Rey emérito, no eres mejor que Urdangarín

Una noche, pusimos la tele y su majestad, el rey, Juan Carlos I, en su discurso de Navidad, dijo enfático: «Todos somos iguales ante la ley», y añadió que todos, desde esa igualdad, tienen que rendir cuentas ante la Justicia.

Rey emérito, no eres mejor que Urdangarín
Iñaki Urdangarín y el Rey emérito Juan Carlos I

Érase una vez, un fiscal anticorrupción que investigaba el caso Palma Arena. Hurgando aquí y allá, al inquieto fiscal, mira por dónde, le apareció un papelito que sugería que —quizá—, en un momento dado, el yerno del rey, el exolímpico, Iñaki Urdangarín, podía haber metido la mano en el cazo, aprovechándose de que era el yerno de «su majestad». 

El fiscal se compró una carpetilla fucsia y la etiquetó como «IÑAKI». Y, poco a poco, mientras investigaba lo de rigor, recogía más y más indicios que, como en un incesante goteo, iban alimentando esa carpeta. El fiscal, listo, (como todos los fiscales de primera fila), experto en nadar y guardar la ropa, y de hacerlo con la impunidad que les permite el sistema, fue alimentando la carpeta sin necesidad de que un juez la transformase en materia criminis o en materia fungible (que todo es posible entre togas). Y pasaban los días, y la carpeta, como el asunto, se hacía cada vez más y más gorda.

El arma, bien cargada… 

El fiscal abrigó, sin duda, la profunda convicción de que, en aquella carpeta, había combustible suficiente para empujar las posaderas de Urdangarín hacia una celda taleguera pero, en aquel momento, no le dio el trámite que, de acuerdo con la ley, tenía que haberle dado. Como el cazador experto, su señoría el fiscal, aguantó el dedo en el gatillo hasta el momento oportuno —que no siempre es el que más apetece— pero sí el que más conviene.

Estrategia contra el poder

La senda es, a menudo, tortuosa, pero siempre es más efectiva que el camino oficial, pensó el ilustre representante del Ministerio Público, amparado en la nula rendición de cuentas en la que vive y de la que disfruta nuestra Fiscalía.

Y siguieron llegando papeles. Y la carpeta crecía y crecía y, aun haciéndolo, nunca parecía suficiente. Casi, lo del fiscal, parecía una huida hacia adelante. Casi, porque el pueblo movió ficha. Los de Lepe (y esto no es una broma, sino una constatación objetiva) empezaron a parir y a difundir chistes acerca de Urdangarín y su amor por el dinero fácil. En Lepe y en toda España, los papeles que se le caían al fiscal y que recogían —ávidos— determinados periódicos, se transformaban en denuncias malditas (es decir, no bendecidas todavía), que adoptaban forma de runrún social. 

Mecha encendida

Del Palma Arena se pasó a la carpeta, luego a Lepe y, más tarde, tras del runrún, llegó la puntilla. 

Una noche, pusimos la tele y su majestad, el rey, Juan Carlos I, en su discurso de Navidad, dijo enfático: «Todos somos iguales ante la ley», y añadió que todos, desde esa igualdad, tienen que rendir cuentas ante la Justicia. Las denuncias contra Iñaki Urdangarín dejaban, desde aquel momento, de ser malditas.

A Iñaki, si es que su esposa no le había alertado, se le atragantaron aquella noche los mazapanes . «Ya no tengo red ni cobertura ni amparo ni ‹primo de Zumosol›. Estoy solo. Me sujetaba con una pinzas, me ha soltado y empiezo mi caída libre». 

Hay soledades que abrasan más que otras. La soledad del encumbrado-defenestrado debe de ser de las peores. Pocas semanas después de aquel discurso real, el fiscal anticorrupción presentó la querella contra Iñaki Urdangarín, querella que, años después, le llevó a la cárcel. Fue el principio del fin. Don Juan Carlos, como el célebre general Moscardó, sacrificó a su hija por España (Moscardó, a su hijo). Eso fue sentido de Estado, sí señor. La cabeza del yerno era el tributo que entregaba a una sociedad inoculada de lepismo, a cambio de perpetuar la inconsistente y cuestionada institución monárquica 

Primero juez; después acusado 

Pero, mire usted por dónde, que han pasado 10 años y resulta que quien está ahora en boca de los de Lepe es el rey Juan Carlos I, el emérito. 

El jubilado caza elefantes, junto a empresarios que le pagan la juerga por la patilla, mientras el campechano se carcajea del mundo y de sí mismo, como si no hubiera un mañana. 

