Sofía, la esencia de sus raíces

Sofia nació en torno a una fuente de aguas medicinales y ese registro la diferencia del resto de capitales europeas que, en su gran mayoría, surgieron alrededor de fortalezas y castillos.  

Sofía, la esencia de sus raíces
Postal de Sofía / Lara Adell

La historia es un continuo vaivén que no suele aceptar análisis simples.Hoy brotamos en un manantial al sureste del viejo continente. Un lugar a orillas del Mar Negro donde un grupo de nómadas decidieron dejar de serlo para crear asentamientos permanentes que, con el tiempo y una lanza, fueron dando origen al actual estado búlgaro.

Bulgaria es un país un poco más grande que Castilla y León cuya capital, Sofia, significa etimológicamente Sabiduría. Sofia nació en torno a una fuente de aguas medicinales y ese registro la diferencia del resto de capitales europeas que, en su gran mayoría, surgieron alrededor de fortalezas y castillos.  

En el libro Historia de Bulgaria (2004), el profesor R. J. Crampton (1940) recoge los cambios que se han producido en Europa del Este desde la Prehistoria hasta la presente democracia. Su estudio detalla la creación del estado búlgaro, las diferentes conquistas que lo tomaron y los datos biográficos de los nacionalistas que dieron forma a la liberación política en el año 1878. La parte más interesante del ensayo se encuentra en las páginas finales cuando el historiador describe el levantamiento y caída del régimen comunista y las secuelas que causó en la población.

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Boulevard Vitosha / Lara Adell

El Boulevard Vitosha es una de las calles más representativas de la ciudad. Si comenzamos nuestra visita por ella, seremos testigos del brutal cambio que ha sufrido Sofia en tan solo unas décadas. Esta calle semipeatonal con railes de tranvía embutidos en el pavimento y castaños a ambos lados era, en los años setenta, la principal suministradora de productos de primera necesidad si el vecino búlgaro iba con su correspondiente cartilla de racionamiento.  Cincuenta años separan el mundo comunista del capitalista.

Con vistas al Monte Vitosha, su paseo se prolonga hasta la antigua ciudad romana de Serdica. Las recientes obras del metropolitano sacaron a la luz fragmentos de lo que fue la morada de los primeros habitantes del lugar, allá por el Siglo IV, donde la iglesia de Santa Petka es el templo más antiguo del complejo. En este conjunto arquitectónico el viajero se puede mover con total libertad hasta desembocar en la mezquita Banya Bashi o mezquita de los Baños, obra y construcción de los turcos otomanos que en el año 1454 irrumpieron en el país y lo gobernaron hasta 1878, año de la Liberación del país, anteriormente mencionada.

Iglesia de Santa Petka / Lara Adell

Si el viajero cruza la Avenida Princesa María Luisa y deja a su derecha el Mercado Central de Sofia verá cómo, encastrada entre los diferentes edificios que la rodean, la cúpula negra de la sinagoga judía resalta entre el resto de construcciones.

Poca gente sabe que dentro de esta sinagoga sefardí se encuentra el museo de los judíos de Bulgaria donde se ubican más de tres mil objetos, la mitad de los cuales provienen de España. Vestimentas, escrituras e incluso, los fieles del lugar se atreven de decir que, entre sus paredes, se encuentran las famosas llaves de Toledo: llaves que los judíos españoles se trajeron consigo cuando, expulsados por los Reyes Católicos, tuvieron que abandonar sus hogares.

La mezcla de culturas, lenguas y religiones es sorprendente si el viajero piensa que en tan son 300 metros se alzan los diferentes templos que han dejado los imperios a lo largo de los siglos. Romanos, turcos, judíos, armenios y rusos compitieron para grabar su impronta y vaya si lo hicieron: Sofia tiene más iglesias que bares.

Sinagoga judía / Lara Adell

En el libro del escritor Miroslav Penkov (1982) se aprecian bien los detalles culturales y geográficos, pues la historia que narra está basada en un pequeño pueblo fronterizo entre Turquía, Bulgaria y Grecia. Un lugar envuelto en misterios paganos donde Mil cigüeñas negras (Seix Barral, 2016) anidan entre robles gigantescos y viejos fantasmas familiares que volverán a la vida gracias al regreso del protagonista búlgaro y al enamoramiento de una joven musulmana.  

Si fuéramos artistas y tuviéramos que dibujar Sofia compraríamos muchas témperas de color amarillo pues a medida que el viajero avanza en el recorrido de la ciudad, se siente abrigado por este color. Bucólicos senderos de arenilla mueren en edificios más antiguos que el sol. Eso sí, que no se achante el forastero frente a los letreros en lengua cirílica: la población, agradecida de que Occidente por fin los mire con buenos ojos, se volcará en ayudarlo excepto si de noche y osa parar un taxi, entonces no habrá suficientes ojos para ver como el conductor hace la rocambolesca maniobra de enseñarle la oscuridad que caracteriza todos los suburbios de su ciudad. 

Tranvía número 12 por las calles de Sofía / Lara Adell

Acompañada por un par de libros sobre el país y amparada por la suave presencia de uno de mis mejores amigos emprendí el viaje a Sofia sin una búsqueda concreta ni un propósito determinado.  Lo que descubrí me sorprendió a medida que la conocía. Su gastronomía, paisaje y resistencia hizo que la situara muy por encima de otras ciudades europeas que, a base de complacer al turista, han conseguido perder la esencia de sus raíces. La característica canción que tienen los autóctonos de pronunciar su nombre con acento en la ó me acabó de convencer de su autenticidad.

Cuenta la leyenda que cuando Dios creó el mundo se olvidó de colocar a Bulgaria en el mapa y que, presa de su error, se apresuró a darle un trocito de tierra al este del Paraíso. Así es como veo yo Bulgaria. Frescos como una nación que crece y unidos como el botón que busca la entrada de su ojal.

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