Vila, «el Traidor», y el selfi de Jordi Sánchez en el Supremo

Vila, «el Traidor», y el selfi de Jordi Sánchez en el Supremo
Santi Vila, Gabriel Rufián y Manuel Marchena

Efectivamente, yo no me tomaría una caña con el juez que me ha condenado. O sí. Supongo que no lo haría, en ningún caso, si la sentencia fuera manifiestamente injusta. O quizá también. 

A Santi Vila le están cayendo chuzos de punta desde que dijo en TV3 que se tomaría antes unas cañas con Marchena —el juez del ‹procés›, que le condenó por desobediencia—, que con el diputado de ERC, Gabriel Rufián, a quién el exconseller y, ahora, personaje proscrito del independentismo ha calificado de «mero experto en redes sociales».

Roma no paga traidores. No solo eso: La «Roma» independentista los fustiga. 

No lo critico, simplemente lo constato. 

Nada me repele más que la figura del traidor pero si, además, éste lo es con ademanes de cobardía o de burda equidistancia, el repelús pasa a ser repugnancia. 

La cosa va de cañas 

Pero la cosa de este artículo —así me lo he propuesto va de cañas, de políticos condenados y de jueces en el disparadero. O sea, que volvamos al redil. 

Rufián es un experto en tomar cañas —no hay sarcasmo, sí metáfora—, por eso, es para muchos la esperanza blanca al otro lado del telón de acero del independentismo. No le conozco tanto como para asegurarlo, pero creo que Rufián se tomaría unas cañas con el mismísimo diablo si, tras las cervezas, lograra que el infierno dejara de abrasar incluso a sus enemigos. También lo haría, por ejemplo, un tipo como del malogrado, Ernest Lluch, y hasta donde le conozco, que no es poco, incluso el preso, Jordi Sánchez, un hombre bueno y justo, e injustamente recluido. De hecho, Jordi Sánchez dio muestras de su bondad —casi ofensiva—, cuando, en mitad del juicio, se hizo un selfi con el magistrado, Luciano Varela, que formó parte preeminente del tribunal del Supremo que le condenó. (Dado que ignoro los detalles, sugiero que quizá seria más correcto decir que el selfi se lo hizo el juez con él. O no.). 

Foto para la historia

En todo caso, esa fotografía, cuya existencia negará el ‹hooliganismo› independentista —que la verdad no nos aparte del camino de «nuestra la verdad»—, aunque cueste creer, existe y demuestra que las relaciones humanas, en general, y en concreto, la empatía que atesoran y exhalan determinados personajes para el arte de la interlocución, es admirable y lo mejor es que, a menudo, lo admirable suele ser lo fecundo. Por cierto, y ya que el artículo se me ha torcido hacia el Supremo, no puedo estar de informarles que en Madrid (o mejor dicho, en pasillos innombrables del poder judicial capitalino), se tilda a Marchena de «¡Rojo!». El establishment no le perdona que «sólo» haya condenado a los del ‹procés› por sedición. Pobre Marchena, con lo que ha trabajado para la causa, y van sus correligionarios (y el resto del populacho cual si de un mariachi se tratara) y le postergan al rincón de los relegados. 

Marchena y su saber estar

Ha de saberse que el «rojo» Marchena, haciendo alarde de su savoir faire, ordenó durante el juicio que, tanto los presos como los miembros del Tribunal compartieran la misma comida (el mismo menú), durante los días que duró la vista —sesiones de mañana y tarde— y que, además, por indicación de Varela y asentimiento del resto de magistrados de la sala, acabaría permitiendo no pocos contactos personales entre los acusados y sus familias, en aquellas horas muertas, entre plato y plato. Al rey, lo que es del rey. 

Estoy seguro de que no hubo compadreo, seguro; pero me inclino a pensar que el selfi de Sánchez y Varela se hizo durante esas horas muertas, unas horas en las que cada uno sacó lo mejor de cada cual, que acostumbra a ser aquello que no está maquillado por el barniz de la luz y los taquígrafos. 

¿Vila, traidor o cobarde? 

Llamar traidor a Santi Vila, es una opción. Llamarle cobarde, también. Fustigarlo por ello, desagrada como irrita constatar que la cerveza del tirador del bar del barrio ya no es Estrella, sino un sucedáneo, pero se comprende, sobre todo, cuando la cosa va de sentimientos patrios que, en los tiempos que corren, se manifiestan a flor de piel y como la gasolina que busca y precisa de chispas para seguir encendiendo y calentando el motor de la causa. 

Yo me tomaría unas cañas con Rufián, con Marchena e incluso con el último juez que, de forma canalla y injusta (una cosa lleva a la otra), un día, me imputó. Fui amigo de ese pobre juez durante muchos años. Un día, sin embargo, su señoría concluyó que mi imputación —por entonces era Director de Análisis de la Oficina Antifraude de Catalunya (OAC)—, otorgaba pedigrí a una pretendida investigación de corrupción policial en ciernes. 

Juez malo

Comí y cené con él (con el susodicho juez) y con nuestras respectivas familias, en varias ocasiones. Me ayudó en la escritura de mis primeras novelas. Mi cuñada fue la canguro de sus hijastras y le aguanté sus lagrimas depresivas, cada vez que algunas de sus causas judiciales sufrían un revolcón. Y un día, me imputó, así, por las buenas. Me sentí como el azafrán que colorea una paella. Y lo escampó. Y se jactó de ello, a sabiendas de que no había nada contra mí, porque nada irregular o ilegal, había hecho. El fiscal pidió mi desimputación y la Audiencia de Barcelona le ordenó archivar la causa contra un servidor, con un tirón de orejas.

Ese juez no se merece nada bueno (decía Ryszard Kapuscinski que no se puede ser un buen periodista si antes no se es una buena persona. Y yo añado que sólo se puede ser un mal juez, si antes se es una mala persona). 

De cañas hasta con el diablo

Lo siento —fundamentalmente por mí mismo—, pero la crueldad de aquella «señoría» supera mi capacidad de revertir mi propio punto de vista por más que, créanme, mi psiquiatra y yo lo intentamos. Pues incluso en este estado de ofuscación en el que me veo sumido, un día, pedí a una juez amiga común —mía y del susodicho juez—, que provocase un acercamiento entre él y yo. Él, el juez injusto, no quiso, y yo que estaba dispuesto a «cañear» con él, a pesar de él —casi por prescripción facultativa—, a mirarle a los ojos y a preguntarle mil cosas que me hicieran comprender lo ocurrido y así, quizás comprenderle, me sentí gratificado por su negativa. Me sentí como en posesión de la verdad, como dueño de los argumentos que me darían la razón en un juicio virtual y sumarísimo entre su señoría y yo.

Vayámonos de cañas, ¡joder!. 

Vila, Marchena, Rufián, «susodicho»…, ¡Vamos de cañas, que pago yo!

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