Vida, obra y milagros de Jordi Pujol (novela negra, capítulo II): los años 90; el Pujol Olímpico.

Jordi Pujol, con su cuerpazo de antihéroe a juego con su catolicismo antilibido y antiusura, pasó por los años 90 con la imagen política impoluta debido a que su forma de gobernar mediante chantajes parlamentarios

Vida, obra y milagros de Jordi Pujol (novela negra, capítulo II): los años 90; el Pujol Olímpico

-El Evangelio (y si me apuras la Biblia entera) se resume en la frase “al César lo que es del César y a Cataluña lo que es de Cataluña”.
-¿Y tú, Jordi, entonces eres el César?
-No, yo soy Cataluña e hijos…

Como el mundo, al ver la talla y el talle de nuestros políticos (desde Franco abundan por la derecha los calvos con fenotipo bola de billar –véase Manuel Fraga- o los de bigote gracioso no a los Chaplin sino a lo guardia civil de los tiempos de El Lute –véase Aznar- y por la izquierda se prodigan los casi guapos tipo Kennedy a la andaluza vestidos con trajes de pana de tratante de ganado –¿qué le ha pasado señor Felipe González que va hoy peor vestido que nunca? me dijiste que viniera enseguida; da gracias de que me haya puesto los pantalones… cuando me he acordado-), pensaban que los toreros sex symbol tipo Manolete eran falsificaciones que, en España, lo mismo habíamos importado desde el planeta Júpiter, pues en realidad no debía de haber aquí hombres apolíneos o de cuerpo hercúleo sino osos mientras más peludos más hermosos…

Por eso en España en los 90 reaccionamos y decidimos hacer algo drástico, esto es, exportar a Hollywood a Antonio Banderas.

Creemos que era una estatal operación de márketing para compensar la mala imagen internacional del galán ibérico que nos habían conferido Alfredo Landa y su landismo, y tantos y tantos políticos mediáticos de más cantina que gimnasio…

Pero se diría que Cataluña saboteó tan audaz iniciativa al convertir, como por contraposición, en su referente mediático y político a don Jodi Pujol cuya belleza, como todas las suecas que hacían cola para ver la Sagrada Familia repetían, era siniestro total…

En verdad el President, que había sustituido por lo bajini (nunca mejor dicho) a Tarradellas en el trono simbólico del catalanismo de pro, y hasta había sustituido a Antoni Gaudí en el imaginario místico catalanista, en los 90 tenía cada vez menos pelo en la cabeza pero cada vez más pobladas las cejas: tal mecanismo de biocompensación, además de darle un toque de amable monstruo del museo de cera, conformaba una explícita metáfora de su forma de hacer política.

Todo en JP era un mecanismo de compensación: él, que había sido uno en los 80 y otro en los 90, como en los espectáculos de transformismo con café-concierto del Teatro El Molino, era uno en Madrid y otro en Cataluña.

De hecho se había convertido en experto en compensarlo todo, y ya era clave para la gobernabilidad del parlamento de las Españas (sabía entenderse con González, con Aznar, con Satán, con la Virgen y hasta con Lola la Zapatones), pues tenía la llave de la gobernabilidad, ya decimos, pero nunca olvidó que, como en la novela de Dashiell Hammett, la suya era una llave de cristal que servía para chantajes políticos, pero que se rompía si se intentaba forzar la cerradura de España. Por eso, aunque los políticos de Madrid le habían alfombrado de claveles la Gran Vía para conseguir sus votos y pactos, él no quería a cambio ministerios, ni co-gobiernos, ni esas cosas tan de la joven casta política del rabioso ahora, sino que su mesiánica misión era llevar toda la pasta gubernamental que pudiera (IVA, IRPF, Competencias, Olimpiadas, la burra y el buey) para Cataluña.

Sin embargo ahora sabemos con andorranas pruebas (aunque siempre lo habíamos sospechado) que no se trataba de gran habilidad negociadora ni de patriotismo, sino del 3% (por decirlo con un hallazgo discursivo de Pasqual Maragal).

