RESURRECCIÓN

El concierto de Love of Lesbian de ayer en Barcelona constata por encima de todo una cosa, que es que se puede recuperar la actividad de cultura para miles de personas y con ella, la economía basada en la calidad y no en la precariedad

Nuria González

Ya se que aún no es el día y que falta toda la semana para llegar al Domingo de Pascua. Sin embargo, les puedo asegurar porque yo estuve allí, que este sábado 27 de marzo de 2021, fue Sábado de Gloria para las 5.000 almas penitentes que pudieron ir al concierto de Love of Lesbian en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

5.000 afortunados y afortunadas que, tras pasar por no pocas precauciones, durante tres o cuatro horas volvimos a rozar la vida, suavecito y con todas las medidas de seguridad impuestas para que no se nos resquebrajara. La vida en la que la felicidad no era una quimera. La vida en la que la felicidad era algo aspiracional todo el rato, y que podías alcanzar inesperadamente junto a miles de personas en un momento. La magia, porque es magia lo que ocurre cuando se apaga todo, se hace el silencio unos segundos, y luego explota el escenario, los artistas, y con ellos toda la gente que te rodea, a quienes no conoces de nada, pero que, durante un instante, van a formar parte de ti y tú de ellos.

Formar parte de algo físico y feliz, junto con miles de personas (y que no sea el metro o una cadena de montaje en una fábrica), en medio de la condena de soledad y distancia a la que nos ha sentenciado la pandemia es algo no poco excepcional.

Lo que sucedió anoche en Barcelona, además de constituir un acto de alegría, de emoción y de catarsis colectiva, fue un hito en la corta pero mortal historia de la Covid. Exactamente fue un logro en la lucha contra la Covid. Una pequeña escaramuza exitosa dentro de esta guerra sin cuartel.

Fue una batalla ganada para las y los asistentes. Afortunadísimos todos, que desde las ocho de la mañana llevábamos en danza entre pruebas de antígenos y entradas escalonadas. Pero con una ilusión sólo comparable a la de la Noche de Reyes para los críos, para llegar al regalo final, la vuelta de la música en directo sin distancia y de pie. Poder bailar. No hay regalo mejor.

Y allí estábamos nosotros, casi todos treintaymuchoañeros emocionados, y también veinteañeros, con menos memoria de recuerdos pero igual de contentos, como si de la primera vez que íbamos a un concierto se tratara. Y lo era. Era la primera vez en esta larga penitencia covidiana que casi ha borrado nuestra vida pre-pandemia.

El primer concierto del nuevo mundo que, ni de lejos, se perfila mejor que el anterior. Estuvimos allí, y se produjo el milagro de la resurrección terrenal de miles de estados de ánimo machacados, de corazones deprimidos y de mentes perdidas, porque lo que hemos vivido todos este último año de pesadilla no es fácil de aguantar, y menos aún si aspiras a la felicidad colectiva. Porque eso es lo que es un concierto. Un acto de felicidad masiva.

Pero, sobre todo, resucitó durante un rato la esperanza de cientos de miles de trabajadores y trabajadoras del sector del arte y la cultura, no sólo de España, sino de Europa. Todos conscientes de que, si lo del Sant Jordi sale bien, y va a salir bien, cualquier evento es posible.

Estamos hablando de 710.200 personas de empleos directos en el ámbito artístico, según datos del ministerio de cultura y deporte de febrero de 2020, más 300.000 empleos en el ámbito del ocio nocturno. Un millón de familias, de las cuales, desde marzo de 2020, el 69% han quedado en el desempleo y el 97% vive bajo el umbral de la pobreza y les es imposible subsistir con sus ingresos como artista, según datos de marzo de 2021 de la Fundación AISGE.

Profesionales de primer orden y de una industria de un valor añadido incalculable, como es la cultura y el ocio de calidad, de la que España es puntera a nivel europeo y mundial, y que, inexplicablemente, se está dejando morir. Este ocio de los grandes festivales y la industria de la música y los eventos, que genera beneficios millonarios y miles de empleos de alta especialización, absolutamente nada tiene que ver con los franceses poniéndose hasta las cejas de sangría barata en Madrid. Aunque pareciera que la administración protegiera más a este segundo modelo que al primero.

Al principio de la pandemia, me lo explicaba Manolo Perdido, una de esas personas que vive de la industria de la música detrás de los focos. Me explicaba que no habían recibido ningún tipo de ayuda ni de plan de rescate específico por parte del gobierno para un sector con tantas especificidades como el de los espectáculos

Él, junto a miles de profesionales, fundaron entonces la plataforma “Alerta Roja. Hacemos Eventos”, que aglutina a la gran mayoría de afectadas y afectados por la pandemia del sector de los espectáculos y el ocio nocturno. Su trabajo de visibilización de la difícil situación del sector fue tan bueno, que hasta les concedieron un Premio Ondas. Seguramente recordarán sus acciones en plazas y calles.

También consiguieron que los recibiera el ministro de Cultura José Manuel Rodríguez Uribes, en septiembre de 2020, y le solicitaron que se creara una Mesa de Trabajo del sector y se elaborara una estrategia de soporte para evitar la extinción de la cultura en España. Nada de esto ha sucedido y la cultura, los espectáculos, lo eventos y el ocio de calidad, agonizan hoy en nuestro país, así como el millón de familias que dependen de esa industria.

Lo que sucedió ayer en Barcelona constata por encima de todo una cosa, que es que se puede recuperar la actividad de cultura para miles de personas y con ella, la economía basada en la calidad y no en la precariedad, sí y sólo sí, existe la colaboración público privada y la voluntad explícita y clara de ambos sectores para conseguirlo. Por eso es tan grave el abandono de la Administración hacia estos profesionales.

Ha sido el trabajo conjunto de los grandes festivales de la ciudad condal como el Primavera Sound, el Sónar o el Cruïlla, sumado a la Fundació contra la Sida y el hospital público Germans Trias i Pujol, y al de los departamentos de salud, interior y cultura de la Generalitat de Catalunya lo que ha hecho posible que en Barcelona surgiera el pasado sábado la esperanza y el futuro. Lo que tenemos encima es tan gigantescamente malo que sólo siguiendo ese modelo colaborativo ambos se harán realidad.

Claro que siempre existen los que todo lo critican y que cualquier cosa que les haga temer que se verán obligados a abandonar su encierro les horroriza. Pero ya no debemos preocuparnos de ellos. Ya forman parte sólo del pasado y se serán por siempre cenizas. Los cenizos de la Covid. Ni están si se les espera en el futuro. Para ellos no habrá resurrección.

1 Comentario

  1. Fiestón en Madrid.

    La actividad cultural y la economía sumergida con Serigne Mbayé ,líder de los manteros en Madrid en un éxito garantizado. Su fichaje por las listas de PODEMOS es un alivio para el pequeño comercio y a día de hoy se sigue sin anunciar, si la marroquí de la Cañada Real que tiene un BMW Y UN PORSCHE en la puerta, pero que no tiene luz, irá también en las listas.
    Con estos fichajes y algún camello rehabilitado sudamericano, se piensa ganar la RESURRECCIÓN de Madrid.

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