«Una representación teatro-judicial»

Osa se adentra en la mente del asesino, Patrick Nogueira, un muchacho brasileño que, con tan solo 19 años, provocó la matanza de cuatro miembros de su familia, entre ellos dos menores de 1 y 3 anos de edad

Cuando decides dedicar tu vida profesional a inmiscuirte en cuestiones de la mente humana una sabe que, muchas veces, el horror aparecerá a la vuelta de la esquina. Lo mismo ocurre cuando tus aficiones te llevan a adentrarte por idénticos derroteros. Las crónicas negras bien podrían ser lectura obligatoria y materia de examen en las facultades de Psicología.

Operación Arvoredo

Cuando empecé a leer ‘Olor a muerte en Pioz’, de la periodista Beatriz Osa, recordaba vagamente el caso. Muy vagamente. Una es incapaz de seguir las noticias de sucesos hasta que este no se cierra o se archiva y el morbo de los primeros hallazgos e hipótesis desaparece para dejar paso a una visión objetiva y científica. Ahí es cuando entran en escena los libros de género true crime o novelas testimonio y donde mi cerebro pasa de ser uno lector a uno psicológico. En la medida que mi capacidad mental me lo permite, claro está.

Cada periodista que decide plasmar en su obra una historia real se centra en lo que para él o ella debe colocarse por encima el resto. En este caso en concreto, Osa se adentra en la mente del asesino, Patrick Nogueira, un muchacho brasileño que, con tan solo 19 años, provocó la matanza de cuatro miembros de su familia: su tío Marcos, la mujer de este llamada Janaína y los pequeños Carolina y David, de 3 y 1 años de edad respectivamente, en su casa de Pioz. Pero —y no es spoiler porque en las historias reales no hay de esos— no solo los mató, sino que partió y desmembró sus cuerpos, los metió en cuatro bolsas de plástico y lo grabó.

Patrick huyó a Brasil tras los asesinatos, pero decidió volver. Tal vez porque creía que su pena se rebajaría, o quizás porque era consciente de que necesitaba que alguien le parase y le pusiera los límites que él era incapaz de tener.

“No me saquéis de aquí porque lo volveré a hacer”.

Papel principal: el cerebro.

El juicio, mediático, largo y extenso, y con jurado popular, se convirtió en protagonista indiscutible —por detrás de una neuroimagen cerebral como veremos después—; en un campo de batalla y lucha de poder entre Rocío Rojo (fiscalía) y Bárbara Royo (defensa), donde una jueza, Elena Mayor, hubiese necesitado más de una vez hacerse con el mazo.

“En las guerras también mueren muchos niños y no pasa nada”.

Con esa frase se ponía sobre la mesa que algo fallaba en el cerebro de Patrick. Y a ese clavo ardiendo se acogía su abogada, a un intento de eximente completa. Para las personas que no están acostumbradas al lenguaje judicial, estas dos palabras significan el poder considerar al cliente inimputable, es decir, que no tuviera ningún tipo de responsabilidad penal frente al crimen o crímenes cometidos.

Su defensa se basaba en lo que establece el art. 20 del Código Penal: conseguir una eximente completa gracias a que Patrick poseía un cerebro anormal; biológicamente un cerebro con una alteración psíquica que hacía del joven un psicópata. Pero la psicopatía no se considera eximente ya que es un trastorno de personalidad, no mental. Es decir, Patrick sabía lo que hacía, era capaz de calibrar lo que estaba bien de lo que no.

Expediente Osa

Beatriz Osa demuestra tener un extenso bagaje de conocimientos no solo jurídicos, sino también criminológicos. Ignoro si por estudios o porque se ha empapado de todo material que caía en sus manos. Además, ‘Olor a muerte en Pioz’ está enriquecido con abundantes comparativas referentes a otros casos famosos que pasarán a la historia de la criminalidad española por su crueldad: José Bretón, Antonio Galán “El asesino de la baraja”, Joan Vila “El celador de Olot”, José Rabadán “El asesino de la catana”, así como de películas tipo El resplandor o Psicosis.

De igual forma, Osa no solo explica los hechos de una manera simple —para los lectores no conocedores del sistema judicial— sino que retransmite casi en directo todo el juicio.

Hay muchas hipótesis o teorías sobre qué pasa con las personas que son denominadas psicópatas. Es cierto que “ni todos los psicópatas son asesinos, ni todos los asesinos son psicópatas”.

Como comenté con una gran experta y amiga en cuestiones criminales y colaboradora de este diario, Paz Velasco, ¿tener un cerebro anómalo es culpa de la persona? ¿Tiene el sujeto en cuestión capacidad para frenar sus impulsos asesinos cuando su cabeza psíquicamente no funciona? ¿Es justo entonces no dar otra salida y otra alternativa distinta a la prisión?
Muchas preguntas que, tal vez, dentro de algunas décadas sea necesario volver a replantearse. Mientras tanto, será la justicia la que tenga el alegato final.

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