Da la casualidad que en aquel olímpico tiempo el río de pasta institucional era caudaloso, y el Honorable President ostentaba gran fama de hombre de estado debido a que, cuando firmaba un pacto de gobierno en Madrid, era leal sin aspavientos ni ataques de ego levantisco ni dignidades morales (si hay que encubrir el caso Roldán, y el GAL, y Filesa, y las puertas giratorias a troche y moche, aquí estoy yo) ya que su carromato, porque estaba bien untado, bien andaba por lo segado, que diría un payés.

Jordi Pujol, con su cuerpazo de antihéroe a juego con su catolicismo antilibido y antiusura (todo casaba), pasó por los años 90 con la imagen política impoluta debido a que su forma de gobernar mediante chantajes parlamentarios era popular en la Cataluña Cañí, y también en el Madrid de los chotis agarrados y trincones, y asimismo en los cielos, y no digamos en los infiernos… De vez en cuando Cataluña da a España un lirismo genial por profundo como el de Pere Gimferrer o Salvador Espriu, o da un lirismo genial por absurdo como el de Salvador Dalí, o da un Jordi Pujol (que viene a ser igual de transformista, mercantilista y surrealista que Dalí, y, a su turbia manera, igual de genial).

¡Es un prodigio del ilusionismo como logró hacer olvidar su originaria condición de botiger hecho a sí mismo igual que los abarroteros de la Barceloneta, e hizo olvidar también su fiasco tan codicioso como chapucero en la Banca Catalana, para pasar en los 90 a ser adorado como una de esas vedette protoporno de los teatros barceloneses del Paralelo de los años 50…

Él, don Jordi, la Lita Caver del nacionalismo sibilino.

Como la diva con cuerpo de ballenato y moño de castañera Montserrat Caballé, Jordi Pujol, al contrario de la hollywoodiense Operación Antonio Banderas, creemos que fue la forma que Cataluña tuvo de decirle al mundo que la belleza está en el interior.

Sí, Jordi Pujol fue el Shrek catalán.

Como no hablaba de lo que hablan los ripiosos poetas de la raza y el país, sino que hablaba fundamentalmente de votos, transferencias y pesetes, como no engañaba a nadie porque con luz y taquígrafos negociaba Cataluña como si ésta fuera una pieza de paño de Tarrasa, tenía tanto respeto en Madrid como en Barcelona. Nadie, por guapo que fuera o fuese, tuvo nunca mejor imagen que Jordi Pujol en los noventa.Nadie vendió mejor lo de “España virgen y Cataluña mártir” aunque en realidad estuvieran las dos jodidas pero contentas…

Y nadie encarnaría mejor, en la siguiente década del 2000, que el President esa greguería de Gómez de la Serna que más parece una pintada de retrete fino del Boadas: “la frase que mejor reúne la vida y la muerte es estoy hecho polvo”.

JP en los 80 era feo pero muy carismático, influyente y Honorable. En los 90 era feo pero muy influyente y Honorable. En la siguiente década perdería otro adjetivo por farios y muy fascinantes motivos…

Aquí les contaremos el próximo domingo por qué el cava se acaba.

(continuará)

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Luis Artigue (León, 1974) es licenciado en filología hispánica, y amplió estudios en la Universidad de Toronto. Como escritor ha publicado cinco poemarios (entre ellos TRES DOS UNO... ¡JAZZ!, Premio Ojo Crítico, LOS LUGARES INTACTOS, Premio Arciprete de Hita y LA NOCHE DEL ECLIPSE TÚ, Premio Fray Luis de León), y cinco novelas (entre ellas CLUB LA SORBONA, Premio Miguel Delibes, y DONDE SIEMPRE ES MEDIANOCHE, Premio Celsius). Asimismo ha publicado más de mil artículos(El País, ABC, Leonoticias, La Crónica-El Mundo, Diario de León, Asturias Diario, Infobierzo, Latra Internacional), y, en febrero de 2020, verá la luz su nueva novela, un biopic pulp sobre el trompetista Miles Davis que llevará por título CAFÉ JAZZ EL DESTRIPADOR (https://twitter.com/cafejazzed)

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