¿Para qué necesita el mundo una industria de la reproducción humana en cadena?

En un mundo con superpoblación, tenemos fábricas de personas cuya materia prima son los óvulos de mujeres jóvenes con escasos recursos.

Los muertos de Colau
Opinión de Núria González para eltaquigrafo.com

Les respondo ya desde la primera línea: para nada.

Esta semana el gobierno más progresista, feminista, estupendista y maravillosista que tenemos la suerte de tener ha anunciado a bombo y platillo algo muy sencillo, con palabras muy extrañas y con un trasfondo muy oscuro.

Se vanagloriaban varias ministras, la de Sanidad y la Justicia, entre otras, de que se recuperó el derecho que el gobierno de Mariano Rajoy había eliminado para las mujeres a acudir a la seguridad social para un tratamiento de reproducción humana asistida. Sin embargo, en lugar de decirlo así, dijeron otra cosa.

Exactamente estuvieron martilleando en todos los medios mansos de comunicación replicando las palabras de Carolina Darias al decir que, a partir de ahora, podrían volver a acudir a la sanidad pública para estos tratamientos “mujeres solas, lesbianas y personas trans con capacidad de gestar”. Toma ya. Tres conceptos palabros diferentes para no decir único sólo concepto que las engloba a todas, mujer.

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Porque queridos y queridas lectoras, que yo sepa una mujer “sola” no es un tipo de mujer per sé. Tampoco se desde cuándo se pregunta a una mujer que acude al médico cuál es su orientación sexual, si es lesbiana o no, y además es obvio que las lesbianas, obligatoriamente, son mujeres. Es una condición sine qua non para poder ser lesbiana.

Pero ojito al último grupo de palabrejas: “personas trans con capacidad de gestar”. Lo que voy a decir ahora me podrá costar una multa de 150.000 euros en cuanto se apruebe el proyecto estrella de Irene Montero, su “Ley Trans”, bajo acusación de delito de odio y transfobia. Voy a aprovechar ahora que la QueerInquisición aún no está institucionalmente operativa.

En la especie humana las únicas que tiene capacidad de gestar son las hembras adultas. Éstas son llamadas mujeres. Cualquier ser humano que tenga “capacidad de gestar” es impepinablemente una mujer. Hay mujeres que no tienen esa capacidad por múltiples motivos, normalmente médicos, pero eso tampoco les hace dejar de ser mujeres. La biología es tozuda y todas las que tenemos cromosomas XX somos hembras de la especie humana, y eso es inmutable desde que nacemos hasta que morimos.

Esta mini clase de biología de primero de primaria podrá llevarme a los tribunales muy pronto. Porque decir que las mujeres existen ahora es delito de odio y ofensa para todos aquellos hombres y algunas mujeres enfermas de necesidad acuciante de aprobación masculina eterna, que sostienen que la hembra humana no existe más allá de los sentimientos de cada hombre. En este nuevo revisionismo biologicista curanderista, la existencia misma mujeres se define por los sentimientos que la respecto tenga un varón, y todo lo que le abstraiga de ese pensamiento mágico y les haga siquiera rozar con la realidad material del mundo, es una ofensa digna de ser castigada en los tribunales, ya lo diga una mujer o la biología misma.

Demos gracias a que no se han vuelto a poner de moda las hogueras, de momento.

Sin embargo, además de este cacao mental lingüístico de nuestro gobierno, que ya no es que roza el ridículo, sino que tiene los dos pies metidos en él y da saltos cuál marranillo en un charco, en realidad el calado del asunto de la reproducción humana asistida va bastante más allá.

Hay que empezar por diferenciar la medicina ginecológica y reproductiva, que cura enfermedades que tienen como resultado la infertilidad de muchas mujeres. Todo avance en ese camino es poco, puesto que todo lo que tiene que ver con la sanidad y la salud de las mujeres siempre se ha dejado más que de lado debido a la sobresaliente concepción androcentrista de la medicina. El último ejemplo palpable de ello lo hemos visto en la nula importancia que se ha dado a los efectos secundarios de la vacuna contra la Covid que tienen que ver con los procesos de menstruación.

Y es precisamente por esa concepción de que la salud de las mujeres es de segunda, es la razón por la que en lugar de avanzar en las investigaciones para curar las enfermedades que provocan la infertilidad, se ha generado una macro industria de la reproducción humana asistida, que genera seres humanos en cadena. Una fecundación in vitro, con un óvulo “donado”, puede dar lugar a un embarazo y nacimiento exitoso, pero no cura la infertilidad de ninguna mujer. Esa mujer seguirá siendo infértil, aunque tenga varios hijos con óvulos “donados”.

Y ésta es la clave del asunto, que en realidad estamos ante una industria biomédica que no cura ninguna enfermedad y que basa su crecimiento y sus dividendos en la precariedad de las mujeres jóvenes que “donan” sus óvulos por unos mil eurillos.

Si alguien entra en cualquier facultad de cualquier universidad de España, de lo primero que se va a encontrar en los tablones son anuncios de clínicas de fertilidad reclamando a mujeres jóvenes para que donen sus óvulos por una compensación económica.

La ley y la medicina reconocen que cada mujer tiene un número determinado de óvulos para toda su vida y que lo procesos de extracción de óvulos son dolorosos y peligrosos. Nada que ver con hacerse una pajilla en un bote por treinta euros.

Tan es así que está reconocido que es una práctica antisaludale para las mujeres que la ley prohíbe que se realice más de seis veces en la vida. Sin embargo, como cada comunidad autónoma tiene sus registros, y a veces se registra y a veces no, hay mujeres que reconocen haber “donado” óvulos entre ocho, diez o más veces. Muchas de ellas han sufrido nefastas consecuencias para su salud, pero esas, como las “madres de alquiler” están completamente sepultadas en el silencio del pingüe negocio de la creación de bebés en cadena.

Es más que obvio que si esas mujeres estuvieran en una situación desahogada no iban a pasar por el trance de hormonarse y extraerse sus óvulos, que están contados y son finitos. Igual que si una mujer no estuviera absolutamente desesperada no se prestaría como vientre de alquiler.

Entonces, resulta que, en un mundo con superpoblación, tenemos fábricas de personas cuya materia prima son los óvulos de mujeres jóvenes con escasos recursos, para mujeres en mejor situación que se empeñan en una maternidad a la que no pueden acceder.  La superpoblación está formada en su mayoría por niños y niñas que nadie quiere y que estarían encantados de estar en una familia mediante la adopción. Pero de eso ni hablamos, porque lo del “reciclaje” llega hasta cierto punto.

Simplemente la industria de la reproducción humana en cadena no tiene ninguna utilidad para el mundo actual, más allá de los que se llenan los bolsillos con ella, así que no debería existir.

Sin embargo, el gobierno más “feminista”, otra vez se equivoca diametralmente, y se hace la foto y pone el titular, sin pensar que para garantizar ese “derecho recuperado”, muchas se seguirán perpetuando la pobreza que les ha asignado el patriarcado.

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