Un mal día, una gran película

La brillantez de Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock, John Sturges, 1955) se debe a muchos factores, entre ellos, su desnudez y claridad a la hora de contar su historia: directa como un golpe de kárate

Un mal día, una gran película conspiración de silencio

La virtud de la síntesis parece brillar por su ausencia en buena parte del cine actual, el cual parece tratar de convocar al público a las salas con películas que pasen de dos horas y dos horas y media. Si el argumento pide esa duración, todo perfecto y a disfrutar por más tiempo, pero no está de más recordar que una obra maestra también puede rodarse en ochenta minutos. La brillantez de Conspiración de silencio (Bad Day at Black Rock, John Sturges, 1955) se debe a muchos factores, entre ellos, su desnudez y claridad a la hora de contar su historia: directa como un golpe de kárate.

John J. Macreedy (Spencer Tracy) se baja del tren en Black Rock, pueblo perdido en medio del desierto, y causa una conmoción pues no tenían visitantes desde hace años. Allí, no será bien recibido pues los lugareños parecen esconder un secreto, que es precisamente el que trata de encontrar Macreedy: ¿qué fue del granjero japonés Komako que intentó establecerse allí antes de la guerra? Estamos ante una de las pocas películas americanas que se atreve a afrontar el tema del racismo contra los japoneses que vivían en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y cómo fueron internados en campos de concentración. Esa es la versión oficial que le cuentan a Macreedy, pero la verdad será otra.

Un mal día, una gran película conspiración de silencio

De las virtudes de Tracy poco podemos decir que no se sepa. Sobriedad, elegancia, carisma… pero puntuado en esta ocasión porque siempre viste un traje oscuro con sombrero, frente a la aridez del desierto y el contraste con el resto de personajes. Más aún, Macreedy ha vuelto lisiado de la guerra y su mano izquierda permanece inmovilizada siempre en el bolsillo. Ese detalle que humaniza al personaje hace que las escenas de acción sean tan sorprendentes como ingeniosas.

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Pero la pléyade de secundarios es de las que hacen época. Robert Ryan, Lee Marvin, Ernest Borgnine, Walter Brennan… conforman un perfecto retrato de la América profunda que parece anclada en el siglo XIX en clave de wéstern. El propio Reno Smith (Ryan) lo confirma: “El Viejo Oeste, el Salvaje Oeste, el Subdesarrollado Oeste… Dicen que somos pobres y atrasados ¡pero es nuestro Oeste y ojalá nos dejaran solos!”. Claro que Macreedy entiende lo que quieren: “¿Les dejaran solos para hacer qué?”.

Un mal día, una gran película

El tono de wéstern es rotundo desde el comienzo con el forastero llegando al pueblo (por cierto, espectacular plano aéreo del tren que se rodó ingeniosamente alejando el helicóptero y luego proyectando la imagen al revés para impactar al espectador que parece va a ser arrollado). Pero es más claro todavía con dos escenas clave que no podrían faltar en el wéstern clásico: la pelea en el salón y el duelo final.

Ya advertíamos de la aparente minusvalía física de Macreedy, nada que ver con la minusvalía mental de los sicarios de Smith. Borgnine ha intentado echarlo de la carretera y casi lo mata (por cierto, otra buena metáfora visual el frágil jeep sin puertas de Macreedy, casi como si también tuviera las alas rotas), pero no contento con esto sigue provocándole y busca pelea en el salón. Será entonces cuando Macreedy saque a relucir varios golpes contundentes con el filo de la mano y termine haciendo volar por los aires al gigante, prácticamente sin pestañear… ¡y sin que le tiemble el sombrero! No hace falta explicar más, pero el espectador intuye que hay algo oriental en ese sistema de lucha y que su relación con Komako era más cercana de lo que pudiera parecer.

Un mal día, una gran película conspiración de silencio

El duelo final no es a tiros, sino en medio de la noche y con un Macreedy desarmado pero veterano de guerra. En otro guiño irónico, Smith terminará ardiendo como él mismo hizo a Komako en una noche de borrachera exaltada. “Patriotic drunk!”, describirá uno de sus secuaces. Sí, el día de Pearl Harbor decidieron ir a por el japonés del pueblo y se les fue la mano. Desde entonces, ha imperado la temible ley del silencio de Smith que Macreedy trata de resquebrajar con astucia cuando le dice que se ha rodeado de miserables que no dudarán en delatarle en cuanto se vean acosados. ¡Y lo dice con todos ellos delante!

En una emotiva escena sabremos la verdad de Komako y Macreedy. Solo el Doctor-veterinario-enterrador (de nuevo, como en un buen wéstern) tendrá el corazón para escuchar que el hijo de Komako salvó la vida a Macreedy en la guerra y él se sentía en deuda para traer la medalla que aquél recibió. Será el doctor quien finalmente reciba de forma simbólica la medalla como piedra fundacional de un nuevo pueblo sin racismo ni caciquismo… Y eran los años 50 americanos. ¡Ay, lo que quedaba y queda!

Un mal día, una gran película

Poco hemos dicho de John Sturges (que luego dirigiría Duelo de titanes, Los siete magníficos o La gran evasión, otro nombre a reivindicar) que dirigió con eficacia y muy pocas tomas una película mucho más profunda de lo que puede parecer. No dejaba ver lugareños al fondo de los planos porque buscaba la desnudez comentada o metáforas como la discusión de los asesinos encima de las vías para decidir su “camino” en un encuadre perfecto son ejemplos de buen cine que pueden pasar desapercibidos.

No hace falta extenderse más. Queda claro que lo bueno, si breve, ya se sabe. Conspiración de silencio es breve y buena. Toca volver a Black Rock a pasar un mal día

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