vacunados, y expuestos a que esos y esas que pueden pero que no se quieren vacunar, se contagien, los contagien a ellos y se mueran, por culpa de su ignorancia y su chulería inadmisibles.

Yo pertenezco a ambos grupos (trabajadora esencial y con enfermedad previa), y ni estoy vacunada ni me han hecho ni una triste PCR en lo que llevamos de Covid. Y como yo, millones. Debe ser por eso que estoy tan enfadada y pierdo los papeles cada vez que algún periodista hace terrorismo informativo, que, con tal de llenar horas de telebasura, se dedican a intentar magnificar una información manipulada y unos datos ínfimos, en lugar de a martillear con el único mensaje real, que es que la Agencia europea del Medicamento considera segura la vacuna de AstraZeneca.

Igual que la casi absoluta totalidad de los y las médicos y científicas que se han puesto en contra de la decisión del gobierno de España de dejar de vacunar con esa vacuna a todos los menores de 60 años. Una decisión tan poco basada en criterios científicos como cuando pretendían que nos bañáramos en la playa con mascarilla. Una prueba más de que tenemos los peores políticos en el peor momento que nos ha tocado vivir. No pasa en todos los países. En Italia y en Portugal no tiene la misma desgracia y siguen vacunando. No es que sean unos suicidas, es que hacen caso de los científicos más que de las encuestas.

El terrorismo informativo debería sustituirse por periodismo serio de investigación e información. Capaz de explicar de manera sencilla que lo que estamos viviendo es una guerra comercial en directo entre las grandes farmacéuticas del mundo. Capaz de explicar que no es casual que se ataque una vacuna de Oxford (Reino Unido), justo después del Brexit. Que tampoco es casual que Alemania haya sido la primera en poner pegas a AstraZeneca, si tenemos en cuenta que una gran parte del capital de Pfizer es alemán, ya que está participada por la empresa germana BioNTech.

Deberían de ser capaces de dejar de mentir respecto a la esperanza blanca que se supone que será la vacuna rusa, y explicar que con la vacuna rusa no se están vacunando ni los propios rusos, y que la Agencia Europea del Medicamento no la aprueba porque Rusia no da información acerca de los efectos que pueda tener. Sin información no hay contraindicaciones. Y tan fácil.

Habría que explicar también que se está haciendo geopolítica con las vacunas, y que nada tiene que ver con criterios médicos las restricciones de la vacuna de AstraZeneca, ya que, si fuera así, también habría que restringir las vacunas de Pfizer y Moderna, que han reportado más casos de efectos secundarios y trombos cada una, que la de Astra, tal y como ha publicado esta semana en un informe la Agencia Española del Medicamento. Pero eso al terrorismo informativo y a la telebasura les da igual. O no les da igual y cobran, publicidad mediante, por seguir manteniendo a la población en general en la ignorancia total, porque así es mucho más fácil de controlar un país en la ruina económica y el la indigencia mental y social.

Sin embargo, tengo esperanza, ya que cada vez encuentro a más gente harta, dispuesta a no pasar por alto ni un atropello más. Gente harta de mordazas, de toques de queda, de controles policiales y de cierres perimetrales, mientras observamos como los más vulnerables a la enfermedad se permiten el lujo de no ponerse la única cosa eficaz contra ella, que es la vacuna.

Entonces yo me pregunto ¿con qué fuerza ni moral ni jurídica se puede obligar a nadie a seguir coartando su vida, su economía y su libertad, si a la gente a la que se está protegiendo con esas medidas no le da la gana de colaborar protegiéndose a sí misma? Obviamente, con ninguna.

Por eso pienso, que las 4.000 personas que tenían cita en Madrid para vacunarse el pasado jueves, y no asistieron, y todos los que hicieron como ellos en cualquier lugar de España, deben pasar a los últimos de la cola en la vacunación. Y para protegerlos a ellos y al resto que no estamos vacunados y nos pueden infectar, a los que rechazaron la vacuna deberían confinarlos duramente en sus casas, hasta que el resto de la población estemos vacunados y no representen un peligro para nadie.

Obviamente, las vacunas que no se pongan, que nos las pongan a los demás. Somos muchas y muchos los voluntarios.
Ayudaría seguramente a bajar esas cifras de kamikazes que en la campaña electoral de la Comunidad de Madrid dejaran de tirarse los viales a la cabeza entre Ayuso y Pedro Sánchez.

En cualquier caso, es inadmisible seguir aguantando ni un minuto más de restricciones y cierres de negocios si a quien hay que salvar se niega a salvarse a sí mismo. Porque, por muy imbéciles que sean nuestros políticos, que lo son, y por muy mal que gestionen la comunicación, que la gestionan mal, cada persona de este país rico y desarrollado que es España, y donde todo el mundo entre los 60 y los 69 años saben leer y escribir, tiene la suficiente capacidad como para pensar que, contra esta enfermedad, que ni siquiera tiene tratamiento, la única solución es vacunar.

Cada uno es responsable de sí mismo, aunque lleven un año empeñados en aborregarnos. Y en este caso, también es responsable de la salud de los demás. De la mía, de mis compañeras de trabajo, de mis amigas, de la cajera del súper, del rider que les lleva los paquetes y de mucha gente que aún no tiene la vacuna y que nos hace falta. Aprovechen que viven en el S.XXI y vacúnense. Por todos.

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