Un año de mierda

Llevamos un año sin nada, en el que todo se ha ido a la mierda, la vida, casi tres millones de muertes en el mundo, la salud, más de ciento dieciocho millones de personas enfermas, la economía, con las colas del hambre saliendo del vergonzoso anonimato de nuestros barrios

Nuria González

Hace 365 días que estamos en la mierda. Todas y todos. Un año enterito en el que hemos podido comprobar la veracidad del refrán aquel de “consuelo de muchos, consuelo de tontos”. Que casi siete mil seiscientos millones de personas hayan estado igual de fastidiados que yo, a mí personalmente no me ha ayudado en nada. Sí hay alguien a quién sí, ya sabe lo que es.

Y como esos, hay gente para todo. Incluso a los que la mierda no les parece tan mal. Esta semana hemos tenido un ejemplo de ello con el dirigente de la CUP, Antoni Baños, quien nos ha presumido en sus redes sociales su gusto por la mierda. Concretamente, nos ha contado que se excita viendo páginas porno en las que se obliga a mujeres a comer heces. No se en qué momento se le debe poner dura viendo esa tortura. Porque obligar a mujeres a comer excrementos, y grabarlo para que personajes como Baños lo vean en sus ordenadores para masturbarse, es una tortura. Y quien lo fomenta viéndolo y generando beneficio, además de un cerdo, es un presunto torturador.

Pero como decía, llevamos un año sin nada, en el que todo se ha ido a la mierda. La vida, casi tres millones de muertes en el mundo. La salud, más de ciento dieciocho millones de personas enfermas, la gran mayoría sin posibilidad de asistencia médica, casi el 17% niñas y niños.  La economía, con las colas del hambre saliendo del vergonzoso anonimato de nuestros barrios y la miseria enfocando aquello que hace tiempo que existe, pero nadie quería ver: las y los trabajadores pobres. Otros de los esclavos del s.XXI.

Y de lo más mundano ya, para que vamos a hablar. A la mierda se han ido vacaciones y viajes. Fiestas de fin de curso, de cumpleaños y despedidas de soltera. No hemos ido ni a bodas ni a verbenas de pueblo. Ni a conciertos ni a discotecas. Ni a festivales ni a eventos. Y todo los que eso conlleva. Una muerte social en toda regla. Más bien un genocidio social colectivo. Y la víctima colateral es la salud mental de miles de millones de personas. La cordura también se ha ido al carajo.

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La esperanza en un mundo mejor, es otra de esas cosas que ni está si se la espera. Alguno la quiso ver cuando aplaudíamos en los balcones, pero fue poner un pie en la calle y olvidar los propósitos de enmienda. El mundo es incluso peor que antes de que nos encerraran en un confinamiento perpetuo, que parece no acabar nunca. Y que está provocando en la población una especie de síndrome de Estocolmo generalizado cada vez que hay una mínima apertura. Como aquel secuestrado al que le han pegado una paliza, que está atado a una silla esperando el tiro de gracia, pero al que el secuestrador de ofrece un vaso de agua y cree, por un momento, que todo se va a arreglar, y hasta está dispuesto a perdonar a su verdugo.

A ese nivel de enajenación hemos llegado. Bueno, nos han llevado. La diferencia es que unos nos hemos resistido más, y otros han ido contentos y felices, hasta danzando, por el camino del encierro, la oscuridad y el miedo. A la gente que le molesta la libertad, esto del confinamiento y el estado policial le ha causado auténtico placer. Por eso cada vez que parece que se va a dar un paso adelante salen cientos, como si se acercara el apocalipsis, pero no por miedo a perder la salud, sino por miedo a volver a ser libres y no saber que hacer con su vida. Otra vez. Como en febrero de 2020.

Y yo, que no lo comparto, entiendo que esto pueda llegar a pasar. La gente que no hacía nada antes del confinamiento está mucho más cómoda ahora que nadie puede hacer nada. Nadie los pone frente a su espejo de sordidez. Esos y esas por mi se pueden quedar encerrados de por vida si tal cosa les complace. Pero que nos dejen vivir al resto sin escupirnos su veneno de la culpabilidad.

Yo personalmente prefiero a la gente que no vive con tanto miedo. Como una amiga que tengo en México, Itzayana, que me dio la clave de toda esta pesadilla, cuando le pregunté transatlánticamente: “¿Cómo estás?”, y ella me respondió: “Estoy viva. Me fue bien”.  Y tiene toda la razón.  A eso es a lo máximo que se puede aspirar, siendo realistas.

Así que, después de todo, a los que leen esto los tengo que felicitar, porque quiere decir que después de este año, siguen vivos y por tanto, les ha ido bien.

Felicidades pues, por haber sobrevivido a este año de mierda.

1 Comentario

  1. Partiendo de que hoy en día se duda de todo, no nos cabe ningún género de duda de que hay quien utiliza el «feminismo» para otros fines.

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