Podemos: el peligro de querer dar lecciones fuera de la clase

Josep María Campos
Josep María Campos

Una de las cosas que menos he soportado siempre desde la aparición de Podemos ha sido ese discurso entre prepotente y falto de respeto con el que, si no todos, la inmensa mayoría de los dirigentes y adheridos de la nueva formación trataban a los militantes de toda la vida: a los que tenían los huevos y los ovarios pelaos y curtidos en mil batallas, en mil luchas en defensa de los trabajadores y trabajadoras de este país.

Ah pero eso no servía! Habían llegado ellos para enseñarnos sobre ética política, sobre democracia, para decirnos que los problemas no eran sobre izquierda o derecha si no que la batalla estaba entre los de arriba y los de abajo.

Y te encontrabas en cualquier lado al aficionado de turno que te descalificaba o que trataba de ningunearte con el único argumento de que tú venias o militabas en uno de los “viejos partidos”.

La batalla de la mayoría de los máximos dirigentes morados, Íñigo Errejón entre ellos (quizá el que más: Fachin en Catalunya no se quedaba atrás) era que el paraguas para la unidad con otras fuerzas, debía ser Podemos, no podía ser otro.

Se llegó a decir “las siglas son el ariete”, los demás en fila y con el carnet en la boca, una manifestación que destilaba engreimiento, falta de respeto y prepotencia.

Cuando se habla demasiado a la ligera, cuando se quieren dar lecciones (en la vida real) uno debe ser muy cuidadoso con lo que dice.

El sistema necesitaba al PSOE, por eso lo protegió. El sistema no necesita a Podemos, lo ve como su enemigo, por eso lo combate

Si transmites austeridad, debes ser austero. Si descalificas a los viejos partidos acusándolos de chalaneo y de componendas… tú no puedes caer en el chalaneo ni en las componendas, y eso es parte de lo que está pasando.

Si tú descalificas el liderazgo piramidal que ejercen algunas formaciones a las que criticas, no puedes caer en un aparente liderazgo piramidal. Hay que ser cuidadosos porque ese tipo de actitudes a otros la gente se las perdona, a quienes dan lecciones, no.

Cuando en el 82 los socialistas ganaron tanto poder, pagaron caro la escasez de cuadros dirigentes preparados para asumir la inmensa tarea que se les vino encima y se les colaron miles de oportunistas buscando poder. No es que ahora eso mismo les haya ocurrido a las gentes de Podemos, en cualquier caso hay alguna similitud, pero sobre todo una gran diferencia.

El sistema necesitaba al PSOE, por eso lo protegió. El sistema no necesita a Podemos, lo ve como su enemigo, por eso lo combate.

Otra de las grandes diferencias, Felipe González “y sus amigos” tejieron una enorme coraza de intereses, sabían que para mantenerlos debían de permanecer unidos, con una jerarquía clara asumida, de hecho la única disidencia parcial, yo nunca me la he creído, fue la de Alfonso Guerra.

Pablo Iglesias y como dice él “sus amigos” parten de un entramado débil con demasiados errores. No han sabido integrar la riqueza y las experiencias acumuladas por la mayoría de las confluencias, restar visibilidades no sólo no ayuda, al contrario perjudica.

Las batallas por lo que antes señalaba, el “cómo llamamos a la criatura”, ha provocado que en Andalucía probablemente detrás de la pérdida de votos de la confluencia se esconda, entre otras cosas, la tardanza en ponerle nombre al niño o niña.

No es de extrañar pues que en este contexto Pablo Iglesias se haya quedado sólo entre los que comenzaron… demasiados gallos en el mismo corral.

Errejón es otra historia: esperar el último momento hasta valorar bajo que techo voy a estar más protegido, si bajo el paraguas de Unidos Podemos o arrimándome a la protección de Carmena, es cuanto menos desleal, contradictorio con sus postulados al tiempo que inoportuno y dañino, en un momento en el que como hemos visto en Andalucía la derecha suma con la extrema derecha.

Yo, a pesar de todo y de lo que uno deja en el tintero, soy optimista. Creo que todavía hay tiempo para que las fuerzas a la izquierda del Partido Socialista, corrijan errores y enderecen el rumbo, potenciando las confluencias, dejando de lado las batallas de las denominaciones, y centrándose en aquello que la gente necesita: la alternativa que ayude a situar los problemas de la gente en el centro de la preocupación y de la acción política…

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