Vida, obra y milagros de Jordi Pujol (novela negra, capítulo V): la década del 2020

Lo de Convergència i Unió había sido realmente un régimen oligárquico, caciquil, y clientelístico disfrazado de régimen nacionalista, reformista y democrático

Vida, obra y milagros de Jordi Pujol (novela negra, capítulo V): la década del 2020

-Oye, tú, dime: ¿por qué los criminólogos no estudian lo de Pujol?
-Por lo mismo que los teólogos no estudian lo del nacionalismo, ni los psiquiatras lo del separatismo.
-¿Les da vergüenza?
-Ele…

Con el jaleo de la democracia trufada de destape y de Nadiuska surgieron como hongos lisérgicos, ya decimos, los políticos patriotas de ese regionalismo exaltado que, en la España constitucional del 78, se dio en llamar nacionalismo: así, una vez muerto Franco, una vez enterrado monumentalmente y con sus joyas igual que un faraón, seguía un poco vivo en el espíritu de estos políticos apostólicos del patrioterismo periférico que, en su condición de monaguillos a porcentaje del gobierno de turno, nos recordaban a todas horas eso mismo que con tanto ahínco avivó la dictadura, a saber, que en política el patrioterismo, como los gayumbos de los militares, huele más a letrina que a heroísmo.

Y de todos esos políticos de profesión patriota el más homologable, biografiable, canonizable en ocasiones y/o empalable a veces (todo debido a esa oportunista ideología suya tan de quien está sentado a la luz de dos calles) era, es, don Jordi Pujol.

De hecho el Pujolismo, como en su día el Franquismo pero sin asesinatos y con vanguardia, elecciones, erecciones, sardanas, obras públicas y OPAS hostiles, trajo a la vida política un perfume económico de iglesia y de oblea muy de derecha patriótica, el cual venía como a compensar los olores guerreros y diuréticos del comunismo anciano, prostático, de Santiago Carrillo.

Pero la libertad de prensa y la independencia judicial ejercían de viento fresco que despeinaba la caspa de ese regionalismo exaltado ya decimos que aquí llamado nacionalismo como podía haberse llamado continentalismo, mundialismo, universalismo, totalitarismo, yo qué sé.

Y queremos creer, ingenuos somos, que fue la libertad de prensa y la independencia judicial lo que destapó las vergüenzas económicas y las corruptelas del rey de la tribu, del hacedor de lluvia, sí, del muy honorable JP.

-¡Mirad, el Emperador está desnudo! –gritó un niño de la banca andorrana enseguida acusado de ser un desleal que ataca sin piedad a toda Cataluña.

Tras destaparse el secreto a voces de que el puto amo don Jordi Pujol, él, el president con astucia de lince y cuerpo de niño goyesco y malicia de quien se oculta la papada hasta a sí mismo, tenía una pasta gansa en paraísos fiscales para evadir impuestos, y también, y sobre todo, para ocultar su procedencia, como ya hiciera con lo del caso Banco Catalana, el santón de Catalonia, el carismático, el indiscutible, se convirtió inmediatamente en una caricatura muda de Tricicle.

Pero tal mudez no podía durar porque el pueblo (qué coño significará en realidad la palabra pueblo) necesitaba y pedía explicaciones.

Así las cosas por imperativo legal JP fue pues al Parlament con una gabardina de vuelos como la de Humphrey Bogart, (soy detective privado; es que han disminuido la talla mínima). Y dijo que atacarle a él era atacar a Cataluña entera. Y dijo también que sus cuentas estaban claras y el chocolate espeso. Y dijo a su vez lo mismo que Marx, esto es, que el Capital es la parte contratante de la parte contratante…

Pero los jueces fallaron que todos los delitos habían prescrito. Y los políticos vociferaron ese refrán tan de Nacho Vidal de entre bomberos no debemos pisar unos a otros la manguera. Y la Virgen de Montserrat decretó que lo más justo era que Jordi Pujol viviera más tiempo que Pau Donés.

La mascletá de la democracia había elevado a los altares políticos un san Jordi que de todos modos se le acababa de caer de la peana al sacristán, y parecía que se había hecho añicos.

Por eso en tal momento nosotros, como el arqueólogo que pega amorosamente los restos de un ánfora, decidimos empezar a biografiar a Jordi Pujol así, como biografiaba en su momento don Ramón Gómez de la Serna a sus personajes históricos (Oscar Wilde, Goya, el Greco, Gutiérrez Solana, Quevedo, etc) o biografiaba César González Ruano al poeta maldito Charles Baudelaire, o biografiaba Francisco Umbral a sus escritores amados (Valle-Inclán, Larra y el propio don Ramón), y desde luego biografiaba Marcel Schwob a los personajes perfectos de su genial librito Vidas Imaginarias: llevando a cabo una glosa o biografía abstracta en la que el biografiante, por culpa de su estilo, está casi más presente que el biografiado…

Ciertamente se necesita ambición verbal, metafórica y cultural para explicar la complejidad biográfica, carismática, política, y negro-criminal del clan Pujol: de esta familia extendida y ejemplar a pesar de su caciquismo místico-mafioso, tacticista, rentista, corrupto y bienquedista disfrazado de patriotismo y de honorabilidad, el cual nos resulta tan contradictorio que bien parece la verdad misma.

