Philip Marlowe, detective eterno

En Marlowe, detective muy privado (Marlowe, Paul Bogart, 1969) tal vez ya no lleven gabardina, pero mientras haya celos, chantajes, miserias y crímenes, los tipos duros seguirán paseando por las calles. En cualquier época. En cualquier versión.

detective marlowe

Un arquetipo literario se adapta a todo tiempo y lugar y merece versiones para cada nueva generación, aparte de que siempre perdure en su obra original. Holmes o Drácula han cambiado y se han adaptado con éxito a lo que haga falta, por lo que el detective noir y hardboiled, el duro de toda la vida, también puede existir en cualquier época. En los sesenta la contracultura y los jipis parecían auspiciar el fin de muchas cosas, Marlowe, detective muy privado (Marlowe, Paul Bogart, 1969) demuestra que, al menos, con los tipos duros no pudieron. (Ah, y en 2023 llega la versión de Neil Jordan, con Liam Neeson).

Yo tampoco sé lo que quiere decir el “muy” de la peculiar “traducción” del título al español (¿harán estas “traducciones” monos que aporrean máquinas de escribir?), pero lo que sí tengo claro es que Marlowe es una película divertida, entretenida, con líneas memorables y que supuso una interesante variación del neonoir pues el detective parece vivir todavía en los cuarenta y cincuenta, sin darse cuenta de que ha entrado en los sesenta, casi setenta. (Altman lo intentaría cuatro años depués con Elliott Gould y un tono paródico en Un largo adiós, pero fue otra cosa).

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James Garner, para siempre ligado a Maverick, da vida a un nuevo Marlowe sin gabardina o sombrero, pero con más sarcasmo y pesimismo que el del blanco y negro. El caso que le propone una desesperada hermanita en busca de su hermano (la novela original era The Little Sister, un ajuste de cuentas de Raymond Chandler con el mundo del cine) es tan confuso como pudiéramos esperar, pero ya sabemos que lo importante no es el quién, sino el cómo y qué: cómo va a resolverlo Marlowe y qué va a decir mientras tanto…

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Desde el principio vemos que Marlowe se va a mover en un mundo que no es el suyo, pues algo ha cambiado. Los títulos de crédito parecen jamesbondianos y el tema musical pop de Orpheus nos mete de lleno en los sesenta. El detective se cruza con unos amantes del flower power, su despacho está junto a un peluquero amanerado, los muertos aparecen con punzones de hielo en la nuca y hasta las pueblerinas de Kansas son las que se insinúan mientras las estrellas de televisión parecen las decentes. En este mundo al revés, Marlowe parece abocado a una supervivencia que solo parece soportar por las constantes que perviven: denunciar a chantajistas de jóvenes, provocar a la policía y… las chicas guapas.

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Gayle Hunnicutt y Sharon Farrell son las hermanas en busca del hermano, pero la pieza clave será Rita Moreno, en uno de sus papeles más notables, sin contar West Side Story. Moreno es una bailarina de estriptis amiga de la hermana actriz, pero también con otros amigos menos recomendables. Precisamente, uno de estos amigos mandará a Marlowe a un matón que entra en la historia del cine por la puerta grande.

En una irrupción antológica, Marlowe recibe en su despacho a Bruce Lee y este hace trizas su mobiliario a base de patadas acrobáticas. En apenas unos minutos Lee, que por entonces daba clases de artes marciales a Garner y por eso consiguió el papel, se convierte en uno de los elementos más recordados de la película por su exotismo y sorpresa, subrayando lo que decíamos del nuevo mundo. Entre punzones, drogas y artes marciales, al pobre Marlowe no le queda ni el despacho en pie. Cuando llega la policía a preguntar, él contesta: “Son las termitas, teniente…”.

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Y es que, como en todo buen Chandler, los diálogos son una joya, aunque Stirling Silliphant (En el calor de la noche, El coloso en llamas), dijo que tuvo que “modernizar” el original. Valgan dos perlas como muestra. Unos matones cogen a Marlowe y, para registrarle, le arrancan los bolsillos de su americana. Con ironía chulesca él provoca: “Si supiera tu madre a lo que te dedicas…”. La paliza, claro está, es de las que duelen desde la butaca.

Mejor todavía, Marlowe saca de quicio, una vez más, al teniente de policía y este, desesperado, golpea sorprendentemente para todos a su propio sargento, que intentaba apaciguarle. Con paciencia dolorida, el sargento dirá: “Es el nuevo tercer grado, ahora los policías se pegan entre sí para que el acusado confiese”.

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La resolución es algo precipitada y anticlimática, pero anticipa al Gittes de Chinatown y su resignación ante lo inexorable. La seriedad de Garner aporta esa melancolía de lo perdido, que el colorido de la nueva Era de Acuario no debe hacernos olvidar. Tal vez ya no lleven gabardina, pero mientras haya celos, chantajes, miserias y crímenes, los tipos duros seguirán paseando por las calles. En cualquier época. En cualquier versión.

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