Padres maltratados, padres destrozados

Conviene que tengamos en cuenta que las actitudes correctoras institucionales, desgraciada y generalmente, no resuelven la situación.

Dr. Josep Tomàs i Vilaltell

Conversando con compañeros y algún amigo, se abrió el tema de lo que podría llamarse «buenismo» en el estado actual cultural en el que nos encontramos. Y él nos llevó, entonces, a que, si bien es importante que nuestra civilización se desarrolle hacia la generosidad, la ayuda hacia aquellos que lo necesitan, etc., también nos tropezamos, en nuestro caso, como médicos, con situaciones en las que debemos imponer unas reglas y limitaciones, y predicar la necesidad de progresar con esfuerzo.

Hablo de la existencia, cada vez más frecuente, de hijos e hijas que se enfrentan agresivamente a sus padres (puede ser a ambos, pero, en general, lo habitual es que sea a la madre). Alguno de mis compañeros comentó, con cierto énfasis, la posible existencia de enfermedad, por parte del hijo o la hija, por trastorno mental. También se señaló la preocupación ante tal problema debido a la existencia de denuncias por parte de padres frente a la mala conducta y a la agresividad verbal y física de alguno de sus hijos.

Durante el debate, se fueron planteando vivencias por parte de cada uno de nosotros, exponiendo situaciones que se habían experimentado, incluida alguna de mi consulta. E este sentido, se nos contó que uno de los tertulianos hacía poco que había atendido a una señora desesperada. Se quejaba de una hija suya, de catorce años, con una actitud de rebeldía y enfrentamiento con insultos incluidos. La madre decía que se esforzaba en contener tal situación y había probado múltiples y diversos recursos, todos ellos de manera infructuosa, para conseguir un bienestar en el ámbito familiar. En este caso, según narraba nuestro compañero, el padre era una persona muy tolerante y con intensa actitud de voluntad de comprensión. El malestar ocurrente llevó a la madre a intentar que alguien (la Administración) se hiciera cargo de la niña, puesto que no podía soportar más la situación

Conviene que tengamos en cuenta que las actitudes correctoras institucionales, desgraciada y generalmente, no resuelven la situación.

En mi equipo, en el Hospital Infantil Vall d’Hebron, de Barcelona, tras un estudio ya realizado en Filadelfia, se demostró que, cada vez más, la juventud aumentaba su conducta agresiva y conflictiva, con mayor incremento en el sexo femenino. Se estudió sobre una gran muestra que, aunque menor que a de Filadelfia, arrojó resultados semejantes: ambos trabajos mostraron que la atención policial o institucional agrava la evolución de estos chicos y, curiosamente, cuando se procede cuidadosamente a una corrección meticulosa familiar apoyada (tolerancia, afectividad, respeto al «no»), los resultados son mejores.

Un centro escolar, hace ya bastante tiempo, nos derivó un caso. Nos llamó la atención, la poca importancia que, inicialmente, estos padres dieron a la actitud de su hija agresora, que se manifestaba con una actitud especialmente desagradable, empujando a la madre y llamándola «idiota», «eres asquerosa», etc. La niña tenía ya 17 años y meses. El padre aconsejaba paciencia a la madre y le quitaba importancia a los hechos, adoptando una actitud de consuelo hacia su esposa.

Existe una ley orgánica cuya finalidad es regular la responsabilidad penal del menor. Tal opción intenta prevenir, sin penalizar, pero sí con voluntad sancionadora y educativa, internamiento, amonestación, libertad vigilada… La hija de este caso terminó ingresada, pasando después a una situación de libertad vigilada.

En otra ocasión, la madre acudió en cuanto se produjo la primera agresión: “Vi la situación frente a mi hija, cuando me agredió, después de insultarme durante largo tiempo; no podía tolerar que me volviese a pegar”. Más adelante, la niña se fugó, desplazándose a Cuenca porque «otra niña le había dicho que, si escapaba de casa, sus padres le prestarían mas atención”. Ante tal situación, los padres creyeron que la niña tenía alguna enfermedad mental. La examinamos y no había enfermedad alguna, ni psicológica ni física, descartando la existencia de una inmadurez y una vivencia de frustración.

A lo largo del tratamiento, entramos en el matrimonio: tanto el padre como la madre eran dos personas completamente normales, sin alteración significativa. Cabe señalar que la pareja tardó mucho en poder concebir a esta hija, añadiendo, además, que a lo largo del embarazo se produjeron ciertas pérdidas que provocaron una mayor sensibilidad por parte de la madre hacia la niña. El padre, por su parte, era una persona calmada, muy entregada a su trabajo y con amplia tolerancia hacia su hija.

La educación de la madre fue la más activa y la existencia de ciertos miedos, ya acunados desde el embarazo, comportaron leves exigencias, con una larga facilitación de todo, de manera que siempre se avanzaba a cosas que debía hacer la niña, protegiéndola y sufriendo por ella.

Al conseguir que se establecieran unas normas y un rigor inamovible hacia el trato con la niña, lenta y progresivamente normalizó la conducta de la chica. Es importante poner de relieve que la situación de agresión a los padres por parte de alguno de sus hijos suele convertirse en un estado insoportable, fruto de un exceso de tolerancia y de evitar al hijo/a su esfuerzo y colaboración respecto a las obligaciones familiares. El ser humano progresa y aprende frente a los fracasos, los problemas y el esfuerzo; la satisfacción de la felicidad no facilita el progreso de la persona, más bien lo debilita.

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