Pasen y lean

La película El callejón de las almas perdidas, es un callejón de pesadillas, ideal para este siglo XXI de cinismo, demagogia y ambición. Los vendedores de humo están más que inventados, por lo que siempre viene bien repasar sus métodos no vayamos a caer una vez más en sus garras

Pasen y lean

En breve Guillermo del Toro estrenará una nueva versión, por lo que, antes de que nos la ¿estropeen?, es necesario recuperar la original y no muchas veces vista El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947).

Tyrone Power, estrella de la Fox, volvió siendo otro de la guerra, como casi todo el mundo, y quería cambiar su imagen de galán y espadachín. Por ello, le pidió al mandamás Darryl F. Zanuck que se hiciera con los derechos de la novela de William Lindsay Gresham para lucirse. Power decía que esta era su mejor interpretación, pero la taquilla no respondió y Zanuck, que añadió el innecesario minuto final, la retiró pronto de los cines porque tampoco le gustó nada. El caso es que en los cincuenta se reestrenó y funcionó mejor y, con la prematura muerte de Power (con 44 años, ay), su paso por televisión la convirtió en película de culto.

El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947)

¿Qué tiene este título que era demasiado oscuro para la posguerra y que hoy encandila? Power es el gran Stanton, feriante mentalista que trabaja en el espectáculo manejando las palabras como un político para convencer a la gente incauta de sus poderes. El mundo de la feria y del circo nos recuerdan a La parada de los monstruos y hasta se apunta a un triángulo amoroso, también con el amenazador forzudo. Sin embargo, el guion (de Jules Furthman, por cierto, con Tener y no tener o El sueño eterno en su cartera) nos lleva por otro camino.

pasen y lean

Power se hace con el truco genial de otro mentalista alcoholizado, que le permitirá crear su propio espectáculo independiente con su nueva esposa Molly (Coleen Gray). El segundo acto se mueve en las altas esferas, demostrando que los ricos son tan crédulos como los pobres, cuando un buen orador es capaz de vender los sueños que deseas oír. La trama se complica cuando una psicóloga presta a Stanton sus grabaciones privadas para que “adivine” más intimidades todavía y consiga el beneficio correspondiente…

publicidad

Engaños, amores, ambición, chantajes, corrupción o estafas, ingredientes selectos para una película que hace pocos amigos y que no extraña ya que no entrara bien en la visión biempensante del mundo americano de posguerra. Stanton es un mago de la palabra a quien se le compara en muchas ocasiones con los charlatanes predicadores yanquis que lo mismo te venden un crecepelo que la Salvación (Elmer Gantry, siempre presente). Es obvio que en el mundo de “verdades alternativas” en el que estamos, Stan es un referente instantáneo y él mismo dice una frase genial sobre sus engaños a ricachones con visiones de ultratumba: “No es más que otro ángulo del mundo del espectáculo”. Que cada uno lo aplique a su político favorito…

El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947)

Goulding rueda en un blanco y negro sombrío que parece subrayar constantemente la doble cara del protagonista y su siniestro futuro. Hay una escena de una “aparición” especialmente onírica que es de un romanticismo casi terrorífico. Lo mismo, claro, para el mundo de la feria, que se nos muestra como un mundo decadente de engaños, alcoholismo, miseria y, ni siquiera, como ocurre en otras visiones semejantes, encontramos esa camaradería entrañable, sino que Stan terminará por despreciar a sus antiguos compañeros. Atentos a las alusiones al “monstruo” de la feria, que se alimenta de gallinas vivas, a quien nunca vemos y que fascina a Stan… ¿y al espectador?

El terror o lo sobrenatural se apunta también con la lectora del tarot (mítica rubia Joan Blondell), que parece ser la única capaz de desestabilizar a Stan con las recurrentes cartas de El ahorcado o La muerte. Tópico, sí, pero efectivo.

pasen y lean

Sin embargo, la femme fatale de la película es Lilith, la psicóloga (en efecto, el nombre deja poco lugar para las dudas). Interpretada por la joven Helen Walker, su personaje será quien embauce a Stan en el golpe definitivo, aunque parezca que él sigue manejando los hilos. Es cierto que sus decisiones no están muy justificadas y hay un agujero en el guion, pero visto lo que ha conseguido el protagonista hasta entonces, hasta sería innecesaria otra escena para explicar su enésima sesión de hipnosis para pervertir lo incorruptible.

Y llegamos al final, que resulta ser tan genial como inesperado y que no revelaré. No me refiero al minuto que obligó Zanuck a rodar en el que vuelve a aparecer Coleen Gray, sino al desenlace del personaje de Power que vuelve a los orígenes y provoca un comentario brillante: “¿Cómo puede un tipo caer tan bajo?” “Llegó demasiado alto”. Filosofía inmortal que nos recuerda que cuanto más alto subimos, más dura será la caída y, en este caso, llena de poesía y terrible justicia poética.

El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Edmund Goulding, 1947)

Este callejón de pesadillas y de almas perdidas es ideal para este siglo XXI de cinismo, demagogia y ambición. Los vendedores de humo están más que inventados, por lo que siempre viene bien repasar sus métodos no vayamos a caer una vez más en sus garras. Pasen y vean, el espectáculo está a punto de comenzar…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here