VENENOS II

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

Dedicado a Vicente R.M. y a la memoria de un ilustre compañero

A raíz de mi anterior artículo, un buen amigo al que admiro y aprecio mucho me ha referido una historia real de las que superan cualquier ficción. Resulta que en los años 60 una señora, por los motivos que fuera, quería obtener la nulidad de su matrimonio. Para ello, solicitó consejo y allá donde fue obtuvo siempre la misma respuesta negativa. Incluso llegó a elevar consulta a catedráticos de Derecho Canónico en Madrid.

La señora, que debía ser muy leída, tenía conocimiento de un remedio eficaz para obtener una solución más rápida. Usó el albayalde, un pigmento empleado tradicionalmente en pintura artística. Por esos años se encontraba en muchas pinturas empleadas también en las paredes.

Curiosamente, el envejecimiento del blanco de plomo de una pintura basada en un medio acuoso no consiste en que aquél se oscurezca, sino en que se torna amarillento, mientras que en una al óleo el albayalde puede volverse transparente (al saponificarse en contacto con el aceite de linaza). Así como con el aceite se vuelve transparente, al contacto con ácido el blanco de plomo se decolora.

Las cortesanas griegas lo usaban como pigmento para obtener una tez más blanca. Muchos emperadores, senadores y demás acaudalados romanos, sufrieron saturnismo, que ese es el nombre de la enfermad provocada por el envenenamiento por plomo, cuando no morían.

Muchas veces no era tanto intoxicación provocada por alguien con aviesas intenciones como para evitar el efecto venenoso de la herrumbre, recubrían de plomo las tuberías y los platos realizados en bronce. Es decir, para combatir un veneno usaban otro. Pintores conocidos sufrieron saturnismo con terribles consecuencias: Goya se quedó sordo por envenenarse con el plomo de la pintura. Caravaggio también la sufrió

El esposo de nuestra protagonista, a la sazón empleado de SEAT en su fábrica de Zona Franca de Barcelona, estaba muy bien cuidado por su esposa. Ésta decidió vigilar hasta de la dieta de su marido y cada día le ponía una ensalada para comer o cenar. Y cada día se la traía aderezada de la cocina con un vinagre muy especial. Tan especial que estaba conservado en un frasco aparte.

El lector avezado sabrá que uno de los principales componentes del vinagre es el ácido acético. El marido estuvo ingiriendo vinagre impregnado en polvo de plomo durante 8 meses hasta que finalmente falleció.

Para aquellos desconfiados de su parienta, aquí dejo los primeros síntomas del saturnismo: hipertensión arterial, letargo, vómitos, irritabilidad, anorexia y vértigos, seguidas de una ataxia y de una bajada del nivel de consciencia, que en los casos más graves puede evolucionar hacia el coma y la muerte. La recuperación se acompaña de secuelas como epilepsia, retraso mental, neuropatía óptica y ceguera. En nuestro caso y dada la época, no hubo autopsia y se certificó el fallecimiento por causas naturales. Aviso a navegantes, la ciencia forense y la policía científica han adelantado muchísimo.

Al cabo de unos años, varios obreros de SEAT padecieron un envenenamiento por plomo, incluso con algún resultado de muerte. Se acordó una indemnización alta para los afectados. Y aquí viene nuestra protagonista, que como una pantera, saltó demanda en mano y solicitó la exhumación del cadáver de su esposo para que le practicaran la autopsia. El examen del forense dictaminó que el señor había fallecido, efectivamente, por una intoxicación de plomo.

Al haber sido empleado de SEAT, ésta le concedió a la viuda la misma indemnización que al resto de sus compañeros fallecidos por ingesta de plomo.

La señora, al cabo de muchos años y ya prescrito el delito, acudió de nuevo a uno de los abogados a los que en su día había pedido consejo y le confesó el crimen. Como sea que ya había prescrito y en nuestra profesión el secreto profesional es casi tan rígido como el de confesión, el letrado nada contó hasta que fallecieron sus protagonistas.

Las personas que aconsejaron a la señora no tuvieron en cuenta que ella sacó sus propias conclusiones de la ceremonia de su boda: “Hasta que la muerte os separe”

¿No podría ser que lo que nos da de comer sea precisamente lo mismo que nos envenena? ¿Quién ha considerado esa terrible posibilidad?
Richard Russo

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