Ser capaz de parar, la clave del éxito

Puede que Simone Biles todavía no sea consciente de que la lección que ha dado sobre el tapiz del Ariake Gymnastics Centre pasará a la historia y será recordada, con más intensidad incluso, que un ejercicio para el oro.

Ser capaz de parar, la clave del éxito
Ilustración de Pepe Farruqo

Simone Biles ha hecho historia en Tokio. En su carrera hacia el podio olímpico, ha dado saltos imposibles nunca antes ejecutados en campeonatos de mujeres. Ha resuelto con una técnica impecable piruetas en las que resulta imposible llevar la cuenta de los mortales de la gimnasta norteamericana. Biles ha trascendido el mundo deportivo y se ha convertido en un espectáculo mediático. Desde que saltó a la fama en los juegos de Río de Janeiro de 2016, en los que se colgó cuatro oros, se ha coronado como reina indiscutible del tapiz. Desde entonces, la joven Biles ha abarrotado estadios y se ha convertido en una leyenda. Algunos expertos la consideran ya la mejor gimnasta de todos los tiempos, destronando incluso a Nadia Comaneci. Tanto es así que la plataforma Twitter diseñó por primera vez un icono propio para un deportista: un emoji de una cabra con maillot, por el apodo GOAT, que significa “cabra” en inglés, y que además es el acrónimo de “Greatest of all time” o lo que es lo mismo “la mejor de todos los tiempos”.  

Lo que nadie se esperaba es que la gimnasta fuera Trending Topic, por sus movimientos fuera del tapiz olímpico. Biles entró a un estadio de Ariake en silencio, casi vacío. Aunque sin la ovación que habitualmente la acompaña, la deportista era consciente de que millones de espectadores en todo el mundo se agolpaban al otro lado de las pantallas pendientes de su actuación. El mundo entero esperaba de ella la perfección. Un salto histórico, sin defectos, limpio. Sin embargo, lejos de ejecutar los tirabuzones imposibles con la potencia que la caracteriza, la deportista se rompió sobre el tapiz. La esperada campeona se dio media vuelta y abandonó el estadio olímpico dejando al equipo norteamericano pendido de un hilo. 

Puede que Simone Biles todavía no sea consciente de que la lección que ha dado sobre el tapiz del Ariake Gymnastics Centre pasará a la historia y será recordada, con más intensidad incluso, que un ejercicio para el oro. La deportista ha desmitificado el deporte de élite, ha destruido esa imagen mitológica, casi de semidios, que se ha construido en torno a su persona y ha dicho basta a la sobreexigencia y a la presión a la que vive sometida. “Quiero volver a casa”, pronunció la gimnasta ante la estupefacción del mundo entero. 

El «privilegio» que le vino grande a Djokovic

Aunque muchos han aplaudido su decisión, otros han aprovechado la mal entendida vulnerabilidad como un acto de cobardía, para desmerecerla. Lejos de mostrar empatía hacia su compañera de competición, el tenista Novak Djokovic lanzó un dardo envenenado a la joven norteamericana. «La presión es un privilegio. Sin ella no existiría el deporte profesional. Si tu objetivo es estar en la cima de tu deporte, lo mejor es que comiences a aprender a lidiar con la presión y los momentos difíciles, tanto en la pista como fuera de ella”, decía el serbio en relación al abandono de la gimnasta. 

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Menos de 24 horas después, Djokovic fue derrotado por Pablo Carreño en Tokio. El español le arrebató la medalla al favorito, al que se esperaba que fuera uno de los laureados de estos Juegos Olímpicos. Perder el metal suponía no conseguir el Golden Slam. Iracundo, Djokovic, destrozó su raqueta contra el suelo mientras vociferaba, rojo, convertido casi en una imagen caricaturesca. Después, lanzó el amasijo de hierros a las gradas, afortunadamente vacías de público, antes de abandonar airado el estadio. 

Los detractores lo han asociado a su carácter temperamental y a su espíritu competitivo. En su caso, no se ha mencionado, ni de refilón, que el tenista pueda estar experimentando un episodio de desequilibrio similar al de Biles. El propio Djokovic parece haberse olvidado de sus retiros en el templo de Wat Mahathat de Bangkok para paliar su ansiedad con la meditación. La realidad, le guste o no al serbio, es que la presión que él ahora considera “un privilegio” le ha jugado una mala pasada en el campo. Novak Djokovic se ha roto igual que Biles. Pero a diferencia de la norteamericana, que logró identificar que no se encontraba en un momento óptimo para competir y abandonó la competición de una forma contenida e inteligente, el serbio lo ha hecho de forma explosiva, incontenible y colérica. 

Si algo hemos aprendido de estos juegos es que a veces, hasta los mejores del mundo, necesitan parar. No somos máquinas, “somos humanos”, pronunció Biles. La sobreexigencia y el exceso de presión, lejos de la creencia absurda que tanto se ha popularizado en estos últimos tiempos de que resulta estimulante, nos oprime, nos bloquea y, de no decir basta, termina por aplastarnos. 

Simone Biles regresa a casa, donde tendrá que recuperarse, con dos merecidas medallas colgadas al cuello. Se ha demostrado a sí misma, y al mundo entero, que es capaz de competir al más alto nivel pero, sobre todo, que lejos de un fracaso o una decepción, parar a recomponerse, a veces, es la clave del éxito.

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