Una eutanasia, ¿por amor?

Yo soy más de asegurar el derecho a una vida digna, por infinitamente más caro que sea, que a una muerte digna

nuria gonzalez

Esta semana he firmado una de esas pólizas de seguro que los y las autónomas tenemos que tener por si alguna vez caemos enfermos; no morir antes de hambre que de la propia enfermedad.

El único apartado de coberturas en el que me he fijado más de tres minutos ha sido el de las coberturas de las enfermedades mentales, pues sepan ustedes que mi gremio (el de las abogadas y abogados) es bastante proclive a caer de manera periódica en estados mentales tan poco recomendables para los intereses de nuestros clientes como el de ansiedad, la depresión, el estrés o la locura transitoria. Gajes del oficio.

Ninguna de estas enfermedades estaba cubierta por la póliza. Todo correcto, un seguro que no vale para lo que se supone que debe de valer.

«El enamoramiento, ese genial lapso de tiempo, en el que vives en la más completa pero placentera estupidez»

Pero si hay un estado mental que debería estar calificado como enfermedad invalidante de manera absoluta es el enamoramiento. Estoy segura de que la inmensa mayoría de la gente ha hecho las mayores estupideces de la vida guiados por un exceso de dopamina, oxitocina, vasopresina y noradrenalina, o lo que en términos coloquiales llamamos “Amor”, en un ejercicio de abjuración de la diosa razón.

En ese genial lapso de tiempo, en el que vives en la más completa pero placentera estupidez, se realizan todo tipo de acciones que no tienen el más mínimo sentido, incluidas las necesidades fisiológicas. Se deja de comer, de dormir, de pensar y de cualquier cosa que no sea un acto reflejo de nuestro cuerpo. Es incluso sublime cuando no solo dejas de hacer todo, sino que lo sustituyes todo por sexo salvaje. ¡Bravo! Ese es el clímax (literalmente) del enamoramiento. Y, como no, a partir de ahí, todo empieza a decaer.

Una de las cosas más difíciles es asistir al sufrimiento de aquél o aquella a quien se quiere

Y está bien que decaiga y las neuronas vuelvan a ganar la batalla a las hormonas y empecemos a pensar con claridad. Eso no quiere decir que dejemos de amar a la persona que ha sido la fuente de tanto placer. Pero la amamos y somos capaces de racionalizar ese amor.

Sin embargo, por muy racionales que seamos, una de las cosas más difíciles que cualquier ser humano puede soportar es asistir al sufrimiento de aquél o aquella a quien se quiere. Y más si cabe cuando no se puede hacer nada por remediarlo ni aliviarlo.

En el año que acaba de terminar, un hecho en el que se mezclaban amor, sufrimiento y muerte saltó a la actualidad. Hablo de María José Carrasco, una mujer afectada por una enfermedad degenerativa que destrozó su cuerpo, pero no su mente.

Su marido, Ángel Hernández, participó activamente en su muerte, de manera consensuada con ella. El propio marido había acordado con las cámaras de televisión que estarían presentes en el momento de la llamada a emergencias para que fueran testigos de lo allí ocurrido. Todo un auténtico reality de una muerte en directo, según el marido, en pro de una buena causa, que en este caso era el impulso de la legalización de la eutanasia en España.

«Una ley de la eutanasia es una de las primeras promesas de nuestro nuevo flamante gobierno»

A raíz de la difusión de este suceso en los medios se recogieron más de 200.000 firmas en pocas semanas y los políticos se apresuraron para salir a la palestra a decir, como siempre y como si estuvieran en estado irracional de enamoramiento, lo primero que les viene a la cabeza.

Sin ir más lejos, una ley de la eutanasia es una de las primeras promesas de nuestro nuevo flamante gobierno. Sin embargo, es peligroso, como siempre, mezclar política con sentimientos, sin poner ningún filtro de por medio.

A favor de esta iniciativa siempre se esgrimen un par de argumentos, que son; no prolongar el sufrimiento y el derecho a una muerte digna. Ambos son irrebatibles. Sin embargo, es la propia realidad la que los rebate.

Es un hecho que nuestra medicina hoy es capaz de paliar cualquier dolor de cualquier tipo a cualquier persona. Nadie tiene porqué sufrir dolor por un tema farmacológico.

«Yo soy más de asegurar el derecho a una vida digna, por infinitamente más caro que sea, que a una muerte digna»

Otra cosa diferente es la insoportable y escandalosa situación en la que se encuentran las unidades del dolor y de cuidados paliativos de la sanidad pública, que habiendo sufrido los salvajes recortes que impuso la crisis para salvar al capitalismo igual de salvaje, haga que sean del todo insuficientes para los enfermos y enfermas en fase terminal, que en lugar de pasar sus últimos días de manera confortable, tienen que hacerlo en una agonía insoportable.

Pero la pregunta es, ¿un problema de carácter administrativo es suficiente para aceptar la eutanasia, en lugar de implantar una vida sin dolor? Yo no lo creo y voy con el segundo argumento. Yo soy más de asegurar el derecho a una vida digna, por infinitamente más caro que sea, que a una muerte digna, porque entiendo que la muerte es un hecho vital, que no es digno ni indigno en si mismo. Lo que tienen que ser dignas son las circunstancias en las que se produzca.

Porque no todos los casos son como los de María José y Ángel. Y pienso ahora en la cantidad de personas mayores o discapacitadas, completamente dependientes, en familias con pocos recursos, tanto económicos como amorosos. Y si a esto le sumamos que los eutanasiados en potencia también podrían ser causantes de algún tipo de herencia para sus poco entusiastas cuidadores, se dibuja un panorama muy siniestro.

Y apostarlo todo a un documento firmado por la persona, a lo mejor hace mucho tiempo, o a lo mejor ahora que no se puede comunicar, ni siquiera frente aun posible cambio de opinión, o firmado en dudosas condiciones de capacidad, me parece bastante arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta que las consecuencias de la aplicación de ese testamento vital son irreversibles.

Dudo sobre si algunas de esas 200.000 personas que firmaron a favor de la legalización de la eutanasia hubieran firmado lo mismo si se les garantizara una muerte sin sufrimiento en unas condiciones de confort para ellos y sus cuidadores -o seguramente cuidadoras-, y sin que ninguno de ellos tuviera que lidiar con la miseria o la falta de recursos.

No es un debate que se pueda realizar sin tener en cuenta los intereses económicos y sociales que puede haber detrás de facilitar y acelerar la muerte de quienes para muchas familias son, tristemente, un estorbo y para la administración, un gasto. De los pocos países donde puedes ir a que te maten legalmente (UNA EMPRESA PRIVADA, claro), es Suiza; y allí saben mucho de dinero.

Es mucho más caro vivir que morir, lo sé, pero nuestros grandes dirigentes deberían tener más prisa por asegurar los gastos de nuestra vida digna, que por legislar nuestra “digna”, rápida y menos costosa muerte.

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