Vida, obra y milagros de Jordi Pujol: los años 60

El pujolismo nació con un ADN netamente antifranquista, y su líder se revistió con una aureola ética intachable sacrificando su libertad y sus bienes

Vida, obra y milagros de Jordi Pujol: los años 60

-¿Entonces en los 60 unos eran místicos hippies porque habían ido a la India y otros eran místicos economicistas porque habían ido a Montserrat?
-Sí, amigo, la religión es como la droga: en pequeñas dosis cura, pero en grandes engancha…

Era el barullo de los tiempos, y la tele, como la dictadura, en blanco y negro. Eran los excesos de época. Eran los jóvenes provocando realidades. Sí, eran los años 6o de Pink Floyd, de los abrigos de Massiel y las universitarias existencialistas calcadas a Juliet Greco que, como Albert Camus, creían que no pasa nada hasta que se toca fondo, pero también del tardofranquismo, el No-Do, de los puritanos por dinero, de los juguetes mecánicos y la Revista Serra d’Or (una revista reaccionaria fundada por un grupo de trabajadores y colaboradores seglares de la Abadía de Montserrat, la cual con el tiempo y una caña se convirtió en una publicación cultural que oficialmente se definía como el órgano de la Coral Montserratina, pero que en realidad se erigió en una de las más importantes plataformas de expresión cultural y política del catalanismo durante el franquismo, y en cuyo consejo de dirección representativo, el cual luego se vería que no tenía nada de baratillo extravagante, ya figuraba, ¡qué casualidad!, el joven Jordi Pujol).

Sí, eran los trasnochadores años 60 y su compensación nacional-católica de corte benedictina.

De hecho ha de tenerse en cuenta que en su día la concepción benedictina de la luz y la sombra como correlato de lo material y lo espiritual que es sustento de la vida, hizo a San Benito patrono de Europa, y la misma impronta benedictina, pero poniendo el acento en el conservador ora et labora, hizo a Montserrat patrona de Cataluña.

-¿Cómo se dice en catalán ora et labora?
-Se dice «Barcelona és bona si la bossa sona…»

Quien iba pensar que pasarían las décadas a velocidad de vértigo, los años como unos puntos suspensivos, y la tortilla a la francesa daría la vuelta, y, ¡uff!, un día saldría de la propia factoría Montserrat una Juana de Arco cruzada con Tarradellas, Sor Teresa Forcades, monja bedenictina teológico-médica, feminista, queer, antivacunas, independentista y de extrema de izquierda que cada vez que sale hablando por televisión sin deponer el hábito bien parece una Marta Ferrusola invertida y virgen.

-¿De aquellos polvos estos lodos?
-¿Con eso de polvos estás hablando de sexo?
-No, collons…

En aquel tiempo de la guerra fría y la entrepierna caliente de todos modos Barcelona, que era una ciudad-mundo en la que la vida política y cultural pivotaba en dos ejes, a saber, el tradicional vinculado al catalanismo cristiano y el marxista clandestino girando en torno al PSUC, tenía algo de ciudad con espíritu sobre todo juvenil; libertario. Y era porque la generación dandi de la Gauche Divine (llamamos la Gauche Divine al grupo de talentosos, brillantes y originales hijos de papá de izquierda intelectual, cultural y artística integrado entre otros por Jaime Gil de Biedma, Rosa Regas, Colita, Carlos Barral, Terenci Moix, Beatriz de Moura, Oscar Tusquets, Ana María Moix, Feliz de Azúa, Esther Tusquets, Jorge Herralde, Ricardo Bofil, Salvador Clotas y por ahí todo seguido que, desprovistos de ayuda institucional y sin moverse de su territorio sito en restaurantes baratos de Barcelona, en la Playa de Aro, en Cadaqués y principalmente en la discoteca Bocaccio, su auténtico epicentro, cambiaron el rumbo de la historia de la cultura patria, pero que Manuel Vázquez Montalbán en un artículo de época la llamó de otro modo –fue cuando escribió que la Gauche Divine eran unos chorras, unos jilis, unos cachondos, unos integrados- campaba a sus anchas por las calles y las noches de la Ciudad Condal así, bebiendo sexos y fumando flores)…

En esencia la Gauche Divine (por decirlo con palabras de Marina Garcés en Ciudad Princesa, un librito que describe la aparentemente novedosa politización de los jóvenes en la Barcelona de los años 90, pero que en realidad tanto se parecía a la politización de los jóvenes de la Barcelona de los años 60 –la diferencia sustancial es que en los 60 el catalanismo rayano en lo independentista era algo en esencia de “extrema” derecha, y desde los 90 según la autora algo en esencia de “extrema” izquierda-) ejemplificaba muy bien que como ella dice en el aprendizaje se encuentran la política como transformación, el saber como descubrimiento y la relación con los otros como compromiso.

Eran tiempos en los que a la España rudimentaria le salió un grano de pus benéfica, inspiradora, revulsiva e iluminadora en Barcelona.

Además en aquel tiempo la ciudad de Barcelona tenía asimismo algo de parada y fonda de las turistas francesas impregnadas en existencialismo, y aún así tan hermosas como recién venidas de Marte en autostop, las cuales estaban de paso porque iban a las playas nudistas de Ibiza y Formentera, pero antes bien ponían su granito de arena en el arte de culturizar y sexualizar el ambiente enrarecido por el asfixiante oficialismo.

