Una mujer como Rita

Gilda (Charles Vidor, 1946), el escote, el guante, el baile y toda la explosión de despecho y de ira que hay en ella y en él, convierten al vestido, la canción y al baile en una de esas uniones milagrosas e inolvidables como la de la ginebra con la tónica

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Se dice que le ofrecieron la película a Humphrey Bogart pero que este comentó que, si Rita Hayworth estaba en pantalla, la gente no iba a mirar a ningún otro sitio. Bogart acertó de pleno: Gilda (Charles Vidor, 1946) cambió la vida de Rita, cambió el cine y cambia a todo aquel que la ve.

He de reconocer que dada mi obsesión por Casablanca, la primera vez que vi Gilda me sorprendieron las muchas similitudes que encontré entre ambas. Triángulo amoroso que se reencuentra en un país exótico; ambiente bélico de por medio; juego y casino en un atmosférico y humeante garito; secundarios filosóficos; sabio policía local; canción con importancia clave; diálogos inolvidables; y hasta Glenn Ford se pone esa americana cruzada blanca de Rick (sí, esa con la que Garci recogió el Óscar). Pero, claro, las similitudes acaban cuando llegamos a ella: Gilda se come para desayunar a catorce Ilsas y se queda con hambre. Gilda es puro fuego y sensualidad. Gilda es la libertad sexual y sensual, explotando durante la guerra y la posguerra. Gilda es tal sueño que la pobre Rita Hayworth llegaría a decir años después aquello tan cruel de que sus amantes se iban a la cama con Gilda, pero se despertaban con ella.

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A pesar del título, el protagonista intenta ser Johnny Farrell, un jugador que “crea su propia suerte”, ya imaginamos cómo, y se mete en líos en Argentina hasta que el dueño de un casino, Ballin Mundson (George Macready) le contrata como vigilante, socio, amigo y quién sabe qué más. Su relación ha llenado muchas páginas, Vidor siempre negó que hubiera homosexualidad de por medio y Ford comentaba que en el rodaje no eran conscientes de ello. El caso es que entre ellos solo se interpone un “amigo”: el temible bastón con filo de Mundson, símbolo que haría las delicias de Freud; y, claro está, luego llega Gilda.

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Desde que la vemos por primera vez melena hacia atrás (“¿Estás visible?” “¿Yo?”, mucho más sugerente en inglés: “Are you decent?”), Gilda devora la película y manda sobre todos los personajes. Está claro que ya conocía a Johnny, que se ha casado con Mundson por el dinero, que no le importará seguir teniendo amantes… y que les saca cuarenta años de ventaja a los dos paletos, al público y a quien haga falta. Pero, ay, Hollywood pesa y Gilda será la única capaz de amar con sinceridad, por lo que se enamorará de Johnny, con quien rompió hace años no se sabe por qué y con quien los diálogos que cruzará, llenos de insinuaciones, dobles sentidos y odio-amor, han quedado para la historia.

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Johnny, te odio tanto que creo que voy a morir de odio”; “Te falta práctica… En el baile, digo. Puedo ponerte al día… En el baile, digo”; “¿Enseñaste a Gilda a nadar, Johnny? Le enseñé todo lo que sabe. ¿Estás contento?”; “Las estadísticas dicen que hay más mujeres en el mundo que cualquier otra cosa. Salvo insectos”… y así toda la película, sin respiro para tomar apuntes.

Como en toda obra genial, lo “secundario” es de primer nivel y tan memorable como lo principal. El Tío Pío (Steven Geray) o el teniente Obregón (Joseph Calleia) aportan carisma y sabiduría con su veteranía y conocimiento del medio: uno, “viviendo” en los aseos del casino; el otro, apareciendo constantemente en las sombras e investigando todo lo que se mueve, incluida esa subtrama del tungsteno alemán que no le interesa a nadie, pero que “sirve” para la desaparición de Ballin (también Farrell comenta de pasada que se acaba la guerra… como si tampoco importase a nadie).

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Otro elemento a destacar es la fotografía de Rudolph Maté (fotógrafo de Dreyer, Hitchcock o Lubitsch, que poco después dirigiría Con las horas contadas). Un espectacular blanco y negro tapa con sombras la cara de Ballin o Johnny, juega con los grises en la escena del carnaval (ella con látigo y máscara… ¡qué podemos añadir!) o, por supuesto, ilumina el vestuario de Rita que parece hablar por sí solo.

Y es que toca también destacar al diseñador francés Jean Louis, creador de aquella transparencia con la que Marilyn cantó el Cumpleaños feliz a Kennedy, que vistió a la Dietrich, Garland, Crawford, Leigh, Turner o Loretta Young, con quien se casó, y que dejó para la historia de la belleza esa piel negra que luce Rita a falta de diez minutos de película y que se ha grabado en nuestras retinas.

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El escote, el guante, el baile y toda la explosión de despecho y de ira que hay en ella (“Siempre se me han dado mal las cremalleras. ¿Alquien me ayuda?”) y en él (la famosa bofetada, precedida, por cierto, por tres que le da Gilda en la escena anterior) convierten al vestido, la canción (cantaba Anita Ellis, ¡qué más da!) y al baile en una de esas uniones milagrosas e inolvidables como la de la ginebra con la tónica.

Nunca hubo una mujer como Gilda, decía la publicidad, en realidad nunca hubo una mujer como Rita, pues, sin ella, esta sería una serie B de culto (ese final tan precipitado) y no una leyenda erótica y sensual tan moderna (¡o más!) hoy, que cuando se rodó.

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