Pozo de ambición

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

No solo los actores en la administración de justicia nos dedicamos a aplicar la máxima de “Followthemoney” para encontrar a los malos. Antes de nosotros lo hacen éstos. Me estoy refiriendo a una clase muy concreta de sinvergüenzas totalmente alejado del cagabandurrias que tanto impera últimamente entre el lumpen ibérico. Son tremendamente listos, “echaos p’adelante”, empáticos… En resumen, un buen tío y muy “salao”.

Da igual cual sea su teatro de operaciones, que diría un militar: gente de barrios marginales, gente sin formación, ambientes medios, la “premier league” de la alta burguesía y la Champions League del mundo internacional. Tan solo se trata de adaptar la “milonga” y la “mise en scène” a cada caso. Obviamente, contra más poder adquisitivo tenga la víctima, más difícil pero más lucrativo.

A lo largo de mi vida profesional he conocido algunos estafadores profesionales –pocos- y muchos aficionados. Los primeros siempre eran (en pasado, porque apenas quedan) conscientes del riesgo de entrar en prisión. Los aficionados no solo no lo quieren asumir sino que además se ofenden cuando se enfrentan a la acusación judicial de la víctima.

El Ministerio Fiscal raramente les da miedo porque son muy conscientes de la desidia que produce la socorrida “falta de medios y saturación de trabajo” a la que se suelen acoger respectivamente Fiscales y Magistrados para enterrar casos. Un día, sentados ante el Juzgado de Guardia de Barcelona, un ilustre, barbado compañero de profesión me comentó con su habitual y cínica sorna insular: “Ricardo, te has equivocado de nicho de mercado: no deberías llevar acusaciones particulares. Para nosotros los abogados es más lucrativo el crimen”.

Fiscales y Magistrados suelen acogerse a la falta de medios y saturación de trabajo para enterrar casos

Existen sujetos que no son ni estafadores (o “estafetas” en argot) ni timadores. El sujeto de hoy no era un gran profesional pero tampoco era un aficionado. Lo cierto es tampoco es que pudiera ser catalogado de estafador, ya que hasta donde se me alcanza nunca ha sido condenado por ello. Denuncias y querellas unas cuantas, pero condenas, lo ignoro.

La verdad es que dentro de la indignada fascinación que siempre me ha producido ese tipo de delincuentes, éste en concreto –repito: sin haber sido condenado por estafa que yo sepa- era un caso curioso. Sin ser investigador privado manejaba cierta información reservada. En cierto modo, se parecía –sin serlo- a esa otra clase de detectives que acaban engañando a su propio cliente suministrando información falsa o inexistente. Lo podemos llamar Hugo.

Más o menos bien arreglado con algún detalle estridente, delgado y en buena forma. Jamás acudía ni trabajaba solo. Siempre, como es obligado en las estafas, trabajaba con una compañera. Mejor vestida, discreta, madura, educada y bien introducida en la sociedad barcelonesa a pesar de su origen extranjero. Las mujeres como ella, no sé por qué atavismo, producen cierta sensación de confianza en el negocio a tratar. Se puede llamar Lavinia.

Para entablar conocimientos, la pareja se movía por bares o restaurantes de cierta categoría o a través de conocidos que habían ido haciendo a lo largo de años.

Hugo se vendía como poseedor o buscador de información. Pero no de cualquier clase de información. Quien más quien menos todos tenemos algún deudor al que no nos atrevemos a demandar por falta de información. ¿De qué sirve una sentencia favorable al acreedor condenando al deudor al pago de la cantidad reclamada si no hay cantidad que poder recuperar? ¿De qué sirve una condena por estafa si no aparece el dinero? Hugo era la persona a contactar. O bien, era él mismo quien se hacía presentar a la persona que necesitaba la información o bien alguien se acordaba de citarlo cuando algún amigo o conocido le comentaba sus cuitas.

En la primera cita, jamás en una oficina, siempre en un bar de la zona alta, con dos accesos diferentes y pegado a un cruce de calles con vía libre a las afueras de Barcelona, Hugo llegaba antes a la cita. El “cliente”, puntual o no, se lo encontraba siempre solo. Lavinia se quedaba algo más alejada, supongo que para controlar posibles seguimientos. Luego llegaba a la mesa donde se sentaban el cliente y Hugo y éste se la presentaba a la víctima.

