Sin desviarse de lo esencial: poco dinero, mucho talento

El desvío, la película de serie B más famosa de la historia. La leyenda dice que se rodó en una semana y con muy poco dinero. Lo primero probablemente sea falso, lo segundo se nota nada más ver la película

Sin desviarse de lo esencial: poco dinero, mucho talento
El desvío (Detour, Edgar G. Ulmer, 1945)

Supongo que hoy quedan pocos ya que no hayan descubierto las virtudes de El desvío (Detour, Edgar G. Ulmer, 1945), la película de serie B más famosa de la historia. Por si acaso, repasemos de nuevo estos sesenta y poco minutos de puro noir.

La leyenda dice que se rodó en una semana y con muy poco dinero, de ahí la B que lleva a gala. Lo primero probablemente sea falso, lo segundo se nota nada más ver la película. Rodada prácticamente en decorados, con soluciones como soltar niebla en la calle para que no se vea que no hay nada en ellas (e identificarlas con planos de sus nombres), o como las habituales conversaciones en coche con imágenes de bullicio urbano detrás. También hay muy pocos personajes y actores en nómina y hasta el coche que aparece era el del propio director.

¿Es toda esa precariedad un problema? Al contrario. El desvío hace de su sencillez una virtud cuando lo que nos cuenta es una historia de soledad y opresión, cercana casi a la angustia existencial posbélica, aunque tal vez se ambiente en la depresión. El pianista nocturno Al Roberts (Tom Neal) viaja a Hollywood a buscar a su prometida y por el camino se encuentra con un destino inexorable que le lleva a quedarse con un coche que no es suyo, ya que el dueño ha muerto, y a encontrarse con un ángel que se torna diablo pues le acusa de asesinato y Al no puede demostrar su inocencia.

Tom Neal nunca fue una estrella. De hecho, es casi un personaje noir: empezó como boxeador y condenó su carrera en el cine por su carácter, cuando le partió la cara a Franchot Tone. Incluso en los sesenta pasó por la cárcel por homicido imprudente… de su tercera mujer.

Sin embargo quien roba la función es Ann Savage como Vera. No es la primera femme fatale del cine, ni la más guapa o escultural, pero Vera transmite una verosimilitud, carnalidad y peligrosidad, tan salvajes como inesperadas. La vemos haciendo autostop con ropa poco elegante y aspecto sucio y casi comprendemos que Al sienta lástima por ella, como alma gemela en este desierto de perdedores que es la película. Una vez en el coche, Vera está cansada y silenciosa y hasta se queda dormida, pero su depertar es un estallido: “¿¡Qué has hecho con el cadáver!?”. En una terrible casualidad, ella había pasado por el coche del difunto y lo reconoce, empezando a tejer una tela de araña insoportable para Al.

Su relación va del odio a la insinuación, con varias gotas de alcohol barato (fotos promocionales apoyada en una farola tal vez sugieran el pasado de Vera). Al es fiel a su idealizada novia (que, recordemos, le ha dejado para probar suerte en Hollywood: no hay santos en esta película) y rechaza con desprecio a Vera. La chica ahoga sus penas y sus toses, pues respira como Camille, referencia cultural que hasta ella entiende y preludia su sentencia de muerte. No será la tisis lo que acabe con Vera, sino una muerte tan ridícula como inesperada, lo que la convierte en inolvidable y necesaria para el argumento. No hace falta revelar más y, en realidad, los amantes del noir ya sabemos que no hay salvación.

La película se cuenta en primera persona como declaración al espectador de lo ocurrido y, desde el principio, el protagonista se muestra cínico y desesperanzado. El arranque en uno de esos cafés de carretera americanos muestra su carácter: “¿Hacia dónde va?”, le molesta el clásico parlanchín de barra. “Al este”. “¿De dónde viene?” “Del oeste”. “Ya. ¿De Los Ángeles?” “Puede”. “Tengo un primo en Los Ángeles…” “¡No me diga!”. Pero esa actitud no es solo por lo que nos va a contar, sino que ya impregna la película y a sus personajes desde antes de la tragedia. “Algún día llegarás al Carnegie Hall, Al” “Sí, como portero. Debutaré en el sótano”, le decía a su novia en tiempos felices.

El desierto como reflejo de la soledad. No hay amigos. No hay secundarios de peso. Hasta el malogrado dueño del coche era un timador que iba a estafar a su padre. El título de la película parece sugerir el tópico de los caminos que podemos escoger, si queremos acertar en nuestra vida. Sin embargo, me temo que lo que queda claro es que no hay desvío posible ante el destino fatal. Ya sea por la depresión, el paro, la guerra o el carácter, la angustia devora esta minijoya de serie B, que es el sueño de todo realizador. Que el oropel de las superproducciones no nos confunda: con poco dinero y mucho talento también se entra en la historia.

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