Trata de blancas en una sociedad enferma

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

A Nataliya K.

– Vente, no seas, tonta. Te gustan los hombres y así ganarás dinero. Nadie te va a obligar a hacer nada que no quieras.
-Chica, no sé… Me da miedo.
-No te preocupes. Estarás siempre conmigo. Como en nuestra ciudad, como en el colegio, las dos amigas siempre juntas. Yo te envío el dinero del viaje, el dinero del visado y el dinero que justifique tu estancia durante tres meses. Ya me lo devolverás…

Yrina llegó a Barcelona. Tal como su amiga Svitlana le había asegurado, pasó el control de aduanas sin problemas. En taxi llegaron al apartamento donde vivía Svitlana y no dejaron de hablarse para ponerse al día.

Después de cenar se vistieron para matar haciendo el revoco de fachada con ese exceso que algunas mujeres del Este de Europa necesitan para sentirse sofisticadas, entre ingenuo y provocador. Lo justo para satisfacer el deseo de vulgaridad de algunos hombres.

La barcelonesa de adopción avisó a la recién llegada de que su centro de trabajo no era exactamente un prostíbulo. Era una discoteca muy lujosa donde, eso sí, todas las chicas ejercían, por este orden, el alterne y la prostitución (aunque ésta estuviera externalizada; es decir, en alguno de los “meublés” de la calle Ríos Rosas y posteriormente en el ático del propio edificio). Solo podían acudir a ese local las aceptadas por la dirección de la empresa o alguna pareja patricia y morbosa.

El tipo de público era “selecto”. Vamos, lo que en lenguaje corriente significa que los uniformados orangutanes de la puerta vigilaban que no se colaran borrachos desastrados y que los que accedían tuvieran dinero para gastar aunque fueran unos gañanes.

Por la noche fueron juntas al local donde ya hacía un año que trabajaba Svitlana. Era un local grande, situado en la esquina de la calle Aribau con Travessera de Gracia. Si no se encendían todas las luces hasta parecía lujoso, con profusión del negro y dorado de finales de los 80 y 90. Era la época de aquel anuncio de los “Clasificados” de La Vanguardia que decía: “Señores de Construmat, no busquen más. Lo que necesitan está aquí”. Y a continuación el teléfono de un afamado burdel de Barcelona.

Svitlana se dirigió al que hacía las funciones de encargado y le presentó a su amiga Yrina. El encargado la aceptó como fija y no le importó que no hablara nada de castellano ni catalán. De hecho, según me confesó la buena de Yrina, en aquella época, sólo hablaba ucraniano y ruso, pero practicaba otro idioma de forma muda: francés.

El hombre debía tener un peculiar concepto del sentido común ya que, al comprobar que desconocía la lengua de Cervantes o la de Pompeu i Fabra, aplicando la lógica marxista (la de los hermanos Marx) propia de ese negocio, la destinó al “descorche”. Es decir, a dar palique a los clientes sin pasar por el meublé. Y si pasaba, era cosa de ella.

El diálogo era inexistente, ya que ni el ucraniano ni el ruso estaban muy implantados entre la selecta clientela de la Barcelona de esa época. No podía pedir ayuda en el frente ruso del local ya que cada una libraba su propia batalla de Stalingrado para conseguir clientes. En consecuencia, Yrina se dedicó al “descorche por zalamerías”, que diría un flamenco. Sin embargo, por un “completo” de aquel momento se cobraba, en pesetas, 600 euros. Y, créanlo o no, había quien se hacía tres clientes por noche.

En aquel trasiego, hubo uno particularmente curioso. Se trataba de un magistrado -ya desaparecido de la carrera judicial- que aceptaba sobornos para liberar a presos preventivos. El método era ingenioso. El abogado que ejercía de cajero de confianza se ocupaba en ese local con una chica, siempre la misma. El orondo letrado subía con un portafolio donde disimulaba el “parné”.

En la tranquilidad de la habitación le daba el metálico a la dama que lo guardaba en el bolso. Hacían lo que era menester en esos casos y bajaban de nuevo a la sala. El “alivio” (abogado en argot lumpen-policial) se daba el piro y aparecía en escena nuestro juez preferido. ¿Adivinan con quién se ocupaba? Efectivamente, con la misma chica del abogado. Subían a la habitación, ignoro si en este caso con conocimiento carnal o no, y ella le daba el paquetito que le estaba guardando.

Rabiza y magistrado bajaban para darse el piro. Él con el riñón bien cubierto. Ella tampoco salía pobre. A los quince días, el preso salía libre. El entonces Fiscal Jefe de Cataluña fue sabedor de las idas y venidas de ese magistrado pero reaccionó tarde y mal. Tampoco fue la primera vez ni sería la última que obrara así.

