Soy minero

Ricardo Gómez de Olarte

El jefe me ha pedido que me convierta en una especie de contorsionista del artículo social. Me da la sensación que es una sutil venganza como respuesta a mi petición de crear una sección rosa y convertirme yo en el cronista de dicha sección. Mirándolo bien, no lo veo nada sutil; pero quien manda, manda. Y quien no manda, a estudiar Derecho, que es mi caso. Como signo de rebeldía, uso la copla de Antonio Molina como título y cierre de esta pieza.

He dicho lo de contorsionista porque debo hablar sobre el barrio de la Mina. Con la que está cayendo en cuanto a lo políticamente correcto y en lo de respetar minorías, el lector/a podrá imaginarse el cuidado exquisito que debo poner en no rozar alguna piel en exceso fina. “Vamos p’allá”, que diría un taxista.

La Mina, que territorialmente pertenece al municipio de San Adrián del Besós, limita con Barcelona y nació como barrio instantáneo. Está limitado por la ronda Litoral, la vía del tren y el río Besós. Es decir, no puede crecer.

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Lo forman 20 bloques de viviendas entre 5 y 12 pisos. En 1975 tenía ya más de 15.000 habitantes y 2.029 viviendas, fruto del re-alojamiento de diferentes grupos de población y en muchos casos con déficits sociales, laborales, culturales o económicos. Es decir, más de 7 habitantes por piso. Ninguno de ellos es un palacio. La Mina nació para erradicar el chabolismo, pero tan solo sirvió para ocultar ese chabolismo a los ojos de la pujante clase media sin que el concepto en sí desapareciera.

Se puso en vertical y con paredes lo que nadie quería ver en horizontal y con chapa. Soluciones de este estilo las encontramos en los alrededores de muchas ciudades españolas. Madrid tiene Entrevías, Sevilla las 3.000 viviendas, etc…

Son barrios que nacieron con carencia de servicios y sus pobladores iniciales, en el caso de la Mina con una gran mayoría de etnia gitana, tenían lo que los sociólogos y gente políticamente correcta denomina déficits sociales, laborales, culturales o económicos. Es decir, eran gente pobre, inculta, sin categoría social y sin un trabajo que pudiera ser reconocido como tal.

Mi recuerdo de esa época, corrían los 70, eran las llamadas de mi padre a casa diciéndonos que no sabía cuándo volvería (él y unos cuantos compañeros y compañeras más) porque el tío Manolo había decidido ocupar las dependencias del Patronato Municipal de la Vivienda en reclamación de unas condiciones más dignas, más pisos y lo que hiciera falta para ellos. La primera vez nos asustamos mucho, ya que no dejaba de ser un secuestro. Lo cierto es que a la mañana siguiente llegó con la ropa arrugada, sin afeitar, cansado y descuajaringado, Pero no llegó desfallecido.

Al parecer, por la empatía de mi padre y sus rasgos físicos, le cayó en gracia al tío Manolo y el encierro acabó en una juerga flamenca en toda regla. A este encierro siguieron varios, pero como sucede con todo, la reiteración les quitó gracia y frescura.

La obsesión del tío Manolo era dejar muy claro que en la Mina no se vendía droga. Como sea que por esa época yo era un adolescente atolondrado y dudo que en mi casa conocieran los entresijos del mundo de la droga (por ese entonces mayoritariamente heroína), dimos por buena la obsesión del tío Manolo: definitivamente en la Mina no se vendía droga.

Muchos años más tarde, finales de los 80, conocí a una merchera (más felina y peligrosa que una pantera negra hambrienta y en celo, por cierto) que era de la Mina. Le recordé la anécdota del tío Manolo. La moza estalló en carcajadas y me dijo que el tío Manolo nunca terminaba esa frase para no mentir: “En la Mina no se vendía droga… que no fuera la suya”

Volviendo a los 70, la población de la Mina se hizo muy conocida por protagonizar el género cinematográfico denominado “quinqui”, que no es más que otra forma de llamar a los “mercheros”. El más famoso fue el Lute, pero no debemos olvidar al Vaquilla o al Torete, protagonistas de diversas películas dirigidas por Juan Antonio de la Loma. Muchas de sus cintas fueron rodadas mayoritariamente en los barrios de Tres Torres, Bonanova o Vallvidrera. De hecho, él vivía en el pasaje de Antonio Lamaro, una callecita privada de una travesía de la calle Mandri.

Pocas escenas se rodaron en la Mina. Imagino que para evitar la peligrosidad que comportaba ubicar ahí la mayoría de ellas. Ese cine pretendió ser una especie de crítica social en la que el delincuente y protagonista de las mismas era una persona víctima de la maldad de la sociedad burguesa que despreciaba a las personas como el Vaquilla y les obligaba a delinquir. El entonces joven delincuente mantenía una especie de código de honor entre canalla, machista, rebelde y caballeroso dependiendo de quien fuera su interlocutor: víctima, mujer, policía o colega.

Lo que nunca se dijo en aquella época (y no fue por la censura), era que los pequeños o no tan pequeños delincuentes se dedicaban al atraco a punta de pincho para poder ascender en su escala “profesional” y así traficar con heroína. De paso, también pagarse los picos de jaco (chutes o inyecciones de heroína). Los mayores supermercados de la heroína se encontraban en la Mina y en la Barceloneta. Aventurarse en la Mina era peligroso. Y lo vuelve a ser habida cuenta del repunte en la venta de ese opiáceo y la aparente impunidad. Incluso este año hay familias gitanas que lo han abandonado. “Aquí no se puede vivir” manifiestan algunas de esas familias ante el avance de mafias del Este o del Magreb.

Tiene narices que sean algunos de esos gitanos quienes se quejen de que otros les causen a ellos los perjuicios que algunos de ellos causaron al resto de la sociedad. Estamos en democracia y todos somos iguales ante la ley. A ver lo que tarda Unidas Podemos en defender a los pobres refugiados del Este y del Magreb frente a los gitanos. Menudo conflicto de intereses se les viene encima.

Ante una elección de estas características, cuál debe ser la correcta (políticamente hablando, claro): ¿Minorías foráneas o nacionales? Dentro de poco podremos leer de nuestra querida “muerta en el entierro” Colau que ella vivió en la Mina y por eso entiende perfectamente a la comunidad gitana. Pero como también fue del Este y magrebí, que también los entiende y que debemos convertirnos en seres de luz y amarnos todos mucho, dentro de un universo de paz, lentejas y compras a manteros.

Volviendo a la teórica realidad, los Mossos -como no podía ser menos- han establecido un plan de choque con furgonetas y entre 16 y 20 policías más para defender a la comunidad gitana de esas nuevas etnias, que evidentemente no son ni 16 ni 20 ni 50. Son más.

Dinero para embajadas habrá. Para consejeros autonómicos, para directores de lo que sea, para saraos nacionalistas también. Para pagar programas de Toni Soler y viajes de un fugado también hay. Pero para ofrecer formación educacional o información para combatir el consumo de droga (educación e integración social son competencias plenas de la Generalitat) a barrios marginales y pacificarlos a través del conocimiento, ni lo hubo ni lo hay. Cambian las etnias, cambian los gobiernos centrales, autonómicos o locales, pero la Mina sigue siendo la Mina.

“Soy minero y templé mi corazón a pico y barrena”

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