Trilogía londinense. Parte III

Caminamos un largo paseo desde Kensington Garden hasta el St Mary´s Hospital sin contemplar otra cosa que no sea la extensión de la literatura. Otro viaje fantástico de Lara Adell por el Londres victoriano

Trilogía londinense. Parte III

He dormido catorce horas del tirón: por mi y por todos mis compañeros y, mientras la hija de los posaderos me ayuda a bañarme en una tinaja de hojalata, analizo las consecuencias que me va a ocasionar esta grave pérdida de tiempo.

Cuando salí de casa de la señora Brontë, apresurada y sudorosa, le confié mi suerte a Cleo, una fantástica yegua blanca que dirigió mis pasos hasta la hospedería del señor Jonas que encontramos en el pueblo de Sheffield. Los dueños se sorprendieron al verme llegar galopando a horcajadas y, en un primer momento, desconfiaron de que no pudiera abonarles ni la estancia, ni la comida, ni el aseo, pero cuando les enseñé el dinero que bailaba dentro de mi ‘cacahuetera’, nos trataron, a la yegua y a mí, como jóvenes marquesas herederas de una suculenta fortuna.

Una vez abonados todos los servicios, mis recuerdos se desvanecieron como la bruma de esta ciudad y poco puedo contar de lo que sucedió después de ingresar en el dormitorio, cuando todo se oscureció hasta bien entrada la mañana. El olor del guiso de patatas me ha despertado de sopetón. Sabedora de que la falta tiempo solo juega en mi contra, he omitido la tentación gastronómica de saborear el manjar y me he lanzado a la cuadra dispuesta a solicitar un compromiso verbal con mi potrilla.

La casa de Charlotte Brönte

El relincho me ha confirmado que calzo un buen animal, así que me he despido de los dueños de la fonda, he comprobado que llevaba bien atados los papeles de la señora Brontë y, de un brinco, me he subido a lomos de Cleo en busca del último día.

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– ¡¡Gracias señores!! – grito agitando mi mano desde el reconocimiento – ¡¡Han sido ustedes muy amables!!

La última imagen que recuerdo del entrañable matrimonio es la de una pareja oronda y trabajadora despidiéndose con la cara contrariada a camino entre el asombro y la fascinación.

Cleo me traslada hasta el centro del mismísimo Londres cabalgando sin prisa. Contemplar la primavera en plena explosión es como rejuvenecer cien años en una décima de segundo. El aire fresco y puro, el trino agudo de los pájaros y la ausencia de ruido o contaminación me recuerda una etapa de mi vida cargada de felicidad y nostalgia. Todo lo que veo se mueve al ritmo pausado que marca la luz del sol. Hasta los colores son más vivos, más verdes, más dorados, más luminosos.

Repaso mis obligaciones mientras traspaso el umbral de la armonía. Lo primero que tengo que hacer cuando me ubique de nuevo en la ciudad es buscar la estación que me asegurará el viaje directo a mi casa. No me sirven los grandes emplazamientos que comunican varias vías y tampoco puedo recurrir a las instalaciones concurridas donde hay personal a todas horas. El único modo de regresar sana y salva se encuentra en la esquina este de la manzana decimotercera que une la fachada de la puerta azul con la casa de la señora mayor que le da de comer a los gatos.

Saco mi reloj virtual y compruebo las horas que tendré que caminar desde donde ahora me encuentro hasta el lugar concreto y le recuerdo constantemente a esta frágil y perdida memoria que tengo que estar pendiente de no hablar en exceso con los personajes ilustres que he venido a conocer sino quiero exponerme en público con mis desviaciones lingüísticas y desvanecimientos contantes.

Uy mira, flores. ¿Qué era lo que tenía que hacer? No hay nada como las flores… Me encanta todo lo que veo… todo lo que huelo… todo lo que toco y todo lo que siento… Voy a crear una composición multicolor para llevárselas a mi madre. Seguro que las moradas combinan con las blancas ¿Y estos tallos verdes? Son de una delicadeza absoluta. ¿Podré viajar con ellas? No me gustaría aparecer por la puerta con un manojo de perejil como todo presente.

