‘Trans-Pantojo’

Siglos de opresión, de violencia machista, de feminicidios, de brecha salarial, de matrimonios forzados y un sinfín de torturas reservadas exclusivamente para las mujeres y resulta, según esta nueva moda, que para evitarlo, sólo habría que lavarse la cara y usar zapatillas.

nuria gonzalez

Es una verdad universal que, cuando algo aparece con súbito y desproporcionado interés, es porque detrás de tal fenómeno subyace un también desproporcionado interés económico de alguno o algunos que han visto una jugosa oportunidad de negocio. Es lo que está pasando hace unos meses con el auge inexplicable del tema ‘trans’ en determinados círculos, nada despreciables, como, por ejemplo, la industria de la moda.

Al margen de la aberración misógina y ultraviolenta que supone querer borrar el hecho material de la propia existencia de las mujeres como lo que son, es decir, hembras de la especie humana, me gustaría abordar este tema desde un punto de vista más profano y menos filosófico pero que, normalmente, aclara mucho más las mentes de la mayoría de los mortales que no somos expertos en este debate sobre el sexo de los ángeles 2.0.

El año pasado, dos potentísimas firmas de la moda para mujeres, como Chanel o Victoria’s Secret, decidieron que sus campañas centrales, en lugar de estar protagonizadas por mujeres (como suele pasar el 99% de las veces y quien les supone el casi 100% de sus ventas), ahora serían era personas con apariencia de mujer. Vestidas de mujer, maquilladas como mujeres y con «pose de mujer», pero que la propia marca se encargaba de dejar muy claro, como reclamo de la campaña publicitaria, que no era tal cosa, sino que era una ‘trans’, con lo cual, al final, ambas campañas eran un trampantojo: algo que parece una cosa, pero que no lo es.

La misma idea exacta tuvieron en El País Semanal, que celebraron el 8M de 2020 con un idéntico trampantojo y con la misma aclaración. Una portada con alguien vestido, maquillado y «postureando» como mujer, pero aclarado por la publicación que el motivo de que fuera portada era, precisamente, que no era tal cosa. Acompañaba el titular «La moda es política»,y todo ello lo aderezaba una teta que enseñaba la persona de la foto, porque quien tenga tetas es para enseñarlas. Desde luego, no cabe duda de que toda la portada era una declaración política.

Coincidirán conmigo que es todo un poco esquizofrénico, la verdad. Sin embargo, a nadie mínimamente espabilado se le escapa que este boom de ilusiones ópticas del papel cuché es un magnífico negocio en ciernes para la industria de la imagen y de la moda.

Hay que entender que es mucho más apetecible como cliente un hombre que, por fin, sea consumidor de la industria cosmética, de la ropa y los zapatos, de las mechas, del maquillaje y hasta de las compresas y los tampones, y de todo los que hasta ahora han venido siendo productos «de consumo femenino», que no el típico que se corta el pelo una vez cada mes y medio a un precio que no excede los 15 euros y cuyo mejor atuendo es una camisa blanca, unos vaqueros y así, todas las veces que haga falta.

Hay muchísimos millones de euros y de dólares y de rublos y de todo a ganar si, finalmente, se consolida esta idea de que algunos hombres pueden llegar a ser más mujeres que las mujeres, incluso sin la menor intención de renunciar a ninguna parte de su anatomía masculina, sólo por el mero hecho de decir que lo son. Y para serlo sólo hacen falta una manita de maquillaje y saber andar con tacones.

Siglos de opresión, de violencia machista, de feminicidios, de brecha salarial, de matrimonios forzados y un sinfín de torturas reservadas exclusivamente para las mujeres y resulta, según esta nueva moda, que para evitarlo, sólo habría que lavarse la cara y usar zapatillas.

El volumen del negocio salta a la vista simplemente comparando, por ejemplo, las dimensiones de las grandes tiendas de ropa de mujeres a las de hombres, que suelen ser una cuarta parte. O la cantidad de tratamientos que se hacen en los centros de belleza, en una proporción del 95% de mujeres y el 5% de hombres. Hay una gran industria frotándose las manos detrás del borrado de las mujeres.

