‘Páginas de Sangre’ de Thomas Harding

‘Páginas de Sangre’ de Thomas Harding

Los escritores que deciden escribir una novela sobre un caso real en concreto y no otro, lo hacen porque hay algo justo en él que ha de sobresalir por encima de los demás. Cuando ‘Páginas de sangre‘, del periodista británico Thomas Harding, apareció como rentrée literaria tras la vuelta del verano, busqué qué lo hacía diferente. He aquí la motivación: el juicio que se llevó a cabo por uno de los casos de asesinato más extraños de Inglaterra fue celebrado in camera. Es decir, y para no dar lugar a dudas, fue el primer asesinato en la historia moderna cuyo proceso se celebraba en secreto, en un país caracterizado por ofrecer una de las justicias más neutras y trasparentes del mundo.

Allan Chappelow

En junio de 2006, un anciano llamado Allan Chappelow es hallado muerto en su mansión número 9 de Downshire Hill, en Hampstend, una próspera comunidad residencial del área de Londres. Su cuerpo, sepultado bajo más de un metro de papeles y con una violencia excesiva, no es descubierto hasta un mes después. Tal fue la brutalidad que emplearon en él, que hubo que servirse de la odontología forense para poder confirmar la identidad de la víctima. Pero, ¿quién era en realidad Allan?

Allan Chappelow fue escritor de origen danés y fotógrafo de personalidades como Wells y Webb, que se había mudado con su familia a Londres. Idolatraba a George Bernand Shaw, escritor de la mítica ‘Pigmalión’, y tal era su pasión por él, que consiguió que este accediera a dejarse fotografiar por Allan. Hombre solitario, vivió en su casa familiar hasta el final de sus días. Quienes consiguieron traspasar el muro que crecía a su alrededor decían de él que era excéntrico, ermitaño y dado a la acumulación compulsiva. Hoy en día diríamos que padecía síndrome de Diógenes, hecho que se confirmó cuando los de la científica tuvieron que entrar en su casa.

Caso Regina vs Wang Yam: el precedente.

Tras el descubrimiento de Allan Chappelow comenzaba la búsqueda del asesino o asesinos. Wang Yam, un hombre de nacionalidad china afincado en Londres, fue acusado de asesinato al verificar que había transferido parte del dinero de Allan a su cuenta corriente, usaba siempre nombres diferentes y había decidido salir del país justo cuando el cadáver fue encontrado. Aun así, acusar a alguien de fraude e incluso usurpación de identidad era una cosa, hacerlo de asesinato y sin pruebas concluyentes al respecto era otra muy diferente. Pero según palabras de uno de los detectives que llevaron el caso desde el principio: «cuando uno es acusado de asesinato y su pregunta principal no es de quién, hay un porcentaje muy elevado de que esa persona sea realmente la asesina».

Todos los periódicos, sabuesos, policías y público estaban preparados para asistir a uno de los juicios de mayor repercusión estatal. Pero seis semanas antes de su celebración, llegó un certificado de petición a la principal secretaria de Estado del Ministerio del Interior para solicitar que la causa se celebrara in camera «en interés de la seguridad nacional y para proteger la identidad de un testigo y otra persona».

Juicio celebrado in camera

Cuando hablamos de Justicia, hablamos de un término que equivale a transparencia, neutralidad y confianza. Bueno, debería ser así aunque en la práctica uno no sepa si confiar mucho en ella, o mejor no. Pero si nos ceñimos a la teoría, la Justicia, esa mujer con ojos vendados que no mira a los hombres sino a los hechos, se basa en valores como el respeto, la equidad, la libertad y la publicidad.

Por ello, en el momento en que se celebra un juicio –especialmente penales que en esencia son públicos– a puerta cerrada o in camera, uno empieza a sospechar qué tipo material sensible ha motivado a la Fiscalía o al Ministerio para tomar esa decisión.

Según el artículo 138.2 de la Ley de Enjuiciamiento Civil sobre Publicidad de las actuaciones orales: Las actuaciones (…) podrán, no obstante, celebrarse a puerta cerrada cuando ello sea necesario para la protección del orden público o de la seguridad nacional en una sociedad democrática, o cuando los intereses de los menores o la protección de la vida privada de las partes y de otros derechos y libertades lo exijan o, en fin, en la medida en la que el tribunal lo considere estrictamente necesario, cuando por la concurrencia de circunstancias especiales la publicidad pudiera perjudicar a los intereses de la justicia.

En el caso del juicio de Wang Yam se añadió otra orden más: el juez prohibió explícitamente especular sobre las razones por las que se decidía celebrar el juicio a puerta cerrada. Y cualquier desacato a ella podría acarrear sanciones de pena de prisión. Era «una orden mordaza». Es por ello que en ‘Páginas de sangre’ falta esa parte que ejecute una sentencia sin dejar lugar a dudas razonables.

El debate de juicios a puerta cerrada no es el que se deba o no celebrar bajo esas características, sino cuál es ese tipo de información que merece no ser expuesta a la luz ni hipotetizar sobre ella. La línea que se trace al respecto debe dejar de ser opaca y turbia y convertirse en algo tan público y trasparente que no permita cuestiones demagógicas ni especulativas.

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