– Querida, si me permite un consejo de amiga, le recomiendo que no mezcle las Violas Odoratas con las Bellis Perennis, no le van a sobrevivir dos días en el mismo jarrón. Es mucho mejor que fusione esta Rosa de color sonrosado con estos tallos de Limonium. La mezcla armonizará la estancia y se adaptará mejor al clima, por no hablar del aroma. Si quiere puede complementar su ramo con unas ramitas de Eucalipto y otras de Lentiscus y ya sabe que cuando se sequen, podrá hacer vahos con las virutas para los refriados y las congestiones nasales…

Anonadada, alzo la vista para reclamar a la florista todo lo que ha sugerido mi compañera y compruebo, sorprendida, como la persona que me orienta en mi arreglo floral lleva atadas a los dedos de sus manos varias mariposas de tela que se mueven con el simple movimiento del aire en suspensión que nos rodea. Cuando Emily introduce sus delgados y gráciles dedos entre los jarrones llenos de flores, la vida encuentra un motivo para seguir sonriendo.

La miro fijamente intentando reprimir mi verborrea. De su cabeza nace una corona discreta de flores entrelazadas que da la sensación de haber permanecido siempre allí y su atuendo, lejos de los vestidos ceñidos e incomodos que me han vendido como la moda actual y que estoy sufriendo en mis escaldadas carnes, son varias gasas volátiles que danzan en solitario al compás de las palomillas de sus manos. La imagen de ángel negro cual Alan Poe femenino se esfuma cuando compruebo que la señorita Dickinsosn le habla a las flores como si fueran sus hermanas de leche.

– La esperanza es algo con plumas que se posa en el alma y canta sin palabras la canción… y nunca calla… para nada. Y más dulce suena en el temporal, y fuerte debe ser la tormenta, que pueda acallar al pajarillo que a tantos consuela. ¿No le parece? – no se lo que me parece. Quiero apuntarlo, decirle que lo apunte, que es una poesía perfecta que se estudiará en el futuro. Ella continua y remata su reflexión ante mi estupor:

– Lo he oído en las tierras más frías y en los más exóticos mares, aunque jamás me pidió una migaja, ni en las mayores adversidades.

Mis neuronas aplauden con fervor. Bravo Emily. Amable y hermosa cual paloma al viento lanza una risita al aire y se esfuma, como si se hubiera convertido en una de las cientos de mariposas que guarda en el cajón de su imaginación y que hoy ha sacado a pasear.

– Son cinco peniques, querida. – me exhorta la florista que con destreza ha comprimido un precioso oasis de frescura en forma de ramillete. Compruebo la belleza que estoy pagando y le pregunto a la señora que me dispensa por la muchacha que se acaba de cruzar en mi camino. Ella baja la vista y sonríe.

– ¿Usted la ha visto? Porque yo, cuando la miro, hay veces que no la veo.

Lógico, pienso yo. A continuación, buscando las indicaciones del número 22 de la calle Hyde Park, giro la esquina y me doy de bruces con dos damas que pasean cogidas del brazo.

-¡Señora Woolf! ¡Es usted en persona! – su cara alargada y masculina lo confirma. Siempre he pensado que podría haber sido prima hermana del fantástico Lovecraft – Soy una ferviente admiradora de sus obras literarias, pensaba que en este momento estaría usted descansando, o escribiendo o entregando sus maravillosos conocimientos en alguna charla motivadora y feminista.

– Encantada de conocerla, querida. ¿Y usted es…?

– Lara Adell, futura novelista y actual articulista en diferentes medios digit… – me muerdo la lengua e interpreto un súbito ataque de tos.

– Un placer, no reconozco su cara, pero si tiene tiempo, puede unirse a nosotras en el paseo.

– El tiempo… la pesadilla eterna de este viaje.

– Le comentaba a la señora Vita que una mujer debe tener dinero y un cuarto propio si va a escribir ficción. – Cierto, yo ya conocía y apoyaba esta frase. Su compañera amorosa y amiga, Vita SackVille-West, afirma orgullosa mientras sus abundantes pechos se balancean debajo de la camisola.