Porque, el problema de todo esto, no es que los hombres consuman todo tipo de productos que antes ni sabían de su existencia, el problema es querer reducir a eso, a pintarse las uñas, a ponerse minifalda, a hacerse mechas o vestirse de un color determinado, o a que te guste el fútbol o la gimnasia rítmica, el ser hombre o mujer. Todos los años que llevamos de lucha precisamente contra esos tópicos ‘cutresexistas’ y, ahora, nos los venden en glamorosas portadas de revista.

Sin embargo, estas ideas absolutamente antiguas, de moral victoriana y totalmente contrarias a la libertad individual de mujeres y hombres de poder hacer lo que nos dé la gana sin necesidad de ser etiquetados, ni por la sociedad ni por el mercado, está encontrando un peligroso apoyo en grupos de profesores universitarios que, pasados de vueltas y cansados de no pintar nada dentro del ámbito académico, han querido pasar a la palestra con el discurso de «los niños van de azul y las niñas van de rosa, y si no les gusta, es que son niños ‘trans’».

Uno de estos profesores mediocres es el actual ministro de Universidades, ideólogo de cabecera de la posmodernidad cateta de las etiquetas. De esas teorías, aprende nuestra querida ministra de ‘Igual-dá’ y sus amigas asesoras que, esta semana ha dicho que se compromete a que estos niños y niñas que no quieren vestir ni de azul ni de rosa, van a poder iniciar un tratamiento de cambio de sexo sin necesidad de supervisión médica, incluso siendo menores de edad y digan lo que digan los padres.

Y aquí tenemos la otra industria que está ya haciendo cuentas de cuántos beneficios le puede suponer que los tratamientos de hormanación se vendan sin receta en las farmacias, como si fueran pastillas para la garganta. Obvio, apoyarán cualquier memez que salga de cualquiera de estos dos ministerios, siempre que les ayude a hacer caja. Que te apoyen dos de las grandes y más millonarias industrias del mundo es casi garantía de éxito.

Es muy irónico que estos que, según ellos, iban de ‘contrasistema’ acaben haciéndole el juego al capitalismo más duro. Cosa, por cierto, que ya es habitual y, si no lo creen, recuerden al ministro «comunista» de Consumo plegándose, hace tres meses, ante las imperiosas necesidades de las casas de apuestas o, esta misma semana, al ‘vicetodopoderoso’ líder, renunciando al impuesto para las rentas altas.

Lo cierto es que el maltrato de la «supuesta izquierda» a la ciudadanía, en lo poco que llevamos de legislatura, es de récord, unos por ignorancia, otros por pura misoginia y maldad, y otros por omisión. Y es cierto que nadie esperaba nada que no fuera una ocurrencia del partido morado, ni si quiera los socios de gobierno que vaciaron de contenido los ministerios antes de ponerlos en sus manos. A saber, a Universidad, le quitaron Educación e Investigación porque, al fin y al cabo, las universidades funcionan como entes autónomos; a Trabajo, le quitaron Seguridad Social, porque es quien maneja el dinero de las pensiones y prestaciones; y al vicepresidente, lo rodearon de otras tres vicepresidentas, no fuera a ser que se lo creyera mucho.

Todos, menos el ministerio de Igualdad; ese sí se lo dieron completito. Como quien da algo que no importa. Como esos objetos insignificantes que le das a un niño para que juegue porque si lo rompe, no importa.

1 Comentario

  1. Si el Covid19 según estudios ya estaba en aguas residuales en Marzo de 2019, es un derecho humano explicarlo en todas las portadas de periodicos, o eso no vende y lo nuevo ( a golpe de billetes) es Feminismo vs Feminismo, con la obligación de tener a un 65% de mujeres contratadas en plantilla, para poder optar a subvenciones.
    ¿Es la nueva igualdad feminista: Machirula o racista?

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