Retratos al natural: Julia Otero

Julia Otero pertenece a la estirpe cada vez más rara de la gente que respeta y ama el oficio que ha elegido, es influyente sin pretenderlo pero mereciéndolo, su opinión tiene peso y deja poso

Retratos al natural: Julia Otero

Veníamos de una España profunda que, a pesar de la Movida y la Gauche Divine, era, cuando más, un café de boulevard a esa hora en que es de noche ya para siempre (un café de artistas con terciopelos usados y carmesíes muy sufridos y maderas nobles desgastadas junto a grandes espejos y a camareros ancianos), cuando, de pronto, tras una precuela fulgurante en TVE, inauguró la radio de los 90 Julia Otero.

Julia Otero entonces, pelo recogido, cuello blanco, mirada luminosa de rubiez inaccesible, vislumbre inteligente de sus ojos-niña, de sus ojos-joya, y esa forma de elevar el mundo que tienen las mujeres que sabemos que no nos podemos permitir, hacia una radio nocturna sin voz susurrante, con su voz, la cual tuvo tanta personalidad, capacidad hipnótica y éxito que pasó a la franja de la tarde.

La radio de Julia era un soplo de aire nuevo, era un poco de todo, era entretenimiento y embeleso, eran conversaciones doctas y curiosas sobre temas de actualidad desde ángulos inopinados, eran entrevistas (ella tenía mucho de chica liberada y agresiva, aunque no lo pareciera a primera vista, a primera escucha, y en las entrevistas tocaba el corazón o un nervio del entrevistado o entrevistada, según se terciara, y eso dotaba a la conversación entre informativa y psicoanalítica de espectacularidad)… Todo coronado con un Gabinete o tertulia en la que participaban grandes conversadores, ideólogos de todo el espectro político y estético, y colaboradores amenos con alma de enciclopedia entre los que ha de citarse a su reverenciado Manuel Delgado, y, sobre todo, Juan Adriansens, a quien descubrimos gracias a ella (¡gracias; gracias!)…

Sí, era la realidad como un resol tardío, y ella allí, sentada en el poyo de la esquina de la radio, a la luz de dos calles (las dos Españas). Toda una fiesta vespertina de la democracia radiofónica donde cabían los tradicionalistas, los vanguardistas, los que pasaban y los que estaban de paso, los doctos, los cotillas, el pasado y el presente, pero no la vulgaridad.

Era ella.

Julia Otero en los 90, desde esa forma tan catalana y tan suya de ser de Monforte de Lemos, inauguró la radio nueva, la España nueva, sin el espíritu de otra época de Elena Francis y Encarna Sánchez, y sin la austeridad de, por ejemplo Concha García Campoy. Inauguró la radio moderna y nuestra; la radio de la tarde intelectual para todos los públicos.

Y, así, exportó un modus vivendi como de tolerante progresía chic con toques de feminismo avanzado a lo Simone de Beauvoir con Hélène Cixous y hasta con Judith Butler (un feminismo que conceptual y políticamente nos hizo entender que todos somos iguales en dignidad derechos y deberes, y que, así entendido, una sociedad más igualitaria y justa no es algo bueno para las mujeres sino bueno para todos). Y a su vez la radio de Julia aventó a través de las ondas el ecoperiodismo. Y la literatura opinativa y opinadora aplicada a la actualidad… Todo para decirnos sin decirlo a nosotros, los españoles que el único lema feminista que conocíamos era “POR UNA ESCOCIA ELEGANTE CON FALDAS DE TUBO”, que la verdadera belleza es la inteligencia, y que la auténtica revolución transformadora de este país es la de tratar de ilustrarnos con rigor y amenidad.

Por aquel entonces ella huía de su fama, y nosotros huíamos de nosotros mismos.

Pero en la España del crepúsculo de las ideologías, por decirlo con un libro de don Gonzalo Fernández de la Mora (uno que en su tiempo fue algo así como la Biblia de los nuevos mormones tecnocráticos), el rearme ideológico no estaba bien visto, y menos por la tarde. Y, claro, la echaron de la emisora de radio Onda Cero de modo fulminante al grito de “tu programa de radio es elitista”, que era algo bastante parecido a gritar “los que quieran ilustrarse que vuelvan a las obras completas de Maeztu, Vázquez Mella, Donoso Cortés, Balmes, Menéndez y Pelayo, Muñoz Alonso y Giménez Caballero, y a la radio de la tarde que vuelva Elena Francis”….

En 2007 volvió ella como Fray Luis de León, esto es, como si no hubiera pasado nada, a la misma cadena, Onda Cero, a hacer el mismo programa vespertino con el slogan de “es otra onda”.

Vino pues a ilustrarnos de nuevo con igual audacia, pero, eso sí, con más Territorio Negro, con menos Fernando Sánchez Dragó y más Juan Manuel de Prada (por suerte), con más clases magistrales, más gabinetes de autor con gente culta que sabe dialogar con seductora asertividad como Fernando Iwasaki, y con Elisa Beni que sabe monologar y tener razón o sino nada que no sea pegarle una patada al monopoli… ¡Y nos volvimos a hacer adeptos y adictos a sus tardes!

Pero como la madurez, al igual que la perspectiva, es un promontorio desde el cual mirar el mundo, nos impactó esta vez lo bien que había evolucionado Julia Otero (que parecía un vino caro con más años), y lo mal que lo había hecho su opinador estrella Manuel Delgado (el cual ahora hablaba como una ácrata y chulesca caricatura de sí mismo; el cual se había hecho vinagre)…

¡Y ahí sigue!

Julia Otero, la gran dama de la radio de nuestro tiempo, le da una acepción sofisticada, humanista y necesaria a la palabra comunicador.

De hecho España no es ya lo que describía Eduardo Haro Teglen en su libro Sociedad y terror dicen que gracias al aperturismo político, pero yo creo que debido en buena medida a la ventilación mental que promueve el periodismo voltaireiano de las Julias Oteros de esta España nuestra de moros y cristianos, o de oropeles y de barriada del infierno, pero sin nada en medio.

Pertenece JO, en definitiva, a la estirpe cada vez más rara de la gente que respeta y ama el oficio que ha elegido, es influyente sin pretenderlo pero mereciéndolo, su voz tiene peso y deja poso y, en esta España nuestra de opiniones tabernarias y juicios a quemarropa, Julia Otero ha ido madurando y haciéndose más ecléctica, más la Hypatia de Alejandria de nuestra radiofonía, pero sin renunciar a sí misma, así, como debieran hacer siempre tanto nuestra democracia como nuestra libertad de expresión (fue Lacan el que definió al ser humano como “ser parlante”, y, desde ese punto de vista, la libertad de expresión es la verdadera libertad, y por eso la radio libre nos libera tanto: ¡viva la expresividad!)…

Esta semana es el cumpleaños de Onda Cero.

Como una analogía del todo al glosar solo una parte, queremos, desde aquí, desde este rincón con alma, homenajear sentidamente a Julia Otero como para devolverle un poco de lo mucho que no sabe que nos ha dado.

¡Viva vivir así!

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