Una profesión de libro, Dashiell Hammett, del mito a la realidad

UNA PROFESIÓN DE LIBRO, Dashiell Hammett, del mito a la realidad

De cómo Dashiell Hammett pasó de ser detective a escritor es un tema sobre el que se ha especulado mucho y se han obtenido pocos resultados. Hammett era un hombre parco en palabras y nunca ofreció una contestación satisfactoria sobre el tema, pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que gracias a su experiencia laboral pudo dedicarse al oficio más bonito del mundo. Sin proponérselo, él mismo comenzaba a gestar el mito.

Nathan Ward (1963) ha sabido plasmar su vida en la biografía publicada por RBA y titulada “Un detective llamado Dashiell Hammett”. Sin entrar en temas controvertidos como lo fueron sus ideales comunistas o la mala relación con su familia, Ward narra con maestría los escasos detalles sobre su juventud y sus inicios en la legendaria Agencia de Detectives Pinkerton, donde nació el escritor que conoceríamos años después, cuando sus famosas novelas Cosecha roja (1929), El Halcón maltés (1930) o El hombre delgado (1934) lo lanzaron a la fama.

No obstante, solo diez años más tarde de empezar a escribir, los mejores años de Hammett ya habían quedado relegados. Seguiría haciéndolo, sí, pero no volvería a terminar ningún libro. El misterio no es por qué dejó de escribir, sino como llegó a dedicarse a la escritura.

El hombre de los mil trabajos

Samuel Dashiell Hammett abandonó los estudios a los 14 años y probó suerte en distintas profesiones, como mensajero, repartidor de periódicos, estibador o vendedor de marisco.

Cuando Pinkerton lo fichó en su equipo, Hammett comenzó a destacar por sus cualidades detectivescas y su olfato rastreador. Sus jefes conocían lo observador y perspicaz que podía llegar a ser, por eso ascendió rápidamente en la empresa y viajó por todo el país “cazando hombres”. No había un caso que se le resistiera ni una persona que se le escapara. Solo un par de años después de especializarse en la empresa, ingreso en el ejército. Corría el año 1918.

Esta imprudente y temeraria decisión le afectaría a la salud tanto como a su compañero de armas, Ernest Hemingway: ambos se pasarían buena parte de su servicio militar postrados en la cama de un hospital pero, a diferencia de Hemingway, él arrastraría de por vida las secuelas contraídas por el virus de la gripe que causó la muerte a 1 de cada 7 soldados americanos.

La guerra lo devolvió a su país con varios accesorios extra: una tuberculosis pegada a sus pulmones, un trauma que solo consiguió aplacar con la bebida y una hermosa enfermera que lo acompañaría (y sufriría) el resto de su vida.

La metamorfosis. De detective a escritor.

Desde el verano de 1922, Dashiell Hammett empezó a dar pequeños pasos hacia la carrera de escritor, alejándose cada vez más del oficio que le abriría las puertas de la fama. La prescripción médica de separarse de su familia después del nacimiento de su hija produjo un efecto rebote en su carácter que le obligó a recluirse en su propio mundo para escribir. Pese a lo enfermo que estaba y lo pobre que era, su éxito se consolidó solo un año después, cuando había publicado dieciséis cuentos y ensayos en seis revistas diferentes.

En el momento en que sus pulmones empezaron a fallar, Hammett ya sabía a qué se dedicaría el resto de su vida, acomodando su pequeño apartamento en un barrio perdido de la ciudad de San Francisco y esperando la visita de los nuevos personajes que todavía estaban por nacer.

Con la ilusión adherida a su pluma, describiría cada detalle como si se tratara de una fotografía, desgranando cada caso como si fuera el último en su carrera. Con sutil habilidad, empezó a crear personajes tan reales como temerarios.

Sam Spade y el final

Dashiell Hammett apostó todo lo que tenía a una carta, creó una novela basada en todos y cada uno de los rincones de la ciudad de San Francisco que él conocía, y ganó.

En ninguna de sus novelas anteriores había puesto tanto de sí mismo como lo hizo con El Halcón Maltés (1930), dándole al protagonista el alojamiento que él ocupaba, dibujándole un rostro atractivo y regalándole un romance con una mujer inspirada en su amante. Y, como no podía ser de otra manera, lo bautizó con su propio nombre.

Sam Spade abrió camino a un millar de detectives y, actualmente sigue siendo el personaje más auténtico por sus conocidas y queridas cualidades. Subió al escritor a la cima de la montaña y durante este periodo le regaló una tregua a su salud, ayudándole, aun más, a la expansión de su imaginación.

Con su perfecta mata de pelo blanco, Hammett fichó como guionista en Hollywood y se codeó con las más bellas y exuberantes mujeres que lo inspirarían en sus próximos trabajos. Dado que nunca fue un hombre familiar, no necesitó el apoyo de su mujer y sus hijas para prosperar, es por eso que durante este periodo escribió su última novela publicada. La llave de cristal (1931) siempre sería el gran libro de Hammet, su ojito derecho y el preferido. Después vinieron más, si, pero no serían tan grandes.

Samuel Dashiell Hammett se consolidó como uno de los mejores escritores contemporáneos de su época, igualando a Faulkner o Steinbeck. Más adelante, Raymond Chandler lo reconocería como su mentor, comparando su prosa a la del célebre poeta Walth Whitman. Pero el autor a quien Chandler trataba como a una celebridad estaba muerto. Su fama solo duró una década, pero fue suficiente para que sus libros fueran mundialmente conocidos.

¿Cómo fueron los últimos días de Dashiell Hammett? ¿Qué edad tenía cuando murió? O ¿Qué ocurrió con su familia? Si tuviera que pedirle algo más a la biografía escrita por Nathan Ward, sin duda sería un final que analizara los últimos días de vida del que fue uno de los padres de la novela negra americana.

El vacío que genera no saber que pasa después de su salto a la fama, deja la obra coja. Aunque se pueda completar la vida del escritor buceando por la red, cuando empiezo a leer un libro de tales magnitudes necesito que tenga un principio y un final digno de mis expectativas. Pero, señores lectores, esto ya es cosa mía…

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