Tardà tuvo la culpa

Carlos Quílez Lazaro

Hace ya demasiados años, cuando trabajaba en los servicios informativos de la cadena SER, cubrí el congreso estatal de la Unión Progresista de Fiscales que se celebró en unas instalaciones municipales cedidas por el ayuntamiento de la ciudad de Lleida.
El entonces fiscal general del Estado, el canario y filo-socialista –evidentemente entonces gobernaba el PSOE en España-, Eligio Hernández, iba a clausurar el congreso. Allí estaba lo más nutrido de una fiscalía que fue líder en la consecución de muchísimos avances democráticos y durante no pocos años: la fiscalía de Catalunya que dirigió Carlos Jiménez Villarejo y José María Mena. Además de ambos, recuerdo a una joven Teresa Compte (que luego sería Fiscal Superior), al gran Carlos Castresana o al actual fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Jesús Santos.

El día de la clausura, hubo una incomparecencia destacada. La de José María Mena. El entonces teniente fiscal del TSJC había recibido en Lleida una fatal noticia: la muerte de su madre. Y, naturalmente, se ausentó.

Con el paso del tiempo, transcurridos muchos años y demasiadas cosas, un día, Mena, hombre de una extraordinaria inteligencia, directamente proporcional al cinismo del que hacía gala, me dijo que aquello fue mentira. Me dijo que lo de su madre en aquel congreso fue un invento, una excusa que se sacó de la manga para no coincidir con el fiscal general Eligio Hernández, a quien repudiaba (creo que Mena repudió a todos los fiscales que tuvo durante su trayectoria tanto como ellos a él) y a quien consideraba un censor, un vendido, un obediente preventivo, y un chulo con galones, creo recordar que me dijo.

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Pero para chulo sin necesidad de chotis, Mena. Juró que no le estrecharía la mano a “Don Eligio”, y no lo hizo aunque para ello utilizara en vano el nombre de su madre y lo recordase, años después y a tenor de sus gracejos, como una especie de hazaña de la que parecía sentirse orgulloso.

La historia de los fiscales generales está plagada de personajes siempre sospechosos de ser apéndices más o menos descarados de los designios del poder ejecutivo vigente (gobierno que los nombra y destituye). Siempre, vayan con unos o vayan con los otros.

En la Fiscalía, como en el periodismo, no existe la objetividad. Eso sí: se puede ser descaradamente subjetivo, o se puede ser lo más objetivo posible dentro del margen que permite el fangal en el que suceden las cosas.

Con todo y sin caer en la condescendencia diría que tengo la íntima convicción de que a los fiscales generales y a los fiscales en general, se les ha de ayudar. ¿Cómo? Pues escrutándoles pero no achuchándoles. No poniéndoles en un constante brete, mucho más insoportable e intransitable que al brete al que ya están expuestos y sometidos por su propia condición. Incluso si al fiscal de personalidad más frágil y de menos resortes asociativos, se le pone entre la espada y la pared, suelde pasar que se produce un efecto rebote en sentido inverso al que ha marcado la inicial presión. No me refiero a una actitud gallarda, sino todo lo contrario, una actitud pobre, timorata, simplemente reactiva.

No sé si los fiscales son imparciales. No sé si lo demuestran. Pero sí sé que lo quieren parecer.

Cuando el diputado de ERC en el Congreso, Joan Tardà, ese hombre orondo, que desprende ternura, cuya naturalidad dignifica a la política y a la vez es la culpable de su extraordinaria torpeza, azuzó una y otra vez en decenas de entrevistas a la actual fiscalgeneral, María José Segarra, (mujer de izquierdas, garantista de insobornable profesionalidad al menos mientras la conocí en Barcelona hace ya 25 años), para que hiciera justicia, impidió que el escrito de acusación por el “procés» se desinflara. Otros muchos, pero Tarda el primero, insistían en que había llegado el momento: “Ha llegado la hora de la verdad y de que el Gobierno deba de dar las oportunas indicaciones a la Fiscalía para que los fiscales del Supremo y de la Audiencia rectificasen el tiro de la rebelión y la sedición.

“Señor Tardà, el Gobierno no da consignas a la Fiscalía y si lo hace, esta vez hagamos ver que no lo hace…”, le silban al oído diputados correligionarios menos entrañables, menos sinceros y menos torpes.

Decirlo (pedirlo) tan vehementemente, con tanta insistencia y dando por hecho (lo que quizá no sea falso) que cuando el Gobierno descuelga el teléfono rojo se pone firmes toda la Fiscalía ( “la Fiscalía nos los afina”), es o fue el peor de los regalos que recibió la novata fiscal general del Estado. Tardà fue torpe, sincero, pero torpe. No se dio cuenta (¿o quizá , si?) que lanzando tanta presión a la fiscal, iba a recibir un boomerazo en mitad de la frente.

Mena se quitó de en medio apelando a su madre . A Segarra no le han dejado escapatoria a base de empujones propinados por los que con más cautela deberían de haber actuado.

La naturalidad y sinceridad del diputado Joan Tardà, dignifican una política maloliente pero esa forma de ser se le han girado en su contra tanto a él como a los que afirmaron que la Fiscalía tenía, ahora, una magnífica oportunidad de demostrar su independencia. Torpes. Tomad nota y cerrad la boca durante el juicio. Y a ver…

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