¿Sufrirá el Rey Emérito?

La Sra. Alba expresó, entonces, con una actitud totalmente agradable y educada, una profunda duda: «¡Doctor, no ira Vd. a decirme que el Rey Emérito no quería a sus hijos y a sus nietos!». Claro que no —respondí—; yo le expongo una situación que puede bloquear, quizás, su capacidad de expresión emocional y que mengua su competencia en cuestiones afectivas.

Dr. Josep Tomàs i Vilaltell

Saliendo de nuestro gabinete de neuropsiquiatría, tropecé con una señora bastante crecida en edad. Era una Sra. A la que no conocía demasiado en profundidad, pero muy inquieta en preguntas; me recordó que se llama Alba. Al poco de estar hablando de algunos temas de actualidad y expresando a lo largo de la conversación, casi en todos ellos, un montón de dudas y preguntas relativas al futuro, honestamente, solo le pude responder a aquello que podía.

Al rato, y de forma expresiva y preocupada, me pregunto con cierta ansia: «¿Sufrirá el Rey que se ha ido?». 

Le expliqué que, a mi criterio, nadie puede sentirse bien cuando se va de donde vive, del medio en el que se desarrolla, se relaciona, donde tiene la familia, trabaja, etc.

Pero a la Sra. Alba no le preocupaba en absoluto todo lo que hacía referencia a las ocupaciones políticas o de la índole que fuera, se refería a que estar solo, sin su familia y sin su gente, sería una fuente de malestar y de sentimientos depresivos, muy probablemente.

Asentí sobre esta afirmación, pero el Monarca vivió una infancia difícil, ya que, a corta edad, se trasladó lejos de su familia, parece ser, que por una serie de manejos de Franco con su padre, Juan de Borbón, ligados a las propuestas de que España fuera o una monarquía o bien un estado falangista, según se cita en múltiples textos. Tal situación exige una fuerte disciplina y una vigilante formación que interfiere su maduración natural. Existe la posibilidad —no la certeza— de que tal circunstancia menguara su sentido de entorno familiar, en el aspecto de profundidad emocional suficiente.

La Sra. Alba expresó, entonces, con una actitud totalmente agradable y educada, una profunda duda: «¡Doctor, no ira Vd. a decirme que el Rey Emérito no quería a sus hijos y a sus nietos!». Claro que no —respondí—; yo le expongo una situación que puede bloquear, quizás, su capacidad de expresión emocional y que mengua su competencia en cuestiones afectivas.

Cuando Franco decide, por fin, que el futuro monarca será el «heredero» del estado de España, el dictador se ve obligado a negar los «derechos» de Juan de Borbón, principal personalidad regia de la corona de la casa de Borbón. Esto, provoca, probablemente, un sentimiento profundo de malestar y de culpabilidad por parte del futuro monarca.

Sin duda, el entonces príncipe no nadaba en su hábitat durante su juventud y el período de formación militar. Por ejemplo, abandonaba la academia militar en coche, mientras sus compañeros lo hacían en tranvía, según dicen. Es decir, en ese período, vivía en un ambiente que no era el suyo y se sumergía en una cultura que tampoco le pertenecía. Sin dejar de lado conceptos como «todos nos llevamos bien» o «todos somos compañeros», la convivencia no iba más allá ya que, en situaciones como ésta, la persona opta por evitar el contacto directo, adquiriendo una actitud forzada, en algunos casos, y limitada, en otros, desde el punto de vista de relaciones sociales.

Llegados aquí, tuve la impresión de que la Sra. Alba empezaba a preguntarse por qué se llevo a cabo tanto esfuerzo y y se adoptaron tantas medidas a lo largo de la adolescencia del futuro monarca, sin que existiera una relación abierta y clara entre Franco y Juan de Borbón, quien tan solo conservo hasta su muerte, el título de Conde de Barcelona

La Sra. Alba, en mi opinión, ya no sabía que más preguntar y, tan solo entonces, me interpeló sobre lo que a mi menos me satisfacía contarle: ¿Pero… mato a su hermano? Le contesté que hay muchos textos que hablan de este hecho; en unos, se dice que fue un accidente disparando una pistola en una habitación donde había una diana; en otros, que había sido con una escopeta y en el campo. Lo cierto, parece ser, es que la madre lloró esta muerte durante tres años.

Aquí, la Sra. Alba mantuvo un profundo y largo silencio, y me pregunto: «Y todo lo del Rey Emérito y las mujeres? Ahí ya no pude seguir, me excusé y le respondí con una pregunta: ¿Cómo pudo saber yo si sufre o no por esta causa?

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