Vivir, amar y morir en la pantalla

Disfrutar hoy de El crepúsculo de los dioses es recrearse en la nostalgia del pasado, gozar del cine que fue y ya no volverá, masticar el paso del tiempo y sus estragos y prepararnos para nuestro último primer plano

Vivir, amar y morir en la pantalla
El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950)

Son dos arranques memorables. Casi todo el mundo recuerda el primero, más impactante y más noir. Tras ver el título, coches de policía a carreras nos llevan hasta una casa en la que descubrimos un cadáver en la piscina con tres tiros en su interior. La voz en off nos dice que siempre quiso tener una piscina… y comienza su historia.

Pero el segundo arranque de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950), ya es el de la historia propiamente dicha y me parece aún más genial y memorable. El protagonista es un guionista de medio pelo que huye de sus acreedores y se refugia en un caserón del viejo Hollywood en el que una estrella del cine de hace años está preparando el funeral de su… mono. Billy Wilder, siempre irónico, siempre cruel, siempre genial, nos regala un par de planos para que no haya dudas: vemos la pata colgando del fallecido y su rostro con los ojos cerrados. La red está echada: ha muerto el entretenimiento de la casa, hace falta otro que venga a hacer el mono.

William Holden interpreta a Joe Gillis y da con la tecla perfecta para inspirar lástima, empatía, rechazo y comprensión final. Su evolución es fascinante pues se prostituye por salvar su carrera, pero consigue redimirse ante la joven que se enamora de él y a quien decide mostrarle su verdadera cara para que sea ella la que le deje y él pueda desaparecer… si Norma lo hubiera permitido.

Y es que la película cae rendida ante Norma Desmond (Gloria Swanson). La diva del cine mudo es interpretada por una diva del cine mudo, lo cual pudiera parecer una ventaja pero, en realidad, subraya y agiganta mucho más el valor del trabajo de Gloria Swanson. Engreída, vanidosa, convincente, histriónica: absolutamente divina. Norma vive apartada del “nuevo” cine que cada vez es más pequeño y, ella, que sigue siendo grande, planea su retorno con un guion imposible que dirigiría su amigo Cecil B. DeMille.

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Cecil B. DeMille y Gloria Swanson

De entre las muchas virtudes de la puesta en escena hay que destacar cómo brilla literalmente el personaje de Norma cada vez que siente la luz de un foco. Comienza en su casa, cuando se levanta a la luz de su proyector privado y su gesto con la mano revela su grandeza de otro tiempo y todas las fronteras que su cabeza ya ha traspasado. Sigue con la luz más emotiva: cuando visita los estudios de la Paramount y el viejo foquista la ve desde arriba y la saluda con el foco para que todo el mundo se acerque a ella: Norma resucita y es el sol del set por unos minutos. Y, por supuesto, su última iluminación llega en la célebre escena final, descendiendo las escaleras de su casa mientras cree que rueda su gran plano ante las cámaras de… los periodistas de la sección criminal.

Todos los cinéfilos amamos esta película también por esos guiños al cine pasado que van desde los cameos, como ver a Buster Keaton o a H.B. Warner; hasta las citas de la época, como ver a Hedda Hopper o a Cecil B. DeMille, interpretándose a sí mismos; pasando por el fantástico recital auto paródico del gran Erich von Stroheim. Max Von Mayerling comienza como oscuro y eficaz criado para todo de Norma, pero vamos descubriendo que fue director de cine mudo y hasta su primer marido.

Ahora, acepta resignado y devoto su papel ante una mujer a quien sigue adorando (maravilloso detalle el de las cartas de los fans que… escribe él). Stroheim, claro está, también fue un grandioso y grandilocuente director del cine mudo y comienzos del sonoro, que dirigió a Swanson, por ejemplo, en La reina Kelly, aunque su relación no fue tan idílica (curiosamente esta es la película que Norma le pone a Gillis para recordar su grandeza).

Cine negro (no es que se vea venir la muerte, es que recuerden que arrancamos en esa morbosa piscina), cine dentro del cine, cine romántico (varias historias de amor), cine de terror (el caserón gótico y su mono)… Lo bueno de las obras maestras es que son muchas películas dentro de una sola.

Disfrutar hoy de El crepúsculo de los dioses es recrearse en la nostalgia del pasado, gozar del cine que fue y ya no volverá, masticar el paso del tiempo y sus estragos, prepararnos para nuestro último primer plano, en definitiva, vivir, amar y morir en la pantalla, como hicieron mitos como Swanson o Stroheim. Eso es el cine. Eso es la vida.

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