Los deslices sexuales del emérito me interesan poco, tanto si de casta le viene al galgo como si se trata de una incontinencia sexual sobrevenida. Lo grave es lo de la pasta. Cuando el hijo renuncia a la herencia de su padre (que no a la corona) y retira al emérito la paga, Felipe nos está lanzando un mensaje claro. El mismo mensaje que el emérito le envió a Urdangarín y, de soslayo, ahora, también, al fiscal anticorrupción que acariciaba cada noche aquella carpeta fucsia henchida de papeles incriminatorios: se ha levantado la veda, señoría. 

La historia se repite

Dicen que el abuelo del emérito, Don Alfonso XIII, acuñó, antes de huir camino del exilio, una cita que los monárquicos subrayaron como épica: «Me voy, que por mí no se derramará en España una gota de sangre», y dio paso a la República. Algunos historiadores impertinentes (los mejores para destripar la historia oficial y, así, hacerla comprensible) relatan que esa frase la dijo «su majestad» sabedor de que si iba a la guerra, la perdería. De haberse sabido ganador o, como mínimo, con opciones, le hubiera importado un bledo los litros de sangre española derramada o por derramar. 

Primero, pues, el bisabuelo; después, el emérito y, ahora, su hijo, no han actuado guiados por una —digamos— filantrópica, altruista y digna postura de defensa de la verdad y del decoro institucional, no. Lo han hecho porque la bola de nieve ya es demasiado grande como para ser camuflada o eliminada. No lo han hecho, porque la cosa no tiene otra solución que el harakiri

Ni la inteligencia menos académica del Estado nada pudo hacer ante la maquinaria de agitación y propaganda de un pueblo como Lepe, verdadero indicador del estado de las cosas en este país nuestro. Eso, la fiscalía lo pilló al vuelo. 

Soledad real

Así, solo, como lo estuvo (y lo está) su todavía yerno, Don Juan Carlos I va a vivir lo que le quede con la sensación de que todo lo que toque lo va manchar con la grasa ennegrecida del descrédito, incluidos los libros de historia que leerán sus nietas. 

El emérito es ahora un viejo torpe, de risa bobalicona, inflado a base de buen yantar y de cortisona, que va tener que aprender a vivir sin reputación, sin reconocimientos, sin ese lugar en la historia que se adjudicó y que los demócratas, crédulos, no le cuestionaron, al menos de puertas afuera. 

Como ha tratado de decirnos su hijo con este anuncio tremendo sobre la desafección a su padre, el emérito es un ladrón y un mentiroso que amasó una fortuna mediante innombrables marranadas, cuyo montante escondió en la cueva de Ali Babá.

Y yo me pregunto, ¿si nos ha engañado en esto, nos habrá también engañado en todo lo demás? ¡Todo el mundo al suelo!

2 Comentarios

  1. Evidentemente, todo lo que escribe el articulista es cierto. Ahí están las hemerotecas que no me dejarán mentir. En la actuación de Felipe VI hay, a mi entender, un acierto total. No puede hacer otra cosa. La corona no puede rechazarla porque supone el cambio de régimen político. Para mí ha hecho lo correcto: renunciar a cualquier producto de estructuras financieras y comprometerse a renunciar a la herencia de su padre cuando se produzca el óbito de éste. Como la normativa española «obliga» a la famosa legítima, espero que, si es coherente, la done al Estado para que disponga de ella como quiera. de momento, sin embargo, zozobra por todo esto porque nos han quitado una venda de los ojos de forma brusca, aunque más de uno sospechábamos de que en el emérito no hay demasiado trigo limpio. A mí me han hablado de un personaje maleducado y grosero. Pero no puedo asegurarlo porque no he tenido «el honor» de conocerlo personalmente.

  2. Esto se hizo público hace un año, y es ahora con nocturnidad y alebosia en el peor momento que está pasando España cuando se hace público.
    Me parece aburrido un tema que todos saben y que nadie contaba y me parece aburrido eso que su hijo salga como héroe de algo que también a participado. Recuerdo que fue esa amante la que ayudaba a blanquear dinero quien organizó el viaje de novios de los reyes.. pero claro ellos no sabían nada.. y la infanta tampoco sabía nada de su marido, y Sofía y.. etc
    En fin que en España ahora mismo tenemos varios tipos de virus y para este no hay vacuna ni prevención.. solo queda cortar por lo sano con algo antiguo y medieval

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here