Viaje de Ida

Aparte del supuesto mensaje moralizador de “no subas extraños a tu coche”, la película El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953) nos demuestra que con poco dinero y mucho talento se pueden hacer grandes cosas

Viaje de Ida el autoestopista

Ida Lupino es uno de esos nombres olvidados del cine del pasado que conviene recordar de vez en cuando para, por una vez, esquivar los iconos más conocidos e intentar fomentar el descubrimiento de nuevos títulos, que también estamos para eso. La mirada felina de Ida la recordarán en El último refugio con Bogart, en Mientras Nueva York duerme de Fritz Lang o como madre de Steve McQueen en El rey del rodeo (empezaron llamándola la Jean Harlow inglesa, porque había nacido en Londres, pero ella, con bastante guasa, se bautizó como “la Bette Davis de los pobres”). Sin embargo, hoy toca hablar de su “otra” mirada, la de eficaz e interesante directora de cine en los cincuenta y, luego, en la televisión de los sesenta, que nos dejó títulos tan sugerentes como El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953).

Una directora en los años cincuenta americanos ya era una rareza pero, más todavía, si se mete en una película de cine negro con tres tipos dentro de un coche y una violencia latente a punto de estallar durante setenta minutos. Dada esta crudeza atípica, se suele decir que El autoestopista es la primera película de cine negro dirigida por una mujer. Entonces, ella matizó “ahora soy la Don Siegel de los pobres”.

Viaje de Ida el autoestopista

Lupino no tuvo nunca acceso a mucho presupuesto, por lo que su cine era de rodaje rápido, decoración sencilla y sugerencias, más que opulencias. Esta aparente “pobreza” enriquece la ambientación seca de dos amigos que se van de caza en coche y son secuestrados por un autoestopista psicópata asesino que trata de huir a México y cruzar el golfo. Edmond O’Brien y Frank Lovejoy son los dos amigos (¿o algo más? Parece sugerirse que sus esposas creían que se iban a las montañas y ellos se han fugado a México…) y su relación se dibuja con uno, más nervioso e intranquilo, y el otro, más calmado y frío. Su particular vínculo culmina en un intento de fuga en el que uno se queda atrás… y el otro vuelve para no abandonarle ante el asesino. Puro amor.

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Pero la gran sorpresa de la película es el villano Emmett Myers, interpretado por el discreto William Talman, que se haría famoso como el fiscal a quien siempre derrotaba Perry Mason en televisión. Talman dibuja un psicópata (feo, despeinado, mal afeitado, uf…) que juega con los dos amigos como gato con ratones. La escena en que obliga a uno a sujetar una lata para probar la puntería del otro es sádica y llena de suspense y sudor (de ellos y del espectador, por supuesto). El detalle genial e inolvidable viene dado por el ojo de Myers. Supuestamente el criminal no cierra un ojo cuando duerme, por lo que la pareja no sabe cuándo está despierto y cuándo, no. Inquietante pesadilla que no deja resquicio ni para intentar nada.

Viaje de Ida el autoestopista

La directora se hace notar en diversas ocasiones. Por supuesto y la más obvia, rodando dentro del coche (por la noche, en sombras) y subrayando así la claustrofobia de la historia y la amenaza de Myers en el asiento de atrás encañonando constantemente. Además, el principio y el final tienen un sello propio. La película comienza con un cartel que nos dice que vamos a ver en setenta minutos la historia real de un hombre, una pistola y un coche. Síntesis modélica con la que, tal vez, se presume de pocos medios y de mucha capacidad. Después, de manera vanguardista y sin mostrar caras, vemos cómo un coche recoge al tipo anónimo. Luego, un policía descubre el coche abandonado y con la linterna ilumina lo que esperábamos: la pareja muerta. No hace falta más para saber lo que les pasa a quienes recogen a Myers.

Y el final, tras haber atravesado el ardiente México, nos lleva a un pequeño puerto de pueblo en el que Myers pretende embarcar en la noche. El contraste con lo anterior se subraya con la emboscada policial final y un desenlace no tan habitual en el cine negro, pero completamente verosímil.

Viaje de Ida

El ambiente mexicano no es solo una nota de color, sino que oímos hablar en español con toda naturalidad; una niña mexicana se convierte en un elemento de suspense, ante el psicópata Myers; o la policía mexicana colabora con la de Estados Unidos y volvemos a ver esos contrastes con los que juega la película.

Aparte del supuesto mensaje moralizador de “no subas extraños a tu coche”, la película nos demuestra que con poco dinero y mucho talento se pueden hacer grandes cosas. Hoy que todo el mundo lleva una cámara en el bolso no estaría mal que surgieran más cortos audaces y menos autofotos absurdas. Claro que no todo el mundo es Ida Lupino.

Viaje de Ida

El autoestopista no es una obra maestra y hay hasta quien se cuestiona si realmente es cine negro (no hay femme fatale, no hay ambiente urbano, apenas hay crítica social o política…). Todas esas carencias no hacen sino subrayar la valentía y la capacidad de Ida en rodar una seca historia de hombres en un desierto y asesinos psicópatas a punto de estallar. No se pierdan este viaje de Ida.

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