Un secreto escondido que debe salir a la luz

Rosaura a las diez es un descenso cruel por los recovecos del alma, del arte, del amor y de la violencia, que incluye varias películas en una. No son pocos quienes dicen que es la mejor película argentina de la historia

Un secreto escondido que debe salir a la luz

Quienes amamos el cine y ya tenemos unos años nos recreamos en volver a ver los títulos que nos encandilan, a sabiendas de que es muy difícil que el nuevo cine se acerque a la genialidad del pasado o nos haga sentir lo mismo. Sin embargo, no sé si por ingenuidad o por afán completista, muchos seguimos viendo estrenos para descubrir nuevas buenas películas o anhelamos sorprendernos con alguna obra maestra escondida. Hoy toca lo segundo. Rosaura a las diez (Mario Soffici, 1958) no es precisamente nueva, pero sin duda es una joya oculta que va siendo hora de reivindicar como se merece.

La película adaptaba una novela de Marco Denevi, escritor argentino tal vez hoy más conocido por su relato Ceremonia secreta, que llevaría al cine Joseph Losey con Elizabeth Taylor y Robert Mitchum. Su prosa juega con la estructura, el humor negro y personajes peculiares y oscuros. Con Rosaura a las diez, su primer libro, Denevi alcanzó su mayor éxito.

Un secreto escondido que debe salir a la luz

La película adapta muy fielmente la novela y esa es una de sus virtudes. Dividida en las versiones que diferentes personajes dan de unos mismos hechos, el esquema recuerda el “efecto Rashomon” (también en #paramorirsedecine) y va desvelando secretos con cada nuevo narrador, como suele ser habitual. Ahora bien, en Rosaura a las diez no es solo que vayamos completando la historia y sus (muchos) misterios, sino que claramente cada personaje aporta una “forma” diferente de contar su historia y, por ello, la película cambia formalmente y deambula por diferentes géneros y tonalidades que le van dejando a uno boquiabierto. Del costumbrismo pasamos al romanticismo, luego al expresionismo, al surrealismo y terminamos en el naturalismo más sórdido. Todo en uno y hasta repitiendo la misma secuencia de manera genial en dos momentos diferentes, para que el espectador la vea con diferentes ojos y lo comprenda todo. Impresionante.

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rosaura a las diez

La película se desarrolla en la Pensión La Madrileña, en la que se hospeda el discreto pintor Camilo Canegato (Juan Verdaguer). Doña Milagros (María Luisa Robledo), la viuda que da nombre al lugar, tiene tres hijas adolescentes pero, en realidad, trata a todos sus huéspedes como si fueran familia después de años con ellos. Esa “confianza” la lleva a abrir cartas que no debe y descubre que Camilo tiene una relación con Rosaura (Susana Campos), que vive sometida por su padre. Este planteamiento se apoya ya en tres ejes clave como son los tres nombres mencionados.

Verdaguer, nacido en Uruguay, trinfaría como actor cómico en Argentina por su particular rostro (“No tienen que sintonizar su televisión, mi cara es así”, diría en su programa televisivo), pero en esta película muestra varias caras y recuerda al esquinado y wellesiano Everett Sloane. Robledo y Campos fueron premiadas por su interpretación, con todo merecimiento. Robledo, precisamente exiliada en Argentina nacida en Madrid y madre de Norma Aleandro, aporta su “acento español”, su desparpajo, su resolución y su cinismo en el papel de metomentodo que trata de resolver la vida de los demás sin que se lo pidan. Y Campos, que trabajaría después en España con Neville, Borau, Forqué o Klimovsky, es quien da el mayor recital interpretativo. Su “declaración” final llega en forma de carta y es cuando salen a la luz todas las verdades. Ya no es solo que cambie su personaje, sino que cambia ella.

Un secreto escondido que debe salir a la luz

Y es que el bueno de Camilo vive una historia idílica cuando le mandan pintar a Rosaura. La primera vez que ella aparece, melena vainilla encuadrada en un marco palaciego, nos recuerda el romanticismo de otros míticos retratos que hemos amado en pantalla como el de Laura, el de Carlota Valdés o el de, claro está, la mujer del cuadro. La elegancia y la belleza predominan en esta primera parte, que se completa con el ambiente de la pensión de cierta camaradería forzada y cotilleo hipócrita.

Pero llegará el punto de inflexión y el crimen y sabremos, para empezar, por qué están declarando los personajes. Cuando llega la versión del propio pintor, la película se convierte en un homenaje al expresionismo. Encuadres torcidos, callejones en sombras y la propia visión de Camilo, quien parece perder la razón ante todo lo que le pasa y hasta se le nubla la vista, hacen que la película gire por completo y el espectador no pierda ojo por las revelaciones y por la nueva estética.

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Y llegamos al final y la carta de Rosaura, si es que se llamaba así, nos sumerge en otra película diferente. La sordidez llega al maquillaje o al vestuario, la violencia se desencadena de forma brutal (ese azotamiento despiadado y sádico) y la oscuridad triunfa, terrible pero irónicamente, con esa línea final que es un clásico para los admiradores de la obra: “Y aquí comienza, tía, lo que quería contarle…”.

Del romanticismo casi decimonónico (¡cartas con olor a violetas!) a la prostitución; o del entrañable ambiente de una pensión al submundo de El Turco y su banda; Rosaura a las diez es un descenso cruel por los recovecos del alma, del arte, del amor y de la violencia, que incluye varias películas en una. No son pocos quienes dicen que es la mejor película argentina de la historia. Yo solo digo que hay que verla y conocerla. Sí, todo un secreto escondido, como los misterios de Rosaura…

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