Regreso al tiempo en el que me conocí

Ricardo Gómez de Olarte

Hay una canción del mítico grupo madrileño Los Secretos que empieza diciendo “Regreso al tiempo en que te conocí…” Por las cosas de la vida, estoy regresando al tiempo en el que me conocí. O mejor dicho, en el que empecé a conocerme. Es esa época de la vida en la que ya tienes conciencia de ser quien eres y en la que tus padres te solucionan cualquier duda, sea una consulta del colegio o algo más trascendente.

Aunque ahora esa trascendencia nos pueda parecer algo ridícula o pueril, no podemos ignorar que en el momento en que tuvimos esas dudas, nos parecía que todo un mundo se nos venía encima.

Nuestros padres eran los que nos quitaban esa zozobra, los que calmaban nuestra angustia o los que nos sabían explicar alguna materia escolar por complicada que fuera (salvo en mi caso en el que las mates eran una cosa esotérica para casi toda la familia).

Algunos afortunados tuvimos un padre o una madre que, además, nos ayudaba con alguna caricia. En mi caso, mi padre me daba algún beso y un abrazo y mi madre me enjugaba las lágrimas. Fui un niño muy querido y debo agradecerlo a mis padres Ricardo y Mayte. Gracias a ellos también aprendí a amar.

Sin embargo, cuando el tiempo va venciendo a cada uno, notas que las fuerzas de tus padres, si es que los conservas, van decayendo. Y con la muerte del primero empiezas a notar una terrible soledad. Es cuando quisieras volver al tiempo en el que te empezaste a conocer y poder decir:

Papá, mamá, ¿por qué me pasa esto? ¿cómo soluciono aquello? ¿dónde he fallado?

Y deseas que, como antes, con un mucho de cariño y alguna caricia, todo desaparezca en media hora o en una noche. Que tu vida vuelva a la tranquilidad de antes. Sin embargo, es ahora cuando te vas desesperando día tras día, mientras esos días no terminan de pasar nunca. Esos días se van acumulando uno encima de otro y la angustia, la soledad y la incomprensión se van instalando dentro de tu corazón. Royendo el alma a picotazos como negros cuervos del sentimiento.

Algunos sufrimos reveses en la vida que curten, es cierto. En ocasiones, incluso algunos, sufrimos varios puñetazos a la vez. Esos curten más, lógicamente. Algunos, no lo superan y entran en depresión o enloquecen como boxeadores sonados.

Lo que para unos es una nimiedad, para otros es el universo entero sobre sus espaldas. Con buena intención, los amigos te dicen que lo superarás. No es cierto, hay dolores a los que no te sobrepones. Al final te acostumbras a vivir con ellos, pero no los superas jamás.

Esas punzadas son como los viejos enemigos: de vez en cuando, asoman su cara y te recuerdan que siguen ahí, escondidos. Que te clavan su puñal al escuchar una canción, pasar por una esquina, recordar una comida…Se dice que la nostalgia es lo que queda del amor, y si duele es que la persona amada sigue viva en tu corazón.

Nos dejamos arrastrar por el éxito y la riqueza. La sociedad entera nos empuja a ello. Esa ambición, que al final se convierte en un negro lodazal, nos va engullendo. Confundimos la miseria del éxito con la gloria del mérito. Y siempre acabamos insatisfechos con nosotros mismos.

El trabajo, la rutina y el miedo nos van devorando las entrañas hasta amargarnos la vida y amargársela a quienes tenemos al lado por propia elección. En ocasiones –como todos- yo he sido el primero en dejarme arrastrar por ese torrente de iniquidad. Pero también he amado y he enseñado a amar. Todavía ando en ello con mi hija y en esa inocencia tan graciosa, como si fuera el hilo de Ariadna, es la que me aferra a la vida con más ganas que nunca.

Sin embargo, hay personas que como el primer Jean Valjean, entran en un ciclo de su vida alegres o llorando (la risa y el llanto son rasgos de humanidad) y se van oscureciendo para acabar ese ciclo con el alma seca, sin derramar una lágrima. En el fondo son dignas de lástima y ayuda. Eso es la piedad, ayudarlos es amor.¿Quién no ha deseado alguna vez tener la bondad de Monseñor Bienvenu y poder “comprar” esas almas negras para que los Jean Valjean del mundo lloren durante toda una noche y aparezcan renacidos? ¿Quién no ha querido ser el nuevo Jean Valjean y poder ayudar a Cosette?

Así pues, ¿hay alguien que no haya deseado alguna vez volver a sentir la cálida mano de sus padres o su tierna caricia en la zozobra? ¿Quién no anhela volver al tiempo en que uno se empieza a conocer? ¿A esos días entre la primera infancia y la adolescencia en las que nunca faltaron las caricias y las soluciones de sus padres? ¿Y quién no suspira poder transmitir lo mismo a sus hijos?

El 21 de septiembre escribí un soneto libre a mi hija. Lo llamé “Cuando”:
Cuando estés triste y dolida / Cuando notes la tormenta muy fuerte sobre tu cabeza / Cuando creas que todo en ti es tristeza / Cuando más te duela la herida.
Cuando no encuentres una salida / Cuando a tu alrededor solo percibas bajeza Cuando no veas pureza / Cuando estés sola y abatida.
Cuando el mundo te trate con dureza / Cuando te sientas excluida / Cuando todo te cause extrañeza
Cuando te creas incomprendida / Cuando descubras la ajena vileza / Cuando rabies por no sentirte oída
Acuérdate, mi amor, acuérdate de mí / Recuerda que contigo renací / Piensa que estaré siempre detrás de ti”

“Le ha acontecido todo lo que podía acontecerle, todo lo ha sentido, todo lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha soportado, todo lo ha perdido, todo lo ha llorado. Es un error, sin embargo, creer que la suerte se agota, y que se toca el fondo de cualquier situación, cualquiera que sea. El que esto sabe, ve en la oscuridad”

Los Miserables, de Victor Hugo

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