Pablo Motos

Pablo Motos, de hecho, es al arte del humor lo que los phoskitos al arte culinario

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La televisión es el golfo que se sube a las farolas para ver pasar la historia. La televisión es el bobo que, mientras el poeta señala a la luna, mira al dedo. La televisión odia más el verdadero conocimiento que Ana Obregón a María Zambrano… La televisión de hecho, como la política, prefiere a gente que sonríe a borbotones o que habla muy bien antes que a las personas con mucho y muy riguroso conocimiento que saben muy bien de lo que hablan.

La televisión generalista (se salva La 2) cada día tiene un nivel intelectual más a la altura de los calcetines tobilleros.

Pero, eso sí, integra aún mejor que la escuela a los niños con capacidades diferentes (véase Jorge Javier Vázquez), y blanquea mejor que el detergente la indecencia literario-moral-legal (véase Ana Rosa Quintana).

Y, encima, la televisión a la que nos referimos últimamente tiene además un nivel de humor muy por debajo de la línea de flotación de lo que sería esperable en estos tiempos tan crudos como el infierno.

Como ejemplo esta semana hemos visto a Pablo Motos (en este país con tan brillante tradición del humor–la cual viene de la picaresca, pasa por los vanguardistas de los años 20 y 30 como Miquelarena y García Pavón y los cartelistas del humorismo, y los del teatro popular, y los novelistas de humor ingenioso como Gómez de la Serna y Jardiel Poncela, se doctora con el humor del absurdo de Jacinto Grau y toda su generación, se corona con el humor político-social y el humor negro de las revistas como La Codorniz y demás, y las revistas surrealistas como España ya está preparada para que los sacerdotes se enamoren, y llega hasta nuestros días con grandes firmas del humor literario inteligente como Antonio Pereira, Felipe Benítez Reyes, Eduardo Mendoza, Quim Monzó, Juan Bas, Juan Aparicio Belmonte, etc, por no hablar del humor teatral genial de Fermín Cabal, Albert Boadella y el Brujo, por ejemplo, o el humor fílmico inteligente de nuestros cómicos con la cabeza amuebladísima como Fernándo Fernán Gómez, José Luis Cuerda y todos sus discípulos actuales, o los cronistas de la actualidad desde el humor negro como El Roto, etc, y el humor gráfico periodístico de maestros como Chimy Chúmez, Peridis y el gran Farruqo-) riéndose marruellera y chuscamente de un hombre, el doctor Fernando Simón, que, aunque no gasta corbata ni bata blanca ni posee voz con ribetes de bel canto, es una persona formada e informada con un curriculum impresionante que le hace ser, no uno que opina porque habla bien o habla con gracia, sino toda un referencia punta en el campo sobre el que discursa con datos, rigor y riesgo…

Sí, esta semana hemos visto a Pablo Motos así, como si no hubiera más de 20.000 muertos encima de la mesa y contáramos al respecto héroes en primera línea de combate tratando de salvarnos el culo a todos, haciendo chistes sin gracia sobre quien nos defiende con uñas y dientes a pesar de que cobre menos dinero que él. Y nos ha entrado la pena negra de Lorca. Y nos ha dado por sonreír con la boca y no con los ojos como los recién electrocutados.

Soy el primero que considero que existe una luz de frivolidad que ilumina el mundo para hacerlo soportable, pero la frivolidad tiene su momento y su lugar. Y soy de los que durante años lo que más valoraba en la gente era la belleza, pero esa etapa la pasé al fin; luego lo que más valoraba en las personas era la inteligencia y eso también quedó atrás, y ahora lo que más valora en una persona es su capacidad para la alegría, pues, de hecho, en quien posee el don de la alegría yo siembre veo integradas la inteligencia y la belleza.

Pero si el don de la alegría es Tokio, Pablo Motos es Londres.

Y si tuvo alguna gracia, lo cierto es que ya no la tiene, pues se repite más que el arroz blanco socarrat extreme, y está más quemado que el porro de un hippie moro.

Pablo Motos, de hecho, es al arte del humor lo que los phoskitos al arte culinario.

Pablo Motos tiene el cerebro más abollado que la cacerola de un patriota.

No, Pablo Motos no es tonto sino el orgullo de los niños de educación especial.

Y lo peor de esta pandemia es en efecto no poder enterrar a nuestros familiares: de hecho la familia de Pablo Motos intentó enterrarlo, pero él salió corriendo….

Sin embargo, lo digo todo sin acritud, que soy humorista: ¡es todo broma, quede claro, no se me vaya a enfadar nadie ni eso! ¡Uff, abran ya los bares, coponbendito, que explotamos!

Y gracias doctor Simón de todo corazón. Y gracias también a todos los héroes que estáis al pie del cañón en primera línea de fuego luchando contra la Covid-19 y a favor de que podamos seguir teniendo en la cara una sonrisa sana que ilumine el mundo.
Amén.

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Luis Artigue (León, 1974) es licenciado en filología hispánica, y amplió estudios en la Universidad de Toronto. Como escritor ha publicado cinco poemarios (entre ellos TRES DOS UNO... ¡JAZZ!, Premio Ojo Crítico, LOS LUGARES INTACTOS, Premio Arciprete de Hita y LA NOCHE DEL ECLIPSE TÚ, Premio Fray Luis de León), y cinco novelas (entre ellas CLUB LA SORBONA, Premio Miguel Delibes, y DONDE SIEMPRE ES MEDIANOCHE, Premio Celsius). Asimismo ha publicado más de mil artículos(El País, ABC, Leonoticias, La Crónica-El Mundo, Diario de León, Asturias Diario, Infobierzo, Latra Internacional), y, en febrero de 2020, verá la luz su nueva novela, un biopic pulp sobre el trompetista Miles Davis que llevará por título CAFÉ JAZZ EL DESTRIPADOR (https://twitter.com/cafejazzed)

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