Una generación convertida en piedra

El bosque petrificado trasciende la canónica revolución que vivirán los personajes protagonistas para invitarnos a reflexionar sobre el mundo de los años 30. No se la pierdan

Una generación convertida en piedra, el bosque petrificado

La Generación Perdida vuelve de la Gran Guerra, se encuentra con la Depresión americana y apenas quedará la decepción y la muerte ante un mundo y unas personas petrificadas. Esta lectura filosófica y literaria la hemos leído y visto unas cuantas veces, pero añadamos a Humphrey Bogart, Bette Davis y Leslie Howard y tendremos una de esas películas inolvidables del Hollywood clásico de visión y revisión obligatoria.

El bosque petrificado (The Petrified Forest, Archie Mayo, 1936) era una obra de Robert E. Sherwood (luego guionista de Rebeca o de Los mejores años de nuestra vida) que había triunfado en Broadway, ya con Howard y Bogart. Cuando la Warner se hizo con los derechos para el cine, quiso sustituir al entonces poco conocido Bogart por Edward G. Robinson, quien ya había tiroteado al mundo en Hampa dorada, por ejemplo. Sin embargo, Howard dijo que o su amigo Bogart o nadie, por lo que la Warner cedió y Humphrey dio el salto definitivo para consagrarse somo la alternativa más dura a Robinson, Cagney o Raft en el mundillo de los gánsteres de cine (muchos años después, Bogart bautizaría a su hija Leslie, en memoria de su amigo).

Una generación convertida en piedra, el bosque petrificado

Howard es Alan Squier, desencantado intelectual que vagabundea desde Europa buscando el Pacífico, probablemente para lanzarse a él y acabar con su existencia sin esperanza ni futuro. En la última gasolinera del desierto de Estados Unidos (¿del mundo?), Alan conocerá a la joven Gabrielle (Bette Davis como luminosa rubia ingenua y soñadora, pocas veces la vimos así) y se producirá una conexión fugaz, interrumpida por la llegada de un gánster a la fuga con su banda: Duke Mantee.

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Bogart no es el protagonista y solo interviene en la segunda mitad de la película pero su presencia es tal que consigue que, en cuanto entra en escena (y vaya entrada, por cierto, con las manos colgando amenazadoramente), el espectador ya no pueda apartar la vista de él. Bogart se inspiró en Dillinger y sus modales calmados con expresión tensa contrastaron con la locuacidad del personaje de Leslie Howard. Insólitamente, la resolución de su historia no la vemos, sino que se cuenta en off, porque a esta película no le interesa tanto: ya llegarían muertes de Bogart en el cine posterior. Pero Duke no es monolítico, el personaje, por ejemplo, muestra un más que interesante respeto por el abuelo de Gabby, que habla sin parar pero parece admirar al gánster “americano”, frente a otros con otra sangre.

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Y es que el secundario abuelo Maple (Charley Grapewin, secundario siempre solvente visto en Murieron con las botas puestas, El mago de Oz o Las uvas de la ira) es un tipo entrañable que se hace querer con sus historias de otra época, de otro mundo, cuando Billy el Niño le disparó. Cruelmente, Gabby espera a que muera su abuelo para con su pequeña herencia poder ir a Francia, donde vive su madre.

Ese sueño será el que anime a Alan a su sacrificio final. Gabby lee poetas franceses, pinta, tiene inquietudes culturales imposibles de cultivar en la aridez del desierto de Arizona. Ella está “petrificada” allí y no tiene salida ni salvación, por lo que Alan apuesta por ella y será él quien decida quedar para siempre “petrificado”, pues ya está de vuelta de la vida.

El tema de la irrupción de la violencia en un núcleo familiar es muy habitual (home invasion) y podríamos pensar en Cayo Largo o en Horas desesperadas, por citar otros dos Bogarts, pero El bosque petrificado trasciende la canónica revolución que vivirán los personajes protagonistas para invitarnos a reflexionar sobre el mundo de los años 30 y qué le quedó a la generación que había estado en la guerra o cómo, ingenuamente, se pensaba que la salvación a través del arte podía estar en Europa. Ay, lo que se venía en Europa…

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Otras lecturas muy interesantes las tenemos en personajes secundarios muy destacables. Ya hemos citado al abuelo y, si bien el joven gasolinero enamorado de Gabby es algo tópico en su rudeza americana, hay que señalar al matrimonio con chófer que llega a repostar a la gasolinera y descubre sus propias miserias al escuchar al romántico Alan. Más todavía, el chófer negro contrastará con el gánster negro en una genial y sutil mirada al sempiterno racismo yanqui y a la “liberación” de los negros: ¿de chófer a gánster?

Y, aunque la historia era una obra teatral y la película puede parecer rígida y verborreica, Archie Mayo, director que venía del mudo y sabía narrar sin palabras, demuestra su eficacia en diversas ocasiones. Por ejemplo, ese plano de Duke Mantee con los cuernos de bisonte en la pared de detrás, no hace falta explicarlo. O cómo le aconsejan sus secuaces entrando en plano por derecha e izquierda, mientras Bogart va poniéndose más agresivo. Puro cine visual. Puro cine.

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Personajes interesantísimos en un mundo en cambio permitirán esa “esperanza” final en las nuevas generaciones, pues ya el mundo había perdido demasiado en los años diez. El páramo desértico americano invitaba a huir de las balas de Mantee y refugiarse en la fiesta de París. Aunque fuera un sueño. Aunque poco después también quedara petrificado. Poesía, filosofía, historia y gánsteres: no se pierdan El bosque petrificado.

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