Volviendo a Yrina, su voluntad y perseverancia no bastaban para hacer caja. Así que con el poco español aprendido, sentó plaza en los ya desaparecidos Riviera y Saratoga de Castelldefels. Svitlana se retiró y jamás reclamó nada a Yrina. En aquellos locales se pagaba menos, pero se trabajaba más. Mucho más.

Yrina, sin ser feliz, vivía tranquila. Ganaba un buen dinero; podía enviar parte a Ucrania; entraba y salía cuando quería; los locales disponían de seguridad que evitaba a los borrachos o violentos; tres comidas al día, techo; camas limpias con cambio diario de sábanas en la propia y por cada uso en el tálamo laboral. Incluso revisión médica mensual obligada con analítica aneja. Entre las compañeras había de todo: buenas, malas, regulares, yonquis, borrachas, abstemias, generosas y de la cáscara amarga.

Los dueños y encargados la trataba bien y se supo mantener lejos de las rumanas o moldavas que llegaban a esos locales traídas por mafias de proxenetas que les exigían el equivalente actual de 500 euros diarios bajo amenazas y algún golpe que otro (nunca demasiados no sea que se estropeara el “escaparate” y esos vagos hijos de perra sarnosa se quedaran sin personal que les diera de comer).

La vida pasa y todo cambia. La edad, los falsos novios, la poca cabeza, alguna enfermedad propia y otra ajena de un familiar directo… Lo anterior y, sobre todo, el cierre de los grandes locales como los citados, obligó a Yrina a buscarse la vida donde más se paga, que es donde está prohibido ejercer el oficio del amor: Francia. Tan liberal y cosmopolita de boquilla como tan provinciana, cateta y pacata. El argumento político es pueril. El “si lo prohibimos no existe” es como el de los niños pequeños que se tapan la cara y se creen que nadie los ve: “No estoy”.

Alguna vez, cuando Yrina recala en Barcelona para su revisión con la oncóloga, nos vemos. El otro día me dijo que necesitaba un abrazo de verdad, sin más necesidad que la de recibir sinceridad de “su puto samurái” (es como me llama, supongo que para edulcorar mi intransigencia). Comimos juntos donde Gonzalo y María José, delante del despacho.

Al terminar y encaminar nuestros pasos a nuestras respectivas citas, me contó algunas anécdotas que empezaron siendo divertidas para acabar resbalando por la cuesta de la soledad. La avaricia de un francés campuzo que intentó robarle el dinero del servicio y se acabó llevando la barra del pintalabios como único botín.

La estulticia de otro cretino que tras darle tres veces la dirección del único hotel de la población y teniendo un Smartphone no sabía encontrar la ubicación del albergue ni usando Google maps. La cicatería de otro que exigió la devolución del dinero por exceso de celo de Yrina ya que remató el servicio en 7 minutos de reloj.

La violencia de un subsahariano (¡Ay, qué pobre y cursi se queda siempre ese vocabulario políticamente correcto!) más parecido a un armario ropero de ébano de tres cuerpos que a un ser humano y que la atacó dentro del apartamento con un machete. Los cortes no fueron muy profundos pero aun así, daban grima. Sin embargo, ella lo contaba todo transitando entre la indignación iracunda y el estar muerta de risa por la simpleza de sus clientes.

Mientras andábamos y a medida que me contaba, me venía a la mente un clásico literario. No me acordé de los clavos de su pierna y al notar su incipiente cojera decidí parar en una librería de Paseo de Gracia para hacerle un regalo. Ya dentro, ella aprovechó la ocasión para pedir una novela de Kafka en su versión rusa. Una vez más, me volvió a sorprender.

Por mi parte, encontré el libro que quería y se lo regalé al salir de la librería. Se echó a llorar y me confesó que jamás nadie le había regalado nada fuera de su cumpleaños o del interés espurio de un cliente. Se me encogió el corazón. Le di el regalo envuelto y lo abrió como una niña en la mañana de Reyes. Esa misma noche me envió una foto por Whatsapp conforme iba avanzando en la lectura.

Desde que aquel invierno terminó, / desde que aquel amigo se esfumó, / desde que decidiste abandonar, / desde que comenzaste a resbalar / por el túnel / que lleva adonde crece la más oscura flor de la ciudad.
“Por el túnel”
Los Secretos. 1988

¿Trata de blancas? No todo es tan sencillo como parece. Yrina nunca ha resbalado por ese túnel. Lo ha hecho, consciente e impetuosamente, por otros: amor, dinero, necesidad, enfermedad, prisa… Pero siempre ha sido la flor más clara de la ciudad.

¿Y el libro? “Los miserables” de Víctor Hugo.

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