Un arcoíris rubio para intensificar nuestras vidas

Niágara hay que verla porque sale Marilyn Monroe en un color deslumbrante. Las cataratas ahí siguen vertiendo agua para quien quiera ir a verlas. Marilyn, no, y ahora nos toca recrearla en nuestra imaginación con sus vestidos, sus películas o sus canciones

Un arcoíris rubio para intensificar nuestras vidas Marilyn Monroe
Marilyn Monroe en Niágara

En 2022 se cumplirán sesenta años de la muerte de Marilyn Monroe (1926-1962), uno de los iconos más rotundos del siglo XX que sigue deslumbrando en el XXI, como cualquier gran monumento hecho por el hombre o maravilla creada por la naturaleza: en efecto, ya es inmortal.

Precisamente en Niágara (Henry Hathaway, 1953), la publicidad de la película jugaba con la comparación entre las cataratas y Marilyn, como dos fuerzas de la naturaleza en pantalla grande y a todo color (era la primera película en color de Monroe). Con semejantes cimientos no hay película mala y Niágara no es que haga aguas, si me permiten la tontería, sino que emerge con algunas de las imágenes más bellas del mito. Y no solo eso.

Para empezar, la historia es la de un crimen pasional. Aunque los protagonistas parezcan ser dos tortolitos de luna de miel convertidos en “espectadores” (Jean Peters y Max Showalter), el matrimonio de la otra cabaña es el que lleva la voz cantante. Un torturado por la guerra y algo desequilibrado Joseph Cotten es un celoso patológico con su explosiva esposa Marilyn. Lo que podría confundirse con paranoia se convierte en suspense del bueno cuando descubrimos a la rubia besándose a escondidas con un amante bajo las cataratas. Y es que en un paraje como el de la película las metáforas visuales van a ser constantes y maravillosas. Las cataratas como pasión, claro, pero atentos al campanario musical que vela y vigila de forma amenazante, a la sombra de las cortinas venecianas que se ciernen sobre Cotten, subrayando la prisión de su matrimonio, o el vestuario de Marilyn que es un poema en sí mismo.

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La escena que todos recordamos es la de Monroe poniendo el disco Kiss y tarareándolo con sensualidad para irritar a su marido. Ese vestido fucsia cegador, combinado con aretes dorados y la mirada de Marilyn son suficientes para dejar de piedra hasta a un daltónico. Pero no es el único momento visual memorable (esa otra chaqueta roja con falda negra… ¡madre mía!). La película comienza con ella en la cama desnuda cubierta únicamente por una sábana y, en otra escena en la ducha, Marilyn insistió en rodarla desnuda y tuvieron que oscurecer las transparencias en posproducción: ella traspasaba la cámara. Más. Cuando tiene que acudir a reconocer un cadáver (iluminación noir maravillosa), un elegante luto resalta su cabello con una elegancia y belleza que resucitaría a un muerto… valga de nuevo la bobada pues, en efecto, el muerto no es el esperado.

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Un arcoíris rubio para intensificar nuestras vidas

La fotografía del mexicano Joseph MacDonald no se queda solo en destacar a Marilyn vistiendo a los demás de colores grises o apagados (la escena del disco). Además, tenemos las impresionantes cataratas y el juego que dan los arcoíris naturales que forman; o detalles tan sencillos como los chubasqueros que se ponen hombres y mujeres para visitar el paisaje y que contrastan en amarillo y negro. Y ese amarillo, habitual evocación poética de la muerte, nos lleva a la mejor escena de la película: el fin del personaje de Marilyn. Aquí sí van a confluir el campanario en picados y contrapicados y la fiesta de colores que venimos admirando. El traje negro de repente se ve iluminado por un pañuelo amarillo que aparece en la mano del personaje. ¿De dónde sale? ¡Da igual! Es de una belleza plástica maravillosa y anuncia lo que va a pasar. Más aún y como contraste, las paredes y puertas del interior del campanario son rojas y la luz entra entre sombras por las ventanas. Si añadimos esos planos mudos de las campanas, ya sabemos por qué estamos ante el verdadero clímax de la película.

Y digo verdadero porque el final es algo flojo. La siempre algo anodina Jean Peters nos importa bastante menos que Marilyn, por no hablar del pánfilo de su marido que observa su deriva final hacia las cataratas ¡desde la orilla! Ni siquiera el torturado Cotten aporta la tensión necesaria al final y nos preguntamos qué pudo ver “ella” en este tipo. Para contestar a esta pregunta, antes hemos visto la única escena de felicidad de la pareja: claramente tras una relación sexual. Ya sabemos cuál era su vínculo.

Un arcoíris rubio para intensificar nuestras vidas

Niágara no es la mejor película de Marilyn Monroe pero es que Marilyn tampoco es la mejor actriz de la historia, ni la más guapa, ni la de mejor figura. Marilyn es Marilyn y no hace falta añadir más. Pocos mitos pueden decir eso. Pues bien, Niágara hay que verla porque sale Marilyn Monroe en un color deslumbrante. No hace falta añadir más.

Comenzaba comparando a Marilyn con obras maestras de la naturaleza como las cataratas del Niágara. Las cataratas ahí siguen vertiendo agua para quien quiera ir a verlas. Marilyn, no. Por eso la rubia es mejor, porque brilló solo unos años y ahora nos toca recrearla en nuestra imaginación con sus vestidos, sus películas o sus canciones. Marilyn Monroe, como el cine, sigue excitando nuestra imaginación y nuestras vidas.

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