Jordi Pujol, el botiller surgido en los años 60 del misticismo nacionalista (su catolicismo y que comulgara con la teoría económica conservadora clásica le encantaba a la derecha) y surgido también de la lucha antifranquista (Franco visitó Barcelona en aquellos años, y un joven JP inundó el Palau de la Musica de panfletos que acusaban al dictador de opresor y corruptor, y por eso Pujol fue detenido, encarcelado, torturado y condenado mediante juicio sumarísimo, pero él, estoico como el mármol, no delató a nadie ni rebeló secretos ni depuso su perpetua cara de ahorcado a media salve) había sido una personalidad política de leyenda, un intocable…

Pero acababa de caerse del pedestal y quedarse políticamente, que no judicialmente, con el culo al aire.

Artur Mas, el sucesor de ojos de niño del Museo del Prado cargados de mirada y de una oscura gracia, tuvo que reconvertirse de nacionalista moderado y liberal a independentista secesionista radical en poco más veinticuatro horas.

Pero era como si el viento le hubiera levantado la falda a Marta Ferrusola y se le hubieran visto las bragas: se percibió claramente que el pujolismo era una farsa, que JP padre había ido a lo suyo, que Jordi Pujol hijo coleccionaba coches deportivos mientras los obreros de Cornellá coleccionaban cromos, y que lo de Convergència i Unió había sido realmente un régimen oligárquico, caciquil, y clientelístico disfrazado de régimen nacionalista, reformista y democrático.

Sin embargo aquello no era el fin de una época, sino el principio de la resurrección de la psicosis lisérgica de los años 60 de Barcelona (cuando unos se colocaban con canabis y LSD y otros en la Caixa, pero tanto unos y otros follaban con francesas existencialistas como salidas de un libro de Sartre o uno de Camus, a la vez que compartían un misticismo muy semejante –en Luis Racionero y compañía algo más oriental, y en Pujol y demás más de la Factoría Montserrat, pero parejo en sus síntomas-): era el delirio mesiánico de que es posible, en este país de grandes dogmas y pistoleros de sangre caliente llamado España, la secesión de Cataluña así por las buenas.

JP ordenó a sus discípulos que predicaran el milagro de una república catalana posible, y todos picaron: los personajes de la película de Ventura Pons mezclado con Berlanga del nacionalismo, estuvieran a un lado o a otro en el escenario de las ideologías, se dispusieron a declarar la independencia de Cataluña como si eso no fuera el modo de JP de disimular que le habían pillado en bragas (¿o era a su mujer?) y con la pasta en un paraíso fiscal, como buen rey Borbón que se precie, y tenía que volver a vender humo para que la gente mirara para otra parte mientras él se vestía…

La jugada dividió la sociedad catalana en dos, y engendró en el resto de España el renacimiento de la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera (esta vez llamada VOX): fue una estratagema tan irresponsable, peligrosa, maquiavélica y psiquiátricamente preocupante, como efectiva.

Pero el resultado final fue que la imagen pública de Pujol y el pujolismo no se ha recuperado.

De hecho más que nunca se hace evidente que, más allá de la maraña de mentiras legales, económicas, políticas e históricas y de las trasnochadas propagandas identitarias, en España el independentismo separatista tiene mucho que ver con la lucha de clases: de hecho bien puede definirse como la rebelión de los señoritos que se aferran a sus privilegios, distinciones, fueros, fuentes de financiación diferenciada y por ahí todo seguido…

Lo alucinante, lo lisérgico, lo hippie, ha sido que san JP convenciera mediante sus discípulos a la izquierda catalana (la heredera de la generación dandi de la Gauche Divine con gran grandes nombres de culturalismo refinado, personalidad sofisticada y buenas dosis de magnetismo como Salvador Clotas, que, en verdad, más merecería por mi parte una biografía que el menos interesante pero más comercial don JP) y convenciera a la extrema izquierda catalana (la devenida de los libertarios, hippies, psicodélicos y anarcosindicalistas contraculturales de la Revista Start y de Ajoblanco, los de de piso-comuna en el Barrio de Gracia pero con vacaciones estivales en Formentera como Pau Maragall que más merecería por mi parte una biografía que el menos interesante pero más comercial don JP) de que eso, la rebelión de los señoritos también llamada independentismo, era algo tan Romántico y de izquierdas como la lucha por la libertad nacional por la que murió Lord Byron

¡Nosotros hemos envejecido, pero vaya como han envejecido los ideales del Romanticismo!

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