– Muy acertada su afirmación, pero ¿es posible esta emancipación femenina en los tiempos actuales? – pregunto indagando sobre la situación económica que sufren ambas escritoras.

– No hay barrera, cerradura ni cerrojo que le puedas imponer a la libertad de mi mente, por lo tanto, aunque la sociedad oprima a la mujer adjetivando nuestro sexo sin sentido, tenemos que desnudarnos para mostrar lo que en realidad sentimos, porque es una lástima muy grande no decir nunca lo que uno siente.

Caminamos un largo paseo desde Kensington Garden hasta el St Mary´s Hospital sin contemplar otra cosa que no sea la extensión de la literatura. Ambas mujeres se compenetran a la perfección haciéndome partícipe de sus anécdotas y proyectos. La señora Woolf está viviendo un amor juvenil en plena madurez que le motiva a escribir y aconsejar, pero, sobre todo, la está empujando a vivir.

– La vida es sueño, no se olvide. El despertar es el que nos mata. Fin del viaje, querida – me anuncia la escritora entre rayas codificadas.

Un sonido impertinente me avisa de la inquietante situación. Se me ha acabado el tiempo. He traspasado el umbral de la confianza y no encuentro el modo de llegar en hora al único hueco del espacio que me permitiría volver a mi casa. Busco a Cleo con desespero, pero mi querida yegua unicorniada está a varias millas de mí ubicación. Las imágenes me pesan en la retina, cada vez más y más borrosas, sintiendo las voces que me exhortan como sonidos maquinales, eclécticos.

– ¡¡Señora!! ¡¡Señora!!

Alguien me está llamando señora otra vez, ¿será esto posible? Me aprieto las sienes con fuerza porque el mundo ha comenzado a dar vueltas mientras noto como las piedrecitas del suelo traspasan el vestido, las enaguas y las medias y se me clavan en las rodillas. Una mano vigorosa me aparta del camino por donde circulan los carruajes de pasajeros y me indica que la estación de ferrocarriles de Paddington se encuentra volteando la esquina.

Entre las alucinaciones y el dolor físico no consigo explicarle al señor Poirot que mi estación no es de trenes, que lo único que necesito es un billete de regreso. Pero, ¿Qué demonios hace aquí Hércules Poirot?

– La señora necesita un billete de regreso – descifro entre las líneas de sonidos que me inundan.

-¿De regreso a donde, señor? – pregunta el maquinista del convoy que está a punto de partir.

– De regreso ¿a dónde, señora? – me pregunta el detective pronunciando esa maldita palabra que encasilla a las mujeres en esa edad donde solo es posible llevar falda.

– D E R E G R E S O – apuntillo vocalizando unas palabras inútiles mientras los pitidos ensordecedores siguen taladrándome el cerebro. Cundo alzo la vista me doy cuenta de que el tiempo ha pasado tan rápido que los personajes no son del mismo color.

– Señora, ¿ve ese tren de ahí? – señala el maquinista nervioso e impaciente – Es el único disponible para esta noche y yo me marcho con él, así que si quiere un billete cómprelo ahora o se quedará sin su pasaje en el Orient Express.

Vapores y asesinatos. Un detective que me acompaña y las flores de mi mano que ahora se, con total seguridad, llegaran marchitas a mi casa. Los papeles de la señora Brontë ceñidos a mi cuerpo y el sonido del tic tac que marca el ritmo de la ciudad. Cleo, la bella Cleo…

Todas las alucinaciones han desaparecido de golpe, todos los movimientos han vuelto a dominar el ambiente, el mundo ha comenzado a sonar de nuevo en unos decibelios uniformes y ya no existen las estridencias ni confusiones. Miro al detective Poirot de reojo, me recojo en su brazo asimilando el cambio y acato mis decisiones sabiendo que he lanzado una moneda al aire que no tiene cara ni cruz.

– Deme un billete sin retorno, señor. Este es el único viaje que ahora quiero hacer.

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