Sobrevivir en la adversidad

Sobrevivir en la adversidad

Siempre que leo una novela cuya trama se desarrolla con sus personajes inmersos en una guerra, doy gracias una y mil veces porque no me haya tocado a mí vivir algo parecido.

La angustia y el miedo acaparan todos los sentidos, todo es desolación y destrucción. Tristeza y caos.

Aunque lo que más me impresiona son las ganas de vivir latentes en cada uno de nosotros. Por encima de todo ese dolor, ese instinto de supervivencia nos hace salir adelante, reponernos ante situaciones que parecen imposibles de superar.

Uno ha de coger fuerzas de esos pequeños gestos, de una cotidianidad casi perdida, como sentir la seda de unas medias deslizándose por nuestras piernas, pintarnos los labios y conseguir por un momento volver a ver en el espejo a esa persona que fuimos antes de que todo estallara a nuestro alrededor… Son esos detalles superficiales, casi frívolos, los que nos reafirman en nuestras ganas de vivir, ganas de volver a recuperar parte de nuestra identidad.

En ‘Hindenburg’, Cristina Cerrada (Madrid, 1970) nos acerca a Rhaza, una mujer que malvive en una ciudad de Europa del este asolada por la guerra.

Profesión: limpiadora y traficante

Rhaza es una superviviente. Con una madre enferma y una hija adolescente, a pesar de su profesión como química antes de la guerra, ahora se dedica a trabajar como limpiadora en una fábrica de medicamentos. Medicamentos que roba para vender en el mercado negro.

Las circunstancias han hecho de ella una mujer fuerte y luchadora que no tiene miedo y no se detiene ante nada. Ni ante las continuas violaciones que sufre por parte de un encapuchado que, noche sí y noche también, se introduce en su casa y la toma por la fuerza.

Ambigüedad y crudeza

Si hay una palabra que defina el estilo de la autora en esta historia es: crudeza.

Un lenguaje crudo. Frases cortas, muy cortas, que van al grano. Sin florituras, sin descripciones excesivas. Una violencia descarnada narrada de igual modo. Nos encontramos con una historia cortante que te envuelve de esa ferocidad que la protagonista siente en sus propias carnes.

El sexo en su vertiente más brusca tiene un papel destacado en la narración. Todas las escenas sexuales que en ‘Hindenburg’ se cuentan están muy alejadas del erotismo. Un sexo rabioso, doloroso, es el único que aquí tiene cabida.

Siguiendo con los juegos narrativos de los que hace uso la autora, no sabemos en qué ciudad nos encontramos, ni en qué país.

Esa ambigüedad buscada por Cristina es un acierto que le dará, si cabe, más verosimilitud a la lectura, porque realmente la guerra nos hace iguales a todos, da igual tu procedencia, tu idioma… todos somos iguales ante la presencia de un conflicto bélico.

Con continuos saltos temporales que te desubicarán más aún, moviéndonos entre el pasado y el presente, de un lugar a otro, nos iremos adentrando en la parte más sórdida de la guerra, la violencia que se desencadena durante una contienda, el mercado negro y la vulnerabilidad de los más frágiles.

LZ 129 Hindenburg

Al igual que el zeppelin Hindenburg surcaba los cielos del mundo desde marzo de 1936, este dirigible, o la que fue su historia, irá apareciendo por las páginas del libro.

63 fueron los viajes que logró realizar el Hindenburg, siendo el último el que llevó a cabo el 6 de mayo de 1937 cuando se estrelló en New Jersey. Fueron 35 las personas que fallecieron de las 97 que iban a bordo, a lo que hay que sumar la muerte de un operario que había en tierra y que también murió a causa del accidente.

Podemos hacer una lectura de la historia de esa nave voladora, cuya presencia en el firmamento podía parecer casi mágica, como esa esperanza que sentimos al verlo en las alturas, un vuelo el del Hindenburg, que finalmente acabó en tragedia.

En nuestra historia, Rhaza se siente fascinada por todo lo que rodea al dirigible, un aparato que a diferencia de los aviones no necesita movimiento ni alas para volar, se sustenta de gas, llegando a parecer que forma parte del mismo firmamento. Y así, leyendo e informándose sobre el Hindenburg deja de pensar. Deja de pensar en el futuro que en tiempos de guerra es más que nunca incierto. Un futuro que no sabes si llegará.

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