El acreedor, necesitado de resultados para poder cobrar, rápidamente entraba en materia. Sin embargo, Hugo, con la aquiescencia silente de Lavinia, desgranaba confiado y sereno su papel. Sabía mezclar datos reales con conclusiones extraídas de lo recién narrado por el cliente. Le hacía muchas preguntas, incluso de cosas que nada tenían que ver con el asunto en cuestión.

Pepito Grillo me dijo: “Sal corriendo detrás de ella y recupera el dinero. Es una estafadora.”

Ni siquiera el primer día se llegaba a alcanzar un encargo formal. A medida que se sucedían las mañanas y los cortados en ese bar, Hugo preguntaba y preguntaba detalles cotidianos a medida que él contaba anécdotas propias, (reales o inventadas). Alardeaba de haber trabajado para servicios oficiales y oficiosos de información. De contactos en agencias internacionales de investigación.

En mi caso, acudí a él porque Hugo decía poder ayudar a un cliente mío a recuperar una cantidad que le era adeudada por un conocido “inversor” pariente de un político ya retirado así como evitarle problemas judiciales.

El punto de inflexión fue cuando llamó a un conocido periodista de un más conocido diario barcelonés y mantuvo una conversación insustancial con él pero asegurándose de demostrar una familiaridad muy cercana. Al cortar la comunicación me preguntó muy ufano si conocía a su interlocutor. En un momento de lucidez (y con Hugo solo tuve dos) negué conocerlo más que de leer sus crónicas. Y eso que en el pasado, además de cafés en el Mesón Castellano, hasta habíamos cenado en una ocasión con nuestras respectivas parejas. Más tarde procuré encontrarme con el cronista y le pregunté acerca de Hugo.

El periodista, a quien tenía –tenía- por un tipo honrado me aseguró que efectivamente era detective y una persona muy fiable. Algunos abogados decían conocerlo para bien y otros, abiertamente, echaban espuma por la boca con tan solo mencionar su nombre. Me encontraba sin saber qué opinar de Hugo.

Tras un par de mañanas más, Hugo me aseguró –delante de un compañero abogado- que estaba en disposición de poder facilitar la información que necesitaba mi cliente y el precio era de 25.000.- €, sin plazo concreto para entregar la información. Así se lo trasladé al cliente que reunió el dinero y yo se lo di a Hugo.

Y aquí llegó mi segundo momento de lucidez: en el momento de la entrega hice que una persona de mi máxima confianza observara a Lavinia cuando entró y salió de mi despacho para recoger el dinero. Quería su opinión sobre ella. Nada más irse, mi particular Pepito Grillo me dijo: “Sal corriendo detrás de ella y recupera el dinero. Es una estafadora.”

Tras varias vicisitudes, esa misma tarde conseguí rescatar los 25.000.- € y devolverlos al cliente ofreciéndole todas mis excusas. Finalmente, el cliente no ha tenido ninguna clase de problemas judiciales aunque sigue sin cobrar de su deudor. Claro que éste es un profesional de la apropiación indebida y de la estafa.

Posteriormente y través de contactos en la policía supe que había sido denunciado por estafa y coacciones, con el mismo modus operandi que en mi caso. Ni siquiera me tomé la molestia de decírselo a la vaca sagrada que siempre ha querido ser el periodista, la duda sobre si era cómplice o no la sigo manteniendo.

Pozo de ambición, imagen de San Agustín
San Agustín (354-430) el llamado «Doctor de la Gracia»

Pequé de inocente pero pude evitar males mayores. Cegado por la ambición profesional de poder resolver una situación enquistada, no supe ver los síntomas clásicos como son las ausencias de oficina de Hugo y Lavinia así como de concreción de los supuestos problemas legales que podía llegar a tener mi cliente. Ni siquiera me facilitó dato cierto alguno sobre donde estaba el dinero adeudado a mi cliente.

No supe ver que yo mismo me podía haber convertido en cooperador necesario de una estafa. Lo reconozco, me pudo la ambición que me arrastró al pozo de la soberbia. Soberbia profesional, pero soberbia al fin y al cabo.

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.”  San Agustín.

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