Rodrigo Lanza espera su sentencia por el “crimen de los tirantes”

Rodrigo Lanza, acusado de matar a Víctor Laínez por llevar unos tirantes con la bandera de España defiende su legítima defensa, mientras que Fiscalía y acusación insisten en que fue un crimen por odio con alevosía

Rodrigo Lanza espera su sentencia por el “crimen de los tirantes”
Rodrigo Lanza ha cambiado radicalmente su imagen para afrontar su juicio por asesinato

Una presunta discusión por unos tirantes con la bandera española estampada acabó en diciembre del 2017 con la vida de Victorino Laínez, un zaragozano de 55 años a quien la Falange Española de las JONS reconoció como uno de sus miembros.

Estuvo cuatro días en coma. El día 11 de ese mes falleció en un hospital de la capital de Aragón por los golpes propinados por Rodrígo Lanza Huidrobo, que ya había estado en la cárcel por dejar tetrapléjico a un guardia urbano de Barcelona.

El pasado 4 de noviembre se inició la vista oral contra Lanza por este crimen y este lunes, tras quince días de intermitentes declaraciones en la Audiencia de Zaragoza, se concluyó la vista a la espera de sentencia.

El Ministerio Fiscal y la acusación particular en nombre de la familia de la víctima solicitan una condena de 25 años de prisión para el acusado por el presunto asesinato por odio, con alevosía y ensañamiento, de Víctor Laínez, así como el pago de una indemnización de 150.000 euros a la familia de la víctima.

Todo lo contrario defiende la defensa de Lanza, quienes aseguran que el acusado actuó en todo momento “con el fin de defender su vida, tras el ataque sin motivo de Laínez”.

Por ello, el abogado del investigado, Endika Zulueta, apeló a la conciencia de los miembros del tribunal para que no declararan culpable a Rodrigo Lanza si albergaban la más mínima duda sobre cómo sucedieron los hechos.

Y es que, según la defensa, son «muchísimos» los interrogantes que han quedado sin resolver durante el juicio, principalmente, por los «graves errores» que atribuyen a los investigadores de la Policía, los forenses que hicieron la autopsia o las psicólogas que examinaron al acusado.

Dejó a un Urbano en silla de ruedas

Sin embrago, Lanza no sería la primera vez que entra en prisión como consecuencia de un delito que tiene que ver con el odio. En 2008 la Audiencia de Barcelona lo envió a prisión cinco años por dejar postrado en silla de ruedas de por vida a un agente de la policía municipal de Barcelona en los incidentes ocurridos en una casa okupa de la calle de Sant Pere Més Baix (en Ciutat Vella), donde se celebraba una fiesta el 4 de febrero del 2006.

El documental ‘Ciutat Morta‘, dirigido por Xavier Artigas y Xapo Ortega y en el que aparecía el acusado, puso en tela de juicio el proceso que lo llevó a prisión.

Tras la emisión del documental en TV-3 y la repercusión mediática del que se denominó ‘caso 4-F’, en 2015 Lanza, de origen chileno y pasaporte italiano, abandonó Barcelona porque, aseguró, la Guardia Urbana le acosaba. Fue entonces cuando se trasladó a Zaragoza.

El crimen de los tirantes

Años más tarde de este primer incidente y según relata el auto de la jueza instructora, Láinez se encontraba a las 3.00 horas de la madrugada del 8 de diciembre de 2017 en el bar Tocadiscos, en Zaragoza, en actitud tranquila, y vestía unos tirantes con la bandera de España.

Fue entonces cuando Lanza, acompañado por tres personas, entró al local y comenzó a hablar con la víctima. En cierto momento, el presunto homicida llamó «facha y fascista» a Láinez y este, según el relato del acusado, le respondió llamándole «sudaca».

Unos veinte minutos más tarde, Lanza y sus amigos salieron del local antes de que lo hiciera la víctima. Entonces, volvieron a enfrentarse verbalmente, según recoge el auto judicial, «sin que existan pruebas de que Láinez llevara ningún tipo de navaja o cuchillo». Pues Lanza insiste en que éste le atacó previamente con un cuchillo.

Láinez volvió a entrar al bar y el acusado, lo siguió de manera repentina «para atacar por detrás» y le propinó un primer golpe en la cabeza que le hizo caer al suelo. Ahí, le empezó a dar «puñetazos en la cabeza y una patada muy fuerte en la cara».

De acuerdo con la jueza, no consta que Láinez, que falleció cuatro días después por un severo traumatismo craneoencefálico con parada cardiorrespiratoria, llevara navaja u objeto semejante ni que mostrase actitud agresiva o violenta. Según el auto, no presentaba lesiones que indicaran la existencia de defensa o lucha, pero sí varias en el tórax y en el abdomen «compatibles con contusiones con un objeto duro y romo, más o menos circular».

Lanza defiende su autodefensa

Lanza esgrime la legítima defensa porque, según en su versión, la víctima intentó agredirle con una navaja y él solo repelió el ataque, empujándole con patadas y golpeándole en la cara porque no cesaba en su propósito. Pide la absolución o, alternativamente, que se le apliquen una serie de atenuantes. Además, remarcan los muchos interrogantes que han quedado sin resolver.

En su última intervención ante el tribunal, Lanza aprovechó para pedir perdón a la familia del fallecido e insistió en que fue “a aturdirlo para poder huir, nunca quise provocar unas lesiones tan graves y menos la muerte. Lamento lo que ha pasado, pero también siento llevar años preso por defender mi vida, me frustra mucho».

Sin embargo, la acusación y la Fiscalía consideran que Lanza tenía “la clara intención de acabar con su vida, o al menos, siendo plenamente consciente de que golpeándole con tanta violencia esto podía ocurrir”.

Para la Fiscalía, el abogado de la familia y el de la acusación popular, lo ocurrido la madrugada del 8 de diciembre de 2017 en el bar Tocadiscos de Zaragoza no fue una simple pelea de bar de infausto resultado, sino un asesinato con alevosía para el que no hallan otro móvil que el ideológico.

Al margen de si Rodrigo Lanza vio o no que Laínez llevaba puestos los tirantes – pues este es otro de los interrogantes – sus propios acompañantes aquella noche declararon que lo que motivó que Lanza se acercara a hablar con la víctima fue el comentario de uno de sus amigos, Pablo M., quien le dijo al entrar en el local «que la persona que estaba en la barra tenía ideología fascista».

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