Sombreros sobre un ataúd

La brigada del sombrero (Mulholland Falls, 1996) es un entretenimiento perfecto con buenos diálogos, personajes feos, violentos y agrios, como corresponde al mundo criminal, y con metáforas tan hermosas como la de los sombreros en el ataúd

Sombreros sobre un ataúd la brigada del sombrero

En los noventa el neonoir retro nos dejó grandes títulos que van de Muerte entre las flores (1990) a L.A. Confidential (1997), pero a veces nos olvidamos de títulos más pequeños o no tan brillantes y que también merecen nuestra atención. La brigada del sombrero (Mulholland Falls, Lee Tamahori, 1996) tiene carencias, personajes mal desarrollados y alguna interpretación fuera de lugar, sin embargo sus no pocas virtudes permiten disfrutar de un viaje más que entretenido y recrear la vista en todo lo que aporta.

Para empezar, la historia es relativamente convencional: en los 50 un grupo de policías de Los Ángeles investiga la muerte de una joven prostituta de lujo que está envuelta con militares y con las pruebas atómicas de fondo. Sumemos indiscretas películas rodadas con sus clientes y la bomba estalla.

Sombreros sobre un ataúd

El primer hallazgo de la película llega con los pies planos protagonistas: están basados en la realidad. Al parecer la brigada del sombrero fue un grupo de policías de Los Ángeles que se encargó de lidiar con el crimen organizado con medios poco ortodoxos y más bien contundentes para evitar la mudanza criminal Chicago-LA. La película nos presenta a cuatro tipos siempre vestidos de traje y sombrero (ojo al detalle: cada uno de una tonalidad) elegantes por fuera y salvajes por dentro, cual rubia hitchcockiana. A bordo de un Buick descapotable su primera acción es coger al criminal de turno y tirarle por un barranco con nocturnidad. Eso sí, esas Mulholland Falls no son mortales, como las Niagara Falls, porque, como bien apuntan, en Los Ángeles no hay agua… Es solo un aviso para delincuentes.

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Nick Nolte encabeza un lujoso reparto y encarna al teniente Hoover, felizmente casado (con una Melanie Griffith dieceséis años menor, ay, que no encaja con Nolte ni en lo bueno ni en lo malo), pero que tuvo una aventura con la difunta y teme que exista celuloide rodado con sus espasmos de su intimidad (en efecto, existe y lo degustaremos).

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Y la ausente, Jennifer Connelly, es, como siempre, una maravilla. Solo vemos a su personaje en los recuerdos de Hoover y en las películas caseras, por lo que la narrativa no deja lugar a la duda de la idealización de Allison Pond, de quien apenas vislumbramos su dignidad en una escena en la que para los pies a un pedófilo vomitivo… y en la que conoce a Hoover. Se echa de menos más desarrollo de la historia de la pareja y es difícil creer que Hoover la dejara para volver a Melanie, pero lo poco que aparece su mirada verde es suficiente para enamorarnos y querer resolver su crimen.

La ambientación y la música están a la altura del neonoir (¿realmente serían tan elegantes antes?), eso sí, el compositor Dave Grusin, con inteligencia y gran oído, rinde homenaje a la legendaria banda sonora de Jerry Goldsmith para Chinatown (¿y hasta le inspiró para L.A. Confidential, que compondría al año siguiente?), por lo que planta la semilla en el espectador de viajar atrás en el tiempo y de gozar de cine del bueno (los decorados de Richard Sylbert también contribuyen algo… suya fue también la decoración de Chinatown).

Sombreros sobre un ataúd

Y, dentro de esas virtudes que anunciábamos, lo políticamente incorrecto revienta deliciosamente la película. Todos los personajes fuman y beben constantemente. Son malhablados. Chistes sexuales, también de ellas. O, como hemos visto, los policías parecen delincuentes desde el principio. Si Nolte (con más de cincuenta años) funciona en el papel es porque su cara es la de haber vivido docenas de atropellos y la de no querer aguantar ni uno más. El toque macarra y genial lo tenemos en la especie de cachiporra (ilegal, por supuesto) con la que Hoover revienta caras a diestro y siniestro (como Pedrín, el de Roberto Alcázar, pero ahora con sangre y sin chascarrillos) y que deja claro que aquí hay malos, pero no está claro que haya buenos. Hasta el pardillo capturado apela al “No podéis hacerme esto, estamos en América”, para escuchar: “Esto no es América. Esto es Los Ángeles”. Casi un wéstern.

Sombreros sobre un ataúd

Podríamos destacar también a John Malkovich, a Michael Madsen o a Bruce Dern, pero el otro personaje mejor desarrollado es el de Chazz Palminteri, como miembro de la brigada del sombrero que está viendo a una psiquiatra para controlar su agresividad. La ironía es obvia desde el principio, pero el chiste funciona y hasta tiene su sentido guiño (o puya) final.

Tal vez con otro director la película hubiera brillado mucho más (esa extraña resolución final en el avión y su aterrizaje o el soso epílogo en el cementerio), pero las películas son como son y no podemos cambiarlas… afortunadamente. La brigada del sombrero es un entretenimiento perfecto con buenos diálogos, personajes feos, violentos y agrios, como corresponde al mundo criminal, y con algún apunte de belleza nostálgicamente perdida (Allison) o con metáforas tan hermosas como la de los sombreros en el ataúd. Pongámonos el Stetson y subamos al Buick, no conviene llevar la contraria a esta brigada…

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