Periodismo a base de hostias

Este capítulo va de eso, de las ostias que recibe un periodista en el ejercicio de sus funciones y que, bien gestionadas (como todas las ostias), te ayudan a crecer y a ser menos vulnerable.

Periodismo a base de ostias
Carlos Quílez de joven escuchando al Carlos Quílez actual / Ilustración de Pepe Farruqo

“Los errores son lecciones”, decía mi santo padre.  Y así es la vida: un sendero empinado de peldaños que hay que superar y de adversidades que hay que sortear. Con el paso del tiempo, al cansancio de esta vida dura lo suple y compensa la sabiduría que, sin saberlo, uno va fraguando día a día a base de hostias, de disyuntivas por resolver y de retos a los que asirse para darle sentido a lo intangible. A la vida quizá.

Este capítulo va de eso, de las ostias que recibe un periodista en el ejercicio de sus funciones y que, bien gestionadas (como todas las ostias), te ayudan a crecer y a ser menos vulnerable.

En 1990, quien suscribe firmó su primer contrato con Ràdio Barcelona de la Cadena SER. Trabajé seis meses de becario. Mis “madrinas”, las periodistas Reyes Mateo y la malograda Ana Pena, apoyaron ante el también malogrado Gerardo González (entonces director de informativos) la propuesta de mi contratación que había formulado el entonces redactor jefe, el recién llegado a la SER, procedente de Cadena Catalana, Luis Rodríguez Pi, a la postre, uno de mis amigos del alma y, sin duda, mi maestro y referente en este hermoso oficio que consiste en la “inventio, compositio y locutio”, de explicar noticias.

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– Queremos que te dediques la información de tribunales. – me dijo González.

¿Tribunales?, pensé. “¡Pero si mi sueño era llegar algún día a presentar el informativo ‘Matinal SER’! Como diría el difunto Juan Diego…: ¡¿Qué cojones era eso de los tribunales?!

Imberbe. La suerte se me ponía a tiro y yo sin darme cuenta.

– Sí, sí, como no, tribunales… me encantan los juicios, la sentencias y todo eso, claro, claro, tribunales…

No había asistido jamás a un juicio y, por no saber, no sabía ni la ubicación en el mapa de Barcelona del edificio de los juzgados de instrucción o del Palacio de Justicia.

Pero… ¡¿quién dijo miedo?! y allá que me fui y en aquel lugar me aguardaban jueces, fiscales, abogados, maleantes, funcionarios, procuradores y demás actores de ese circo que es la justicia.

Recuerdo que en mi primer juicio me puse a llorar. Lo hice desconsoladamente, como si aquello de lo que se hablaba allí en realidad fuese algo que me había pasado a mí o a alguien de los míos. Una joven de 20 años había sido violada en plena calle, de madrugada, por un exnovio con quien, por casualidad, se había reencontrado horas antes en una bar musical situado en el barrio barcelonés de “las Viviendas del Congreso”.

En un callejón poco transitado cercano al bar, entre dos coches y usando una fuerza desmedida, el exnovio la subyugó, le arrancó la roba interior y la forzó. Un agente de la Guardia Urbana de Barcelona que vivía en el barrio salió a aquella hora de casa para hacer running y, al girar la manzana, vio de reojo a escasos 20 metros lo que parecía una pareja de desinhibidos amantes en pleno acto sexual. Pensó: “mira estos dos… no se han podido aguantar y allí están… dale que te pego”. Pero, metros y segundos más allá… la mirada. Sí, la mirada. La mirada de aquella chica se alojó en la cuenca de los ojos de aquel policía. La mirada de quien no expresa nada y lo expresa todo. Todo lo innombrable, lo que adolece de voz, pero, sin embargo, retumba en las sienes como una alerta. Aquella mirada actuó como un estallido. El guardia urbano se detuvo y se acercó al lugar donde yacía la pareja. Primero con prudencia, después con sigilo y, finalmente a mil por hora  se lanzó sobre el agresor hasta reducirlo.