La juventud libertaria, tras tanto tomar una posición que desbordaba los marcos establecidos y los lugares previstos, promovió una anhelada apertura a finales de esa década. Y surgieron los pisos-comuna. Y los fanzines. Y Jaume Sisa tocando desenfrenado en la sala Zeleste. Y las editoriales con portadas de colores pop que publicaban ensayos maoístas. Y los intelectuales incipientes con su recién estrenada condición de presos políticos empapándose literariamente, y hasta vivencialmente, de la cultura hippie y beatneek y hasta punk que venía de América por tierra, mar y aire.

Y fieles al espíritu de la época los jóvenes de los 60 empezaron a vivir la cultura del amor libre. Y recorrieron el camino desde las drogas blandas y agradables que les abrían la mente y les ayudaban a oír en estéreo y a ver en cinemascope, a las drogas duras y muy perjudiciales que dejaron a algunos tocados y hundidos, y a otros por el camino.

Pero pronto esa juventud libertaria, la que sumaba a la Gauche Divine y a los jóvenes criptomarxistas, se escindió: estaban los que, desde una posición de izquierda internacionalista, utópica, ecologista y antisistema querían vivir con intensidad y explorar las realidades que había más allá de la diseñada por el oficialismo, pero sobre todo querían pasarlo bien, y, al lado, cerca pero lejos, estaban los politizados concienciados y pragmáticos que, desde una posición de izquierda que lucha contra la privatización de la existencia, sentían que tenían energías para la épica y querían cambiar el mundo (querían hacerlo apropiándose primero del poder cultural, que estaba un poco en manos de los jóvenes católicos y catalanistas de la factoría Montserrat, para infiltrarse luego en el poder político y, en un tercer paso, tratar de cambiarlo todo desde dentro).

Y, como pasa siempre entre los jóvenes de músculo en tensión y culo que aún no flanea, las diferencias se estetizaron.

Ahora sabemos que ni la juventud libertaria underground ni los dandis con parejos ideales de los años 60 consiguieron cambiar el mundo, aunque sí cambiar una serie de estrecheces mentales y culturales por medio de ser más lúcidos, más alternativos, más lúdicos, más solidarios, más pacíficos, más imaginativos, más perceptivos y más eróticos.

Sin embargo los pragmáticos jóvenes de la factoría Montserrat que aparentaban no haber pasado nunca en rojo, no tener ni una sola arruga en el traje, ya que eran nietos de la burguesía catalana que en su día apoyó al dictador Primo de Ribera e hijos de la burguesía que apoyaba al dictador Franco, querían purgar esos dos grandes pecados históricos, y se sumaron a su modo por eso a la lucha antifranquista.

Y ahí empieza esta biografía abocetada cuyo biografiar, como escribió don Ramón Gómez de la Serna, no consiste meramente en el relato con dato, documentación y acontecimientos referidos a una personalidad descollante, sino que se trata de un ejercicio narrativo que mueva raudales de palabras, que deje gran espacio a la inspiración, al rapto durativo, para glosar una personalidad confrontada con un discurso sugerente con personalidad literaria.

En medio de aquella España trufada por la espeluznante inutilidad de la violencia Franco visita Barcelona, es la primavera de 1960, y JP inunda el Palau de la Música de panfletos con un texto escrito por él y mecanografiado por Marta Ferrusola que acusa al dictador. Decía en aquellas palabras suyas que ahora tanto le aplican a él; aquellas palabras que eran el moco escupido al cielo que luego riega la cara del alabardero: “El general Franco, el hombre que pronto vendrá a Barcelona, ha elegido como instrumento de gobierno la corrupción. Sabe que un país podrido es fácil de dominar, que un hombre comprometido por hechos de corrupción económica o administrativa es un hombre servil. Por esta razón el Régimen ha fomentado la inmoralidad en la vida pública y económica. Como sucede en ciertas profesiones indignas, el Régimen procura que todo el mundo se ensucie las manos y esté comprometido. El hombre que pronto vendrá a Barcelona, además de un opresor, es un corruptor”.

Jordi Pujol, espoleado por su esposa, no tan sólo asumió la responsabilidad de la protesta (Josep Benet le avisó con antelación de la llegada de la policía a su domicilio), sino que, aunque fue detenido, torturado y encarcelado y hasta en cierto momento le dieron la oportunidad de retractarse para que le fuera rebajada la condena, lo cierto es que no cedió, ni delató, ni rebeló secretos, y bebió con dignidad del cáliz amargo del Consejo de Guerra, y el destierro.

De esta manera, el pujolismo nació con un ADN netamente antifranquista (eso sedujo a la izquierda), y su líder se revistió con una aureola ética intachable sacrificando su libertad y sus bienes.

Pero para la derecha todo tenía un tamiz teológico: el nuevo mesías catalán había recibido en el Tagamanent enfundado en pantalones cortos la revelación de su misión de conducir a su pueblo a la tierra prometida.

En el relato canónico de la figura de Jordi Pujol —construido por él mismo en sus memorias— se subraya su carácter de padre de la patria (con frecuencia en detrimento del de paterfamilias) por encima de los negocios o de la política para recalar en los cimientos de los valores morales de la nación.

En los años 70 llegó la mascletá de la democracia y lo cambió todo, pero no cambió nada.
¿Por qué?
Ya les cuento.

PRÓXIMA ENTREGA: Vida, obra y milagros de Jordi Pujol: los años 70.

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