Periodismo, aunque te muerdan las ratas

El oficio de periodista es el oficio de quien se debe de pasar la vida haciéndole la prueba del algodón a gentes y acontecimientos sospechosos de haberse macerado en la indecencia.

Periodismo, aunque te muerdan las ratas
Ilustración de Pepe Farruqo para eltaquigrafo.com

Un insigne fiscal me dijo un día: “Carlos, con la bondad al cielo, pero en la tierra con maldad”.  Su señoría se sacó de la chistera esta sentencia para venir a decirme que cuando alguien herido, despechado, rencoroso o vengativo te viene con algún cuento sobre lo que sea que le hierva en la sangre, hay que prestarle atención, pues si bien es cierto que una presa herida tiende a la exageración y a la venganza gratuita, también es verdad -opina su señoría- que el llamado ciudadano “yonosená”, aquel que mi abuela identificaba como el parasito que tiene bastante con estar calientito en invierno y fresquito en verano, resulta irrelevante. Los “yonosená” no son de meterse en líos, si por “lío” entendemos, por ejemplo, denunciar a alguien más o menos próximo al poder.

“Una amante despechada, por ejemplo, es un chollo”, me dijo el fiscal.

Así que, según él, la gente cargada de despecho, odio, sed de venganza, en definitiva, dotada de maldad sana o insana, tiene buena munición para los que nos dedicamos a investigar aquello que otros quieren esconder. 

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Si ahondamos en este razonamiento, el excomisario Villarejo es poco menos que una piedra filosofal para cualquier periodista. Y me pregunto –siempre de forma retorica-: ¿Le hemos de creer?. El ínclito fiscal diría que le hemos de escuchar atentamente, pero sus compañeros de la Audiencia Nacional y de la Anticorrupción lejos de escucharle, -a Villarejo, digo-, lo que están haciendo, y según parece con cierta eficacia, es hundirle en el fango en el que el policía siempre vivió y escondió su basura.

Sí. Los fiscales del tema Villarejo (también los jueces y los policías) están haciendo lo que tienen que hacer. Pero reconozcamos que no todo lo que ha dicho Villarejo es mentira. No todo lo que ha manejado fue obtenido mediante medios bastardos. No todo lo que afloró, gracias al “tesón” del excomisario, sirvió sólo para llenarle los bolsillos.

¡Qué dilema para del pulcro periodista¡ ¿Le compramos a Villarejo la cesta con las verduras recién recolectadas a peso? ¿Las seleccionamos primero? ¿Las rechazamos por venir de quién vienen, que ya se sabe como las gasta el susodicho?

Se me antoja que este es un dilema, similar al que se le debe de plantear al cazador furtivo que sabe que el ciervo de 8 puntas le espera en lo alto de un cerro que está situado en una coto de caza, cuya cuota, sin embargo, no ha satisfecho.

¿Cómo se resuelve el dilema?.  Allá cada cual. Y cada quien sabrá cómo actuar que aquí no he venido a pontificar, ni a dar lecciones sobre todo porque a medida que evoluciona este artículo, me convenzo más de que poco o nada sé de la materia.

Con todo y sin que sirva esto como de aparente pose intelectual o doctrinal, sí diré que tras treinta y tantos años de periodismo he abrigado la convicción de que para tener buena información (a menudo para tener “la” información) hay que bajar a las cloacas, aun a riesgo de que te muerdan las ratas o de que te dejes seducir por ellas. Me dijo, hace mil años, el jefe de atracos de la Guardia CiviL: “…verás, Carlos, a mí en los conventos nunca me han pasado un servicio (un soplo, una “confitada”)”. Lo soltó como si se tratase de un dogma aunque con ello quisiera justificar el haberme convocado para charlar de lo innombrable en un putiferio de Tordera que se llamaba El Sótano donde aquella tarde dimos cuenta de reiterados lingotazos de whisky Dyc y de Bacardí-cola que, por entonces, tomábamos en vaso de tubo.

Sí, salvo porque comparto amistad y algo más que ello con algunos de sus enemigos, sí, admito que yo hubiera hablado con Villarejo. Naturalmente.

Salvando las distancias con tan enjundioso personaje, siempre he pensado que un periodista debe de hablar con todo el mundo. Y escucharlo. Escuchar por ejemplo, al atracador que apalancado en una terracita soleada de la Barceloneta y mientras pide otro porrón de Möet Chandon que pagará con dinero impropio te rememora en primera persona cómo le zurraban los Omegas de la Brigada de Vía Laietana a, por poner otro ejemplo, el narco holandés que comparte contigo, desde la cárcel, su perplejidad y su cabreo porque la pasma le ha sisado más de 1.000 kilos de hachís (de un total de 6.400) que sus soldados trasportaban en un camión a la altura de Marbella.

¿El origen poco ortodoxo de la notitia criminis ha de mermar mi atención o interés?

Aquel insigne fiscal es de las pocas personas que me ha enseñado mucho o muchísimo, sin tan siquiera proponérselo. Sólo eso ya es motivo suficiente para tener en cuenta sus palabras y para sostener que, sin ánimo de dar lecciones de nada, ni de posicionarme intelectualmente del lado de nada, a mí también me han dado más noticias en los putiferios que en los conventos.

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