Un viaje hacia el interior de Turquía. Capadocia, Éfeso y Esmirna

Turquía es un maravilloso conjunto de geografías impecables. Cuando quiere ser suave, es tan empalagosa como el baklava y cuando quiere ser tosca, te despierta la misma inquietud que los ojos de sus comerciantes en mitad de un regateo.

Un viaje hacia el interior de Turquía. Capadocia, Éfeso y Esmirna
Capadocia tras la cámara de Antonio Porcar

Viajo por las interminables carreteras del interior de Turquía con un traqueteo idéntico al del autobús donde Ana Belén vivió su pasión turca, pero, en este caso, sin un turco moreno y embaucador como el tremendo George Correface.  

Cuando parto en busca de mis expectativas reproduzco silenciosamente al maestro Javier Reverte y lo imagino recorriendo tres veces el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Esta sensación opresora que aparece en un primer momento en forma de contradicción desaparece cuando descubro las luces del destino y las formas del lugar al que me dirijo y, en este caso, he sido una ingenua al subestimar el paisaje de la Capadocia.

Paisaje de Capadocia tras la cámara de Antonio Porcar / Antonio Porcar

Capadocia es un lugar único, por algo la llaman la Tierra de las Hadas. Cuenta la leyenda que en el valle denominado con el mismo nombre lucen las chimeneas de las casas de estas pequeñas y gráciles criaturas que, ocultas entre las rocas y los arbustos, se esconden en las viviendas donde pernoctan con regocijo.

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Yo no puedo dar fe de tales afirmaciones, pero sí puedo aportar la tímida experiencia vivida mientras miraba ensimismada las pinturas decorativas de las iglesias del Valle de Göreme:

…un polvo en suspensión, dorado y traslucido como la tierna mirada del enamorado me hizo estornudar en repetidas ocasiones.  Al alzar la vista y recomponerme del seísmo, una risita en el fondo de la cueva, aguda y apenas audible, zarandeó mi soledad y pude comprobar como una sombra minúscula y efervescente se proyectaba en la pared como si fuera una tímida burbuja saltando de una copa de cava. Mi reflexiva prudencia reaccionó emulando la famosa frase de la pintora Frida Kahlo, ¿Pies para que os quiero si tengo alas para volar? Apoyada en la seguridad que otorgan los quicios de la puertas y más curiosa que valiente, me giré en el momento justo en el que los ojos del Arcángel san Miguel sonreían hacia su derecha con cierto grado de amonestación.

Interior de la Iglesia de San Esteban / Lara Adell

Capadocia es el lugar de las bellezas ocultas, de la imaginación y la fantasía. El escritor Juan Goytisolo (1931 – 2017) se valió de este paisaje para recrear a un ermitaño y centenario Antonio Gaudí (1852 – 1926) frente a las rocas milenarias que pueblan esta región en el centro de Turquía. En su libro Aproximaciones a Gaudí en Capadocia (1990)se reúnen un retablo de estructuras naturales y humanas que van tomando forma a partir de las torres cilíndricas, las ciudades subterráneas, las historias incompletas y los sueños diurnos, esos que son más fiables que la misma realidad.

Pasadizos escondidos por dentro de las montañas, poblados abandonados esculpidos por la nieve y el viento, y maravillosos ejemplos de arte religioso muestran el interior de Capadocia desde cualquiera de sus miradores.

Amanecer en globo en la región de Pammukkale / Antonio Porcar

Las modulaciones y estructuras del paisaje turco y estos volúmenes de construcciones naturales son el vehículo para expresar nuevas formas de conocimiento, amor y fe. Sin embargo, para mí, Capadocia también significa desterrar de la memoria el regusto amargo que se queda cuando no consigues ver amanecer en globo. En fin. Más se perdió en Troya.

Si continuamos el camino y buscamos de nuevo el mar, el libro de Javier Reverte (1944 – 2020) nos conduce hasta el mismísimo Corazón de Ulises (2006) de la mano de la Ilíada, Homero, la mitología griega y las conquistas de Alejandro Magno por tierras griegas, turcas y egipcias.Su lectura es una inmersión en la literatura antigua, con decenas de guiños a los escritores que dieron forma a la literatura actual y cientos de impresiones de un escritor que, viajando solo, se rodea de míticos personajes para recorrer estas ancestrales tierras.

Vía de los Curetos con la biblioteca del Celso de fondo en Éfeso / Lara Adell

Tierras que nos conducen hasta Éfeso, uno de los escenarios mejor conservados de una de las ciudades más importantes del mundo clásico. Paseando por el complejo en ruinas, el viajero puede visualizar con claridad como fue el trazado de la antigua urbe, con el templo de Trajano, los baños de Cleopatra y la vía de los Curetos, donde terminan las lujosas viviendas de los notables romanos.

Si hay un edificio impresionante dentro del recinto, esa es la biblioteca de Celso, con la fachada exterior sostenida por hilos invisibles conectados directamente al cielo.En ella me imagino al Apóstol Pablo huyendo de sus instigadores y bocetando, entre la llama de una tenue vela y la congoja de sentirse perseguido, su carta a los efesios recogida en el décimo libro del Nuevo Testamento (60 d. C).

Biblioteca del Celso en Éfeso / Lara Adell

Saltando de siglo en siglo y volando en mi querida alfombra mágica, me planto en una Izmir contaminada de modernidad y alejada de la Esmirna que conquistaron los griegos de Asia Menor. Desde sus balcones y colinas se puede divisar el Egeo, la hondura de su bahía y el vaivén de sus habitantes, diferenciados claramente por la frontera social, cultural y religiosa que martiriza al país desde hace décadas.    

Para llegar a las ruinas del castillo Kadifekale es necesario atravesar el barrio de Basmane donde el pueblo kurdo comparte viviendas y zonas comunes con los expatriados sirios. No hace falta ser muy observador para comprobar que sus calles son un humilde escaparate de pobreza y miseria donde los niños, ajenos al estigma que ataca a su comunidad, corren y juegan mientras se limpian los churretes de la cara con las mangas de sus inexistentes chaquetas.

Vistas de Izmir desde el castillo Kadifekale / Lara Adell

La historia de la comunidad kurda, el nacimiento, la decadencia y el actual conflicto se reflejan en las páginas del libro Respirando fuego: en las entrañas de la lucha kurda por la supervivencia (Península, 2019) donde los escritores David Meseguer (1983) y Karlos Zurutuza (1971) exponen la estoica resistencia kurda a los embates del Estado Islámico.

Izmir brilla de colina para abajo. La historia del ascensor que conecta el barrio judío de Karatas con la civilización, la plaza Konak donde se asientan millones de palomas a la espera de su ración diaria de alpiste y el bazar oriental con sus colores y aromas, son el alma de una ciudad en la que griegos, armenios, europeos y turcos vivieron en armonía antes del catastrófico incendio de 1922.

Plaza Kodak en Izmir / Lara Adell

Turquía es un maravilloso conjunto de geografías impecables. Cuando quiere ser suave, es tan empalagosa como el baklava y cuando quiere ser tosca, te despierta la misma inquietud que los ojos de sus comerciantes en mitad de un regateo. La sorpresa se esconde en el recodo de sus caminos, en el impulso de sus palabras, en las historias de todos los escritores que, a fuerza de visitarla, se acaban enamorando de ella.

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