Sumisión laboral

¿Quién es peor, el mediocre imbécil que aspira a perpetuarse en su esferita de poder o el cobarde, igual de mediocre, que calla porque “es lo que hay”?

Ricardo Gómez de Olarte

De la misma manera que la semana pasada comenté mi parecer al respecto de las malas prácticas de las multinacionales o de las empresas con más o menos ínfulas de grandes empresas, justo es que ahora le toque el turno a los empleados.

La idea surgió (y cada vez con más frecuencia) del diálogo vía WhatsApp (coronavirus obliga) mantenido con mi compañero de profesión y sin embargo amigo Xosé, gallego y comunista (según él) pero que cada día me sorprende con posiciones más diestras.

Me quiero referir a aquellos empleados que se prestan a ese tipo de prácticas de sometimiento, no en estos momentos de zozobra, sino a los que desde hace años, obedecen ciegamente sin más. Son aquellos que pusieron precio a su sumisión con la falsa esperanza de que quien los mandara, sería superior a ellos. Y aunque no fuera así, en sus principios, no les importaba.

Tan solo el cómodo placer del pacer, sin más, del pienso que tienes en tu abrevadero

Aludo a esas personas en cuyos inicios solo deseaban un salario a fin de mes y no tener que trabajar más allá de lo estipulado en el convenio laboral. No tener que pensar; no tener iniciativa; no tener imaginación; no innovar ni tener que pensar en la remota posibilidad de hacerlo alguna vez. Tan solo el cómodo placer del pacer, sin más, del pienso que tienes en tu abrevadero.

Jóvenes licenciados, con muchas expectativas de progresar en su profesión, con esa ambición de los 90, pero a los que nadie les explicó nunca una asignatura común a todas las carreras universitarias. Se podría denominar “Precio”.

¿Cuál es el precio que quieres pagar? ¿Cuál es el precio que estás dispuesto a pagar? ¿Sabes que el precio que tú crees que tendrás que pagar es inferior al que se te va a exigir por tu intento de éxito? ¿Eres consciente de que a medida que los años vayan pasando te encontrarás con jefes más mediocres que tú y que al principio no entenderás por qué son tus jefes? ¿Que los apellidos pesan? ¿Que la relaciones pesan más? ¿Que cualquier pelota o tiralevitas sabrá hacerse propia una idea tuya? Y sobre todo, ¿serás capaz de enfrentarte y jugar el mismo juego del que tanto te quejas?

En algunos casos, ¿sabrás divorciarte dos y tres veces para conseguir encontrar a alguien que se adapte a tu ambición de poder y dinero? Porque los que mandan, o tienen su parcelita de poder o lo hacen ver, se limitan a hacer su trabajo: aparentar mando y conocimiento para revestir de helio la púrpura del minicargo. Son como el Miniyo del malo de Austin Powers: casi tan ridículos como el original que manda, pero sin mando.

¿Quién es peor, el mediocre imbécil que aspira a perpetuarse en su esferita de poder o el cobarde, igual de mediocre, que calla porque “es lo que hay”?

Currito: ¿sabrás no culpabilizar a tu familia de que tu jefe -no más que tú, pero tu jefe-, te dé por retambufa un viernes o un sábado o un domingo exigiendo una hoja Excel que te la podía haber pedido el lunes anterior? ¿Podrás ahorrar esa bronca a tu hija o a tu pareja? Cuando te llegue la hora, ¿habrás sabido domesticar a tu familia para que se humillen por cada exigencia laboral tuya trasplantada al ámbito doméstico?

Pocos hay que se miren al espejo y en lo más profundo de su mirada se enorgullezcan de su mediocridad disfrazándola de triunfo. Pocos asalariados hay que se miren al espejo cada mañana y sepan aceptar que su mediocridad es la némesis de la mediocridad de sus jefes. ¿Quién es peor, el mediocre imbécil que aspira a perpetuarse en su esferita de poder o el cobarde, igual de mediocre, que calla porque “es lo que hay”?

Como me dijo Xosé, es muy cómodo quejarse y no hacer nada; vender tu tiempo tu libertad, tu ocio, a cambio de un poquito de dinero, de posición…. Para seguir atrapado por un sistema que solo funciona en tanto en cuanto tú sigas tragando.

Y a partir de ahí difiero de mi colega. El sistema se ha sofisticado. Los sindicatos están domesticados, los enlaces sindicales viven tan bien y se han vuelto tan intocables que no se quieren meter en jaleos. Y los sindicatos, como organización, incluyendo los altos salarios para sus dirigentes, viven de lo que reciben del Estado.

La camaradería se queda para las crónicas de guerra y paz de Pérez Reverte: bonitas y enardecedoras, pero ya trasnochadas

Como muestra, los marqueses de Galapagar, que “se han visto obligados a dejar” su piso, su barrio y convivencia con la gente que les vota, para irse a su chalecito de extrarradio de ínfulas cortijeras. Aunque bien mirado y sin ironía, lo cierto es que son el perfecto ejemplo de la mediocridad del medrador que es capaz de sacrificarlo todo (si es que alguna vez tuvo algo que sacrificar) para alcanzar cierto estatus de pequeño burgués, ungido con la cursi y trasnochada superioridad moral del progre.

Lo cierto es que en la realidad que nos envuelve, un comercial no querrá saber nada de los problemas de otro, siempre que reciba una vana promesa de continuidad y 100 euros más al mes. Y esa falsa apariencia de diferencia entre unos y otros, es la que materializa el viejo dicho del “divide y vencerás”. Tú seguirás tragando porque no te fías de que tu compañero te secunde. La camaradería se queda para las crónicas de guerra y paz de Pérez Reverte: bonitas y enardecedoras, pero ya trasnochadas.

Es como la generación de los 60, los que nacimos bajo el franquismo y hemos hecho de puente -por todos pisoteado- entre el anterior sistema socio político y cultural y el actual. Nuestro momento de éxito fue la Movida, con el altísimo y silenciado peaje de la droga.

Sin embargo, nos hemos limitado a hacer de callados fontaneros: adaptar grifos y presiones a las diferentes personas que han ido ocupando esta casa que es España. Obedecer, y en muchos casos admirar a nuestros padres, para dar paso a las generaciones siguientes, pero siempre callados y sometidos. A diferencia de nuestros padres, nosotros sí pudimos quejarnos y no lo hicimos. Estuvimos demasiado ocupados con la estética ochentera e intentando ganar dinero, perdiendo el derecho a gritar y romper ese silencio y sumisión en nombre de la paz, el consenso y el futuro de nuestros hijos.

Mientras tanto, los escorpiones de nuestra propia generación, han seguido picando y eliminando lo que ellos veían como enemigos, aunque fuera por mero e innecesario instinto de supervivencia. Así pues, no nos quejemos de nuestra suerte. Como dijo Xosé, mi gallego de cabecera: o machacamos al escorpión y matamos al lobo, o seguiremos siendo gusanos y ovejas a merced de nuestros depredadores.

“El sufrir merece respeto, el someterse es despreciable”.
Víctor Hugo

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