Tráfico de arte contemporáneo (una fábula)

Los críticos cuelgan sus opiniones en las paredes de una galería como si fueran arte, y nosotros, espectadores de a pie, recordamos entonces ese aforismo de Fernando Arrabal: los críticos escupen en la sopa para luego bebérsela

Luis Artigue

El tiempo debe de haberse enamorado de ti, gitanita guapa: por eso pareces un retrato inmortal de ti misma en medio de la calleja intestinal, laberíntica –una calle hecha para el amor y la delincuencia en la misma medida- en la que se encuentra cierta galería de arte contemporáneo en la que, en esta ocasión, en las paredes han colgado críticas de arte en vez de arte…

¡El arte contemporáneo últimamente es como un niño que ha crecido tan deprisa que sus padres ya no lo entienden!

No sé ni cómo decirte que te llevo a una galería de arte no a ver arte sino a ver esto, amor.

-¿Sabes? Me han mandado el dossier de prensa y dos invitaciones porque hoy inauguran una exposición de ésas sólo para «entendidos». ¿Te hace?
-Contigo al fin del mundo.
-Vale, vamos, que esta vez, como si el mundo fuera un reloj de arena y lo hubieran dado la vuelta, como si el arte contemporáneo hubiera decidido definitivamente llamarnos gilipollas a la cara por deporte, en una galería de arte hay textos fríos con discursos apolíneos, estrictamente eruditos y doctorales, colgados de las paredes. Lenguaje sin riesgo verbal. Sin imaginación. Sin sentimiento. Arte de Groenlandia.
-¿Si no nos va a gustar para qué quieres que vayamos?
-Porque, al ir, los espectadores podremos criticar a los críticos sabiendo que a ellos no les gusta un pelo eso. Y denunciar que los artistas de verdad quedan fuera de este experimento pretencioso mediante el cual los curator escenifican su intrusismo. Y podremos hacer ver sin decirlo que al caminar contigo por la calle en los tejados los gatos lamen las estrellas. Y que mirarte a los ojos me invita a sentirme como un fotógrafo que retratara la bala que le va a quitar la vida. Y parpadeo. Y que das ganas de vivir como el verdadero arte. Y que tenemos pleno derecho a decir que qué tienen de arte estas críticas de arte en formato lienzo; estos lenguajes tan postmodernos y cientifistas que hoy parecen idiomas cultos y muertos en los que nadie se expresa, como el latín clásico. Sin emoción. Sin pálpito. Palabras que no cautivan, besan, hieren. Que no tocan un nervio del alma. Que no saben nada de tu boca. Que no son algo superior a ti que te obliga a arrodillarte como Simone Weil en Asís, o algo que te ayuda a seguir bailando en el campo de batalla cuando ya te han fusilado…

Vamos, entramos, vemos, y las expectativas más sombrías se cumplen.

Tú me dices que te sientes como una intrusa en esta galería, como si el arte actual no quisiera tener nada que ver contigo ni saber nada de ti. Y es entonces cuando pienso en Ortega y Gasset, o en Alberti, o en Antonio Gamoneda, o en María Zambrano, o en Djuna Barnes, o en tantas personas que alguna vez tomaron inolvidablemente la pluma para escribir sobre arte y, en verdad, hicieron arte.

¿Dónde está aquí la palabra encendida que ilumina a la población y hace avanzar la civilización? ¿Dónde está la fe en el ser humano que intenta incorporar cada vez a más individuos al gusto y disfrute de la belleza? ¿Dónde está el placer que se vuelve contagioso? ¿Dónde está el dolor que convierte un grito en música? ¿Dónde están las verdades extraídas de la tristeza? ¿Qué puede hacer este arte por mí o por todos nosotros?

Los críticos cuelgan sus opiniones en las paredes de una galería como si fueran arte. ¡Ya les gustaría! Y nosotros, espectadores de a pie, recordamos entonces ese aforismo de Charles Bukowski que dice: «si no sabes hacerlo puedes dedicarte a dar clases sobre ello». O tal vez ese otro de Fernando Arrabal: «los críticos escupen en la sopa para luego bebérsela». Y yo beso tu nombre al pronunciarlo en diminutivo. Y te cojo de la mano como un náufrago abrazaría a un delfín. Me miras. Te miro y entonces esta exposición se parece aún más a una rosa con dólares en vez de pétalos.

Cuando nos vamos caminando hacia la calle hay allí un mimo cuya ropa parece formar parte de su piel. Y un grupo andino repartiendo virtuosamente su folklore, su arte. Y un joven con mirada de soñador postcolonial que baila y toca la guitarra mientras te mira con ojos de poeta… Entonces a ambos nos da por pensar que gracias a estos críticos los artistas experimentadores, que no experimentales, pueden vender su obra a instituciones públicas o Museos de Arte Contemporáne (así pagamos todos lo que no quieren los particulares). Y entonces, allí, en medio de la calle de los artistas callejeros, pensamos que a los espectadores nadie nos paga por discrepar, pero eso es también un lujo artístico. Y nos besamos.

Una rosa con billetes en vez de pétalos. Modernidad ininteligible. Críticos que forman parte de jurados de premios en los que ganan artistas de «su galería». Museos asesorados por críticos donde acaban colgando sus obras esos mismos artistas. Salas de instituciones públicas dirigidas por comisarios. Pensamiento estético único. Críticos que imponen su concepto sistémico del arte contemporáneo. Pero que no sienten tu presencia vanguardistamente femenina. Tu curiosidad intelectual. Tu sencilla bondad, la pureza de tus dones y esa constante inclinación a la ternura. Arte que te excluye y me obliga a abrazarte, ya en la calle, frente a dicha galería. La crítica de arte como tráfico de arte. El intrusismo. Sigmund Freud o un psicoanalítico espacio expositivo para los artistas frustrados…

Lo contrario del amor.

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Luis Artigue (León, 1974) es licenciado en filología hispánica, y amplió estudios en la Universidad de Toronto. Como escritor ha publicado cinco poemarios (entre ellos TRES DOS UNO... ¡JAZZ!, Premio Ojo Crítico, LOS LUGARES INTACTOS, Premio Arciprete de Hita y LA NOCHE DEL ECLIPSE TÚ, Premio Fray Luis de León), y cinco novelas (entre ellas CLUB LA SORBONA, Premio Miguel Delibes, y DONDE SIEMPRE ES MEDIANOCHE, Premio Celsius). Asimismo ha publicado más de mil artículos(El País, ABC, Leonoticias, La Crónica-El Mundo, Diario de León, Asturias Diario, Infobierzo, Latra Internacional), y, en febrero de 2020, verá la luz su nueva novela, un biopic pulp sobre el trompetista Miles Davis que llevará por título CAFÉ JAZZ EL DESTRIPADOR (https://twitter.com/cafejazzed)

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