Rosa Peral, presa por el crimen de la guardia urbana: ¿santa o demonio?

Luis Artigue escritor

El Crimen de la Guardia Urbana: una agente de la ley morena, agitanada y guapa como la judía que sale en Ivanhoe encarcelada junto a un compañero del cuerpo y examante, ambos acusados de matar, meter en el capó de su coche y quemar con gasolina al novio de esa bella guardia urbana… ¿Parece el libreto de una gran tragedia de teatro, o, más bien,el guión de una película de psico-thriller?

¡Desde luego he aquí una historia rebosante de morbo y poder narrativo que nos lubrica la imaginación al tiempo que nos llena de preguntas (preguntas que, o bien pueden analizarse con sutileza moral, o se puede ir a ellas como irían a ver qué pescan un equipo de proctólogos vestidos de buzo)…

Las preguntas son éstas: ¿Rosa Peral, como esos personajes que ama Hollywood, es de verdad una psicópata fría como el hielo y con un horno en la entrepierna?… ¿O más bien, como en una tragedia de Shakespeare, se trata de una mujer desafortunada en amores, aunque recién re-enamorada (de Pedro),y con mucho miedo de la masculinidad rudimentaria y con motor de cuatro tiempos de su ex (Albert), la cual, como Helena de Troya, con su belleza provoca una guerra sangrienta? ¿Y ella es causante u objeto de la guerra a muerte entre Pedro y Albert, guerra que acaba con el asesinato brutal del primero?

Tras el crimen Rosa Peral –y he aquí un punto de inflexión en el caso de difícil justificación lógica- no denuncia a Albert, su ex, hasta pasados quince días…

Ella dice que fue porque le tenía miedo…

¿Miedo? ¿Y entonces ese miedo a la masculinidad saturada de Albert, a Rosa la mantiene sumida, en lo que se refiere a la relación confusa y contradictoria con este ex (Albert), en una suerte de Síndrome de Estocolmo (algo por otra parte habitual en los casos de trastorno afectivo asociado al maltrato de género)?

¿Es esa una posibilidad?…

Estamos hablando, queridos amigos que seguís esta sección de crónica policial-judicial, no tanto del crimen de la guardia urbana sino, sobre todo, de su notable eco en la prensa. Y, a ese respecto, no hay duda de que lo que interesa hacer es de ella no un personaje de gran tragedia teatral, sino de thriller erótico hollywoodiense tipo Instinto Básico…
¿Pero ella en verdad es Sharon Stone, o más bien Juana de Arco encarcelada injustamente por su santidad?

Al respecto de todas estas preguntas creemos que, si en verdad esto fuera una obra de teatro de Shakespeare, no se subtitularía El crimen de la Guardia Urbana, si no que se titularía más líricamente algo así como La rosa de Albert, y quedaría bien claro que aquí hay tres personajes (a saber, sí, Rosa Peral, una guardia urbana de belleza tan evidente que a sus compañeros, y no digamos a sus detenidos, se les sale el aceite por todas las bielas con solo mirarla; Pedro, también guardia urbano y último novio de Rosa Peral, un tipo con aura de pagafantas integrado en la casa y la familia de Rosa; y Albert, igualmente guardia urbano, hombretón contundente experto en full contact, el cual fuera en tiempos novio de Rosa Peral, y que, al parecer, nunca ha llevado bien su condición de ex)…

Y el gran William Shakespeare no tendría ninguna duda de que esto, aunque con tres personajes, es una obra de teatro sobre dos grandes pasiones (concretamente sobre los celos del moro de Venecia Otelo-Albert y sobre el miedo de Rosa-Desdémona a su negro Otelo), y por añadidura, que esto es una obra de teatro sobre las conductas criminales derivadas de estas dos grandes pasiones: los celos y el miedo…

Pero estamos en el siglo XXI y esto no es una obra de teatro de Shakespeare, sino una noticia de crónica judicial-policial dotada de tal barniz de morbo que se quiere hacer de ella, ya decimos, algo así como una futura película con sexo, sangre, turbiedad moral, villanos complejos y final legal feliz.

Y, para conseguir hacer de esta noticia una película de masas, no hay que detenerse en vericuetos morales ni hay que hablar mucho ni de Pedro ni de Albert, que han de ser dos personajes planos: el personaje que más mola aquí es ella, Rosa Peral (ella, la guardia urbana quisquillosa, distante, fría y de tez casi blanca como una cucharada de esperma).

Y por eso no se ha de dudar en insinuar, al respecto de Rosa, no que tenía miedo de su exnovio Albert, sino que lo que tenía era un máster en donjuanismo femenino y otro en manipulación ladina psicopática: todo de modo tal que fue capaz de seducir a un cómplice de asesinato (Albert) para que matara a su novio por ella (a Pedro) en la propia casa de Rosay, para colmo de la villanía, estando sus hijas en la habitación de arriba…

¡Ahí sí que hay una película comercial; no dejemos que la realidad nos estropee un buen argumento de película de masas!

Y sí, la diferencia entre Shakespeare y los guionistas de Hollywood es que, frente a la agudeza psicológica y humana del genio teatral inglés, a los guionistas americanos al respecto de esta noticia no se le ocurriría destacar ni por asomo que ella, la encarcelada Rosa Peral, la malhechora de libro, es también una madre de familia con psiquismo de aliviada pero sonrisa sin concluir; una sospechosa de haber sufrido maltrato psicológico de género, pero que había intentado rehacer su vida con Pedro (la víctima), y en los tiempos que anteceden al crimen ella y Pedro hasta se mandaban por San Jordi libros dedicados con notas de amor empalagoso, tal y como consta en el sumario…

Y es que ¡demonios!, eso, que ella fuera una exmaltratada tratando de rehacer su vida pero con querencia traumática para con su ex y supuesto maltratador, resulta ser algo que no solo a Rosa casi la exculpa a ojos de los espectadores (lo cual no interesa, bien lo sabe Hollywood, venden más las sicópatas), sino que además la redime (y así, con Rosa con posibilidad de exculpación o redención, esta noticia con tanta vocación de guión de cine no vendería una mierda)…

Tampoco se meterían mucho en Hollywood al analizar este caso en el tema de que Rosa Peral en realidad no tenía móvil para el crimen (podría haber dejado a Pedro y ya está, ¿qué aportaba lo de matarle?, ¿Y qué aportaba lo de matarle además de ese modo, con tan demorado sadismo?)… A Hollywood eso le da igual, solo le importa su película, como le da igual el hecho de que, antes aún del juicio legal, a Rosa Peral ya la hayan condenado los periódicos, las televisiones y demás.

Rosa Peral, en definitiva, puede ser una pobre mujer de tragedia de Shakespeare desafortunada en amores, traumada y enganchada emocional y sexualmente a un ogro negro como Otelo, o puede ser una sicópata perversa…

Pero esto solo venderá tanto como para convertirse en película que marca época si lo contamos todo como un crimen de lencería, y conseguimos que Rosa Peral, que en el imaginario social ya se la presupone con un horno en la entrepierna porque tiene formato de mujer por la cual fuiste arrastrado a un crimen porque su mirada, su perfume o su manera de fumar te abocó a ello, se parece en todo a una de esas psicópatas ninfómanas y ladinas de las películas de Hollywood tipo Instinto básico capaces de tomar parte así, hasta con gusto, en un crimen como éste efectuado con hacha o moto sierra de por medio, y hasta con ocultación de cadáver en maletero (al más puro estilo de Quentin Tarantino, por cierto)…

Lo de menos son las preguntas sin certera respuesta que hay aún en este caso, del tipo: ¿si Rosa Peral mató a Pedro y ella quemó el coche con la complicidad de Albert, por qué Albert fue a la casa del crimen y entró saltando la valla?¿Y por qué, si como dice Albert fue Rosa la que mató a Pedro y quemó su coche con el cadáver dentro, él fue con ella hasta el pantano?¿Y por qué, si ella lo premeditó y ejecutó todo, fue él, Albert, el que está demostrado que compró la gasolina?… Y lo de menos es que Rosa Peral aún no haya sido juzgada legalmente.

Lo único que importa es la película que nosotros nos hagamos de esta historia.

¿O no?

Luis Artigue – escritor.

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