Allí estaba yo, en aquel juicio. El destino me había cruzado en el camino de aquella historia, de aquellos protagonistas, de aquella pobre chica que, con bobalicona sonrisa y sumida en un cuadro que alguien en la sala situó como de “cercano al autismo”, entró en la sala de vistas para declarar. “Sáquenla de aquí”, dijo el Presidente del Tribunal, ante la insensibilidad de un sistema que trata a las víctimas como meras pruebas de convicción. Aquella historia me desvirgó y lloré de dolor.

Pocas semanas después, un empresario cara dura y estafador, llamado Pere Bou, era detenido por agentes especiales de la Guardia Civil.  Bou era el cerebro del primer macro fraude del IVA que se destaparía en España. Más de 3.000 millones de las antiguas pesetas en facturas falsas con IVA sirvieron para que decenas de empresarios corruptos comprasen esos documentos mercantiles para aumentar sus balances de gastos y, así, reducir beneficios cara a, en consecuencia, pagar menos impuestos.

El sargento instructor de las diligencias se llamaba Antonio Martínez Ramos. Le conocí lo suficiente para afirmar con rotundidad que era un buen hombre y un mejor profesional. Desde su minúsculo despacho en el acuartelamiento de la IV Zona de la Guardia Civil, que por entonces (años 90) se encontraba en la barcelonesa avenida de Madrid, me atendía silicito cada vez que aquel chaval de tirabuzones rubios y blancos calcetines se personaba allí para recolectar lo que estuviera a su alcance. Martínez Ramos me ayudó mucho y lo hizo cuando más lo necesité. 

Los mezquinos pensarán que me ayudó a cambio de los tarros de confitura y mermelada casera que elaboraba mi madre con amor y talento y que yo le regalaba con cierta periodicidad. O por las cajas de zapatos repletas de los robellones que mi padre recolectaba durante palizas inhumanas en cualquier vaguada de los pirineos. Pero no, Martínez Ramos era un caballero (un caballero nunca es víctima o autor de un soborno gastronómico de esa guisa). El sargento de delitos económicos era un civilón resabiado y listo que, por mera simpatía (no encuentro otra explicación), se saltó todas las normas para ayudar a un chaval dotado de más cojones que cerebro que pedía a gritos poder comerse el mundo.

Sin desmerecer a mi madre y a mi padre, el sargento Martínez Ramos lo hizo a cambio de nada. Lo hizo, creo yo, por el placer de verme a lo lejos y sin esperar premio alguno, crecer.

El juez del caso era don Emilio Soler, instructor número 25 de Barcelona. Su señoría era un tipo especialmente alto y delgado, de columna curvilínea y carcasa huesuda. Recuerdo que sus manos me parecieron amplias, pero inexpresivas, como si hubieran nacido para estar constantemente anudadas la una con la otra.

El magistrado Soler fue el juez a cuya puerta golpeé con mis nudillos por primera vez.

– ¿Da usted su permiso?

– Sí, dígame… el agente me da dicho que trabaja usted en la Cadena SER y que quiere hablar conmigo, verá… es que tengo mucho trabajo, pero dígame de qué se trata… ha dicho usted que era importante -, me soltó del tirón, repasándome de arriba abajo (se detuvo en mis ajadas zapatillas de deporte y en lo desliñado de mi cabello).

– Verá señoría, que le quería preguntar por lo del fraude del IVA. Que me dicen – mi sargento, claro – que usted está configurando una lista de las empresas que han comprado facturas a la trama de Pere Bou – Soler le había metido de patitas en la cárcel de forma provisional, incomunicada y sin fianza – y quería saber si esta mañana ha ordenado alguna entrada y registro o alguna eventual detención de algún empresario.

– Vaya, vaya… -dijo el veterano juez recostándose en el sillón, estirando la distancia entre él y yo; mientras, no evitaba contener una sonrisa indulgente-.

– Así que sabe usted que estoy haciendo una lista. Vaya, vaya. Pues eso lo sabemos bien pocos -, dijo empujándome hacia la trampa.

La torpeza cuando es benigna es entrañable, pero no por ello menos estúpida.

Tenía la íntima necesidad de demostrar que yo podía estar allí, codeándome con información de verdadera magnitud, con interlocutores “high level”, aparentando que, indefectiblemente, yo era más de lo que aparentaba. De hecho, creo que el juez Soler supo que yo era un advenedizo y lo supo desde el minuto uno. Creo que, sin embargo, pensó, como quizá lo hizo Martínez Ramos, que se trataba de un advenedizo, sí, pero tan sincero, pueril y transparente que se merecía una sonora bofetada pero fabricada ésta desde la ternura.

-Verá, señoría, yo soy un periodista de contactos -¿periodista de contactos?- y sí, he tenido acceso a esta información –dije henchido- porque mis fuentes policiales me apuntan que…

¿Sus fuentes policiales? -, preguntó el juez, mientras se acariciaba el bigote.

-Sí, sí, de la investigación. De la Guardia Civil-, tenía que demostrar (cándido) que a pesar mi juventud y de mi pobre aliño indumentario, estaba en la pomada…

-Siga, siga… -, añadió el juez, mientras yo me hundía lentamente en sus arenas movedizas.

-Pues eso, que me han dicho que usted tiene una lista de nombres, lo que hará que un montón de empresarios tengan que desfilar por su despacho en calidad de imputados por diversos delitos.

-Delitos… ¿Qué delitos, pues…? -, el juez iba tirando de la zanahoria y yo detrás…

– Pues un delito fiscal, de falsedad de documento mercantil, de blanqueo y de estafa -, el juez parecía yo.

El magistrado Soler se aproximó a la mesa, apoyó las palmas de sus manos sobre ella, como si se quisiera incorporar, pero que no hizo, y me soltó:

¿Y qué le hace pensar que yo le voy a facilitar información del caso, señor Quílez?

-En fin – dije notando una incipiente sequedad en la garganta -, mi trabajo es …

-Sí, ya sé cuál es su trabajo, pero veo que usted no sabe cuál es el mío. Habrá oído hablar del secreto del sumario ¿no? –y sin dejarme responder (mejor, seguro que la hubiera cagado)- pues el secreto del sumario nos vincula y obliga legalmente y de forma especial, a mí que soy el que lo ha decretado. ¿Me entiende usted?

-Claro, señoría, usted descuide – quise huir hacia adelante, pero me seguía hundiendo – para mí, la protección de mis fuentes es lo primero, lo primordial.

-Quílez, eso está muy bien – y volvió a recostarse en su sillón, marcando de nuevo distancia -. Por cierto, como ha dicho que se llama.

– Carlos, señoría.

-Verá Carlos, para que nos entendamos… ¿Cómo voy a tener garantizadas sus reservas y la “protección” de sus fuentes, cuando, sin conocerme de nada, ha entrado usted aquí y me ha revelado que sus fuentes están en la Guardia Civil? ¿Así protege usted a sus fuentes? ¿Y quiere que me fie de usted? ¿Cuándo quiere que lo haga, antes o después de abrir diligencias de investigación por revelación de secretos sobre los agentes del Grupo de Delitos Económicos de la Unidad Orgánica de policía judicial de la IV zona de la Guardia Civil?

No lo verbalizó, pero me dijo con la mirada y en un silencio extraordinariamente violento ara mí: “Carlos Quílez, es usted un bocazas”.

No conseguí tragar saliva, agaché la cabeza, reí por no llorar y me fui con el silencio que no me acompañó cuando entré.

Han pasado mucho años y aún retumba en mi cara aquella bofetada.

Emilio Soler, nunca abrió diligencias por ello a la Guardia Civil y durante años me siguió recibiendo cada vez que llamé a su puerta.

Un día, hace muchos años, un Guardia Civil llamado Antonio Manzanaro, alias Manzanita, uno de los policías que sin duda marcó mi vida profesional me enseñó que “la prueba de honor más dura no es saber guardar un secreto o la identidad de la fuente, sino, no reconocer que de éste se sabía cuando el secreto se haya hecho público”.

Tomé nota. Y me lo gravé a fuego. Ojalá me hubieran enseñado eso en la universidad. Pero allí